La sotana también esconde chispa


Y dio gracias a Dios por un día más y por los favores venideros.
Ante unos veinte feligreses en su parroquia habló de la bondad de Jesús, de su infinita misericordia, de seguir el ejemplo para poder ser buenos cristianos y ser perdonados por Dios. Con una mano levantó el cáliz y con la otra la ostia. Su voz pausada era adecuada a su estatura media y las arrugas en la frente envolvían al pastor perfecto, el de respeto, el representante ideal de nuestra iglesia católica, apostólica y romana.
Después de confesar a doña Úrsula y escuchar los mismos pecados le mandó una lista de padres nuestros y aves marías como penitencia, pero sabía que regresaría a la semana con la misma cantaleta y le recetaría lo mismo.
Sin la sotana encima llegó a la cocina en donde lo esperaba su religioso chocolate caliente y sus panes del día, porque era enemigo de la comida anterior, excepto los frijoles que, según él, adquirían la cremosidad necesaria para untarse en una tortilla o una torta.
El día era idóneo para la vida social y las relaciones públicas eran su plato fuerte lejos de las cúpulas y las cruces que restringen los sabores prohibidos  de los mundanos, los de carne y hueso.
Mientras tanto, del otro lado del mundo, el del pecado, se preparan los últimos detalles de la comida que se ofrecería a los encargados de la ley, los que castigan los delitos y premian a los justos. Los de toga y birrete, los que gustan de la buena vida a la que los acostumbró el sistema.
El camino hasta el punto de reunión era un tanto complicado como tenía que ser para evitar las miradas indiscretas y ser sólo ellos con las viandas, el whisky, los tequilas y los regalos sorpresa.
Que tipo de sorpresas.
El organizador giró las últimas instrucciones a través del nextel. Todo debía estar lo más perfecto posible sin dar espacio a los errores, los huecos, las distracciones porque los hombres de ley eran observadores, meticulosos, sensibles y todo eso era resumido en términos comunes como “mamones”.
Llegaron los meseros de confianza, esos que tienen la obligación de escuchar y callar, los que murmuran a las espaldas de los poderosos como una forma de burlarse de ellos y su banalidad, su egocentrismo, su materialismo, su honestidad. Estaban acostumbrados y su recompensa se reflejaría en las propinas que dan los hombres de poder para cubrir sus huellas, cantidad que jamás entregarán a la iglesia en la canasta de limosnas.
Las camionetas de lujo empezaron a llegar al lugar de la cita, algunos de los invitados estudiaron, como una carta astral, el mapa en varias ocasiones para poder dar con el convite.
El destino unió a los hombres de ley y al ministro de la iglesia en tan distinguida tertulia, que no era la primera vez y tampoco sería la última, porque todos ellos gustaban del encuentro con el poder, tan sutil delicia que se adhiere a la piel como sanguijuela.
El organizador le avisó su jefe que todos estaban confirmados y uno a uno iban llegando y era prudente que saliera de su oficina para estar en punto de las tres y media de la tarde, mientras él se encargaría de hacer ameno los minutos con chistes y comentarios picosos, jocosos.
El ministro de la iglesia poblana, el siempre publirrelacionista ante el poder, tenía su asiento reservado cerca del anfitrión y a un costado del encargado de organizar el convite.
Las banalidades brotaron como palomitas de maíz en el horno y cada quien presumió lo que tenía que presumir y fueron olas las que llegaron a esa playa de artificios y egocentrismos.
El coordinador de la comida presumió su nuevo reloj rolex que le había regalado su jefe por ser el mejor funcionario y todos quedaron sorprendidos por la grandeza de esa persona y la forma de cómo recompensar a los más eficientes de su gabinete.
El anfitrión llegó partiendo plaza y fue recibido por los abrazos de política y lejos de la bendición.
-      Estamos sorprendidos por su generosidad- comentó uno de los hombres de la ley.
-      La comida es un pequeño gesto- respondió sin titubeo.
-      No, no es por la comida sino por la forma de premiar a sus amigos- aclaró
-      Gracias- intentó salir del paso al no saber de que le hablaban.
-      Del rolex que le regaló a él por ser el mejor funcionario- le aclaró.
Un ¡ah! de sorpresa brotó del político y en ese momento aclaró la situación.
-      Ese reloj seguramente se lo agenció en algún lado, pero yo no le voy a estar regalando eso, ni que me lo anduviera chingando.
Las risas invadieron la mesa y de inmediato le preguntó al padre que tipo de reloj usaba y esté mostró la muñeca izquierda vacía y ordenó a su subalterno que le entregara el rolex como regalo y como una lección para evitar estos comentarios.
Los postres los esperaba en una camioneta estacionada a la vuelta y el chofer sólo esperaba las instrucciones para llevarlos a la mesa. Esos postres que tienen la maldita manía de maquillarse y usar textiles escasos.
Los invitados recibieron con agrado la noticia del cierre de platillo y uno de ello se levantó de la mesa y se dirigió a la puerta con el padre a un lado.
-      Hay que escoger primero, porque si no nos dejan a pie-
-      Eso si, por eso hay que ir por ellas- respondió el clérigo.
La comida es el camino más largo para llegar al postre.
FIN.