La oportunidad para viajar al extranjero era inmejorables, porque el brillo de los negocios los había alumbrado en el año. Los dos amigos de años, de parrandas y de contubernios tendieron las palabras mágicas a sus respectivas esposas, como un premio a lo mucho que los habían aguantado: en navidad nos vamos a Las Vegas.
Ricardo y Carlos hicieron todos los trámites necesarios para pasar cinco días en la ciudad del juego, se anticiparon para comprar los boletos para una de las funciones del circo du sulei que estaba anunciado en el magnífico palacio del MGM, el casino de los leones.
Los dos hombres de negocios habían consolidado su amistad por varios años, pero quien tenía idea de más mundo era Ricardo, quien manejaba al 80 por ciento el inglés. Siempre destacó en la escuela con buenas calificaciones como un elemento a presumir ante su falta de galanura. Era su tarjeta de presentación en un mundo de constante competencia.
El más brusco era Carlos, el de carácter duro, el de empuje. Criado en las sombras de un barrio bravo de la ciudad y tenía como esposa a una mujer guapa de mucho porte, traída de la sierra norte con ese toque de amabilidad en el trato.
Las visas de los cuatros estaban en orden y abordaron el avión en medio de un clima frío de la ciudad de México para arribar a uno helado de Las Vegas. Las mujeres estaban más felices que nunca, porque era la primera vez que visitaban los Estados Unidos.
Ricardo tenía como esposa a Jaquelín, una dama en la mesa y una fiera en la cama y eso mantenía contento a su marido, quien sabía perfectamente de la poca belleza con la que contaba, pero siempre había sido buena; además había soportado por mucho las aventuras de su hombre.
La belleza de las Vegas deslumbró a las damas, quienes desde el aire veían las impresionantes construcciones. La respiración se les fue cuando llegaron a uno de los hoteles más importantes de la ciudad y sucumbieron ante el encanto de las luces, del movimiento en las calles, de los casinos.
Ricardo fue el encargado de ser el guía de la manada de poblanos divirtiéndose en Las Vegas, aunque en muchos de los lugares no era necesario tener un dominio del inglés, porque había personal para atender a los mexicanos dispuestos a dejar sus dólares en territorio gringo.
Las calles estaban llenos de promotores de mujeres ofrecedoras de placer, con fotografías provocadoras en las tarjetas de presentación, sin embargo los dos hombres estaban atados a sus mujeres. No había el pretexto para ir a una junta de trabajo y escaparse.
Los primeros días fueron extenuantes conociendo cada casino y soportando el intenso frío invernal que se sentía con ganas en esa ciudad del juego, en donde se desarrolla la ludopatía.
El tercer día bajaron de sus habitaciones y se quedaron en el bar del hotel a disfrutar de una copa. En una esquina los ojos de los mexicanos se centraron en dos excelentes cuerpos torneados en su perfección. Rubias altas con las ropas entalladas. Esas carnes estaban dispuestas a ser devoradas por una módica suma de billetes verdes.
Unos minutos más tarde las esposas se disculparon porque tenían que regresar a la habitación antes de salir al tour de la noche. Los dos hombres encontraron la oportunidad exacta para coquetear con las rubias.
- Tu que sabes inglés, pregúntales cuánto cobran, solicitó Carlos.
Ricardo se acercó a ellas y entabló el breve diálogo para regresar con la noticia poco alentadora.
- Dicen que cobran 300 dólares por una hora,
- Pues está bien, pero porqué no les dices que les damos sólo 100 dólares, demandó Carlos.
-
El hablante de inglés se acercó nuevamente con las rubias para proponerles el trato y las dos rechazaron la oferta, que mejor consiguieran los 300 dólares, sólo hasta entonces se acercaran porque sólo les estaban espantando los posibles clientes de la noche.
Los dos compadres se quedaron con la idea de degustar esas carnes extranjeras. Apuraron a sus copas y subieron a sus habitaciones por sus esposas para empezar el desfile de casinos.
A los veinte minutos las dos parejas tomaron el elevador para llegar a la estancia y al abrir las puertas se toparon con las dos magníficas rubias que se aprestaban a subir a una habitación de un posible cliente.
Ellas los reconocieron inmediatamente y al ver a las mujeres con las que venían una le comentó a la otra: mira lo que se consiguieron con 100 dólares
Ricardo fue el único que entendió la expresión.
- Que dijeron compadre, preguntó Carlos
- Mmm, que parecíamos mexicanos, mintió por orgullo propio.
Fin
El diablo viste saco y corbata
martes, 29 de noviembre de 2011
sábado, 2 de abril de 2011
Que que, que se acabó la fiesta
La misteriosa invitación había provocado un insomnio mañanero que me dio la oportunidad de escuchar la frase inicial del noticiero de las cinco treinta. estamos vivos y en vivo gracias a Dios. Había decido colocarme la camisa azul que había recibido de regalo cuatro días antes con el pantalón de mezclilla que tanto me había gustado en el aparador de la calle reforma.
La relación estrecha que había establecido con el empresario exitoso me permitió incluirme en la lista de selectos, muy selectos, invitados a la fiesta que organizaba un supuesto ganadero con motivo de su cumpleaños número cincuenta, es decir medio siglo de próspera vida.
El constructor y dueño de por lo menos tres de los edificios más grandes de Puebla pasó por mí a las ocho de la mañana para iniciar la travesía de tres días por el centro del país. El camino fue óptimo para iniciar una terapia sicológica de convencimiento para que una vez de regreso a la ciudad de Puebla nada de lo sucedido tendría que salir de mis labios y hasta tuve que entregar diez juramentos y casi hacer un voto de silencio, como monje enclaustrado con tal de conocer el mejor ambiente que me había prometido.
Pasamos la ciudad de Querétaro, la última ciudad que recuerdo de manera precisa, porque en adelante desfilaron frente a mí varias comunidades pequeñas, muchas de ellas abandonadas por la modernidad y la mano del gobierno, pero como lunares aparecían ranchos magníficos con camionetas último modelo y caballos de buena raza.
El trayecto se me había hecho eterno hasta que mi amigo me señaló una bodega de techo de lámina que reflejaba el sol como espejo y una frustración invadió mi más profundo ser y dar paso al gañán que todos traemos dentro.
- No mames, tanto viajar para que trajeras a una bodega y hacer un voto de silencio para esta jalada, reproché amargamente.
- Tu tranquilo que es sólo la aduana.
¿Aduana de qué? ¿Acaso me iban a escanear para no llevar virus? Metimos la camioneta en el garaje enorme en donde varias de ellas estaban guardadas y con placas de diversos estados de la República, pero de Puebla sólo era la nuestra. Una hermosa edecán de piernas portentosas nos esperó y por más que intenté mis ojos no dejaban de admirar esa belleza escondida es un galerón perdido entre pueblos olvidados.
Cuando tenía la seguridad de que ahí se organizaría la fiesta otra frustración llegó a mi ser al ver que habían adaptado una sala de espera con sillones amplios y dos meseros que servían de todo y todo es todo. Una charola plateada al centro tenía sobres de polvo blanco, cigarros preparados y pastillas de varios tipos. Mi amigo el constructor me explicó de qué se trataba, como si yo fuera un idiota que no entendía que eran boletos para realizar viajes más allá de la tierra y vivir sensaciones inexplicables.
Por supuesto que me negué a tomar algo y observé a mi alrededor, pero me sentía muy sólo porque a parte de mi amigo el constructor la edecán y los dos meseros sólo estaban tres personas más y por ningún lado veía al festejado, los globos, serpentinas y por supuesto el pastel, además de la música.
Una mirada de incredulidad ofrecía a mi amigo y éste con la voz baja me decía que tuviera paciencia pero sobre todo prudencia. La edecán de piernas soberbias y ojos de miel se acercó con dos whiskys y durante una hora llegaron tres rondas más con bocadillos de primer mundo, hasta que un grupo de cuatro pistoleros abrió una puerta trasera y nos dijo que pasarían a la revisión de rutina. Era una rutina para ellos, porque yo no sabía de qué diablos se trataba pero cooperé tal como lo ofrecí en principio. Esos tipos con metralletas eran el vivo ejemplo de la falta de amistad.
Diez minutos más tarde un ruido invadió la parte trasera de la bodega y por el sonido del motor comprendí que era un helicóptero e inmediatamente mi sagaz cerebro intuyó que ahí vendría el festejado, pero oh sorpresa fue errónea mi apreciación, porque los pistoleros nos condujeron al helicóptero y adentro cerraron las ventanas con cortinas y el aparato emprendió el vuelo por alrededor de 45 minutos hasta que aterrizó en un campo de futbol de una verdadera hacienda y no jaladas.
Un hombre sencillo camisa a cuadros, sobrero, hebilla de oro y botas vaqueras nos esperaba. Un fuerte abrazo ofreció a mi amigo el constructor y me presentó con el festejado quien me saludó recio, sin prudencia. Era franco y abierto, no hizo ni una pregunta de mí y nos condujo por un camino lleno de arbustos perfectamente cuidados, flores por todos lados y un pasto bien recortado.
Llegamos hasta un salón amplio con todos los lujos necesarios, desde los muebles tallados en diferentes formas con incrustaciones de piedras preciosas hasta cabezas de animales disecados en la parte alta. Seguimos caminando hasta llegar a un amplio, muy amplio, jardín donde ya estaba el ambiente de fiesta con invitados y una centenar de pistoleros guardando toda la hacienda con armas largas, pistolas y miradas enemigas.
La comida y la bebida era un desfile interminable con la mejor variedad que hubiera visto en mi vida desde camarones, pescados, langostas, carnes y una inmensidad de platillos por todos lados. Las botellas de bebidas eran impresionantes como lo eran las mujeres que atendían a los invitados: todas ellas monumentos a la belleza con sus matices distintos y había libertad total para estar felices.
La indicación era pasarla bien y si era necesario una chispa de vida, dígase todo tipo de droga, sólo era necesario llamar a una de las mujeres que atendían para llevar el coctel necesario.
Lo más impresionando fue la noticia que por varios minutos digerí: si alguna de las mujeres o un mesero te gusta sólo lo tienes que llamarle y decir que te interesa estar a solas. Traté de tragar saliva para asimilar este sorbo de buena noticia, y no porque me interesara estar con un hombre para que quede en claro, pero el hecho de escoger a cualquier dama hasta la cocinera para hacer cochinadas era algo sorprendente.
Las habitaciones destinadas para el descanso y otras cosas estaban habilitadas con las mejores comodidades: colchón de agua, clima, batas, pantuflas, preservativos de todos los colores y sabores, cremas, en fin un verdadero paraíso.
Mi amigo el constructor me advirtió una sola cosa: las chicas vestidas de rojo que vayan llegando era exclusivas del festejado y una de ellas era una verdadera conocida e incluso cantó una de la de los melodías que estaba sonando en la radio con mucho éxito.
Fueron tres días de fiesta y parecía que el mundo era sólo ese, que lo único que se necesitaba eran fuerzas internas para soportar el ritmo para comer, bailar al son de grupos norteños de primer nivel, beber y sentir diversas sensaciones de piel.
Mi amigo el constructor me indicó que regresaríamos en el tercer vuelo del helicóptero y que empezara a guardar todas las palabras, imágenes y conversaciones en el baúl del pleno olvido o de lo contrario el olvidado sería yo: comprendí el mensaje y a pesar de que el festejado ya fue requerido por las autoridades aun prefiero el silencio.
FIN
La relación estrecha que había establecido con el empresario exitoso me permitió incluirme en la lista de selectos, muy selectos, invitados a la fiesta que organizaba un supuesto ganadero con motivo de su cumpleaños número cincuenta, es decir medio siglo de próspera vida.
El constructor y dueño de por lo menos tres de los edificios más grandes de Puebla pasó por mí a las ocho de la mañana para iniciar la travesía de tres días por el centro del país. El camino fue óptimo para iniciar una terapia sicológica de convencimiento para que una vez de regreso a la ciudad de Puebla nada de lo sucedido tendría que salir de mis labios y hasta tuve que entregar diez juramentos y casi hacer un voto de silencio, como monje enclaustrado con tal de conocer el mejor ambiente que me había prometido.
Pasamos la ciudad de Querétaro, la última ciudad que recuerdo de manera precisa, porque en adelante desfilaron frente a mí varias comunidades pequeñas, muchas de ellas abandonadas por la modernidad y la mano del gobierno, pero como lunares aparecían ranchos magníficos con camionetas último modelo y caballos de buena raza.
El trayecto se me había hecho eterno hasta que mi amigo me señaló una bodega de techo de lámina que reflejaba el sol como espejo y una frustración invadió mi más profundo ser y dar paso al gañán que todos traemos dentro.
- No mames, tanto viajar para que trajeras a una bodega y hacer un voto de silencio para esta jalada, reproché amargamente.
- Tu tranquilo que es sólo la aduana.
¿Aduana de qué? ¿Acaso me iban a escanear para no llevar virus? Metimos la camioneta en el garaje enorme en donde varias de ellas estaban guardadas y con placas de diversos estados de la República, pero de Puebla sólo era la nuestra. Una hermosa edecán de piernas portentosas nos esperó y por más que intenté mis ojos no dejaban de admirar esa belleza escondida es un galerón perdido entre pueblos olvidados.
Cuando tenía la seguridad de que ahí se organizaría la fiesta otra frustración llegó a mi ser al ver que habían adaptado una sala de espera con sillones amplios y dos meseros que servían de todo y todo es todo. Una charola plateada al centro tenía sobres de polvo blanco, cigarros preparados y pastillas de varios tipos. Mi amigo el constructor me explicó de qué se trataba, como si yo fuera un idiota que no entendía que eran boletos para realizar viajes más allá de la tierra y vivir sensaciones inexplicables.
Por supuesto que me negué a tomar algo y observé a mi alrededor, pero me sentía muy sólo porque a parte de mi amigo el constructor la edecán y los dos meseros sólo estaban tres personas más y por ningún lado veía al festejado, los globos, serpentinas y por supuesto el pastel, además de la música.
Una mirada de incredulidad ofrecía a mi amigo y éste con la voz baja me decía que tuviera paciencia pero sobre todo prudencia. La edecán de piernas soberbias y ojos de miel se acercó con dos whiskys y durante una hora llegaron tres rondas más con bocadillos de primer mundo, hasta que un grupo de cuatro pistoleros abrió una puerta trasera y nos dijo que pasarían a la revisión de rutina. Era una rutina para ellos, porque yo no sabía de qué diablos se trataba pero cooperé tal como lo ofrecí en principio. Esos tipos con metralletas eran el vivo ejemplo de la falta de amistad.
Diez minutos más tarde un ruido invadió la parte trasera de la bodega y por el sonido del motor comprendí que era un helicóptero e inmediatamente mi sagaz cerebro intuyó que ahí vendría el festejado, pero oh sorpresa fue errónea mi apreciación, porque los pistoleros nos condujeron al helicóptero y adentro cerraron las ventanas con cortinas y el aparato emprendió el vuelo por alrededor de 45 minutos hasta que aterrizó en un campo de futbol de una verdadera hacienda y no jaladas.
Un hombre sencillo camisa a cuadros, sobrero, hebilla de oro y botas vaqueras nos esperaba. Un fuerte abrazo ofreció a mi amigo el constructor y me presentó con el festejado quien me saludó recio, sin prudencia. Era franco y abierto, no hizo ni una pregunta de mí y nos condujo por un camino lleno de arbustos perfectamente cuidados, flores por todos lados y un pasto bien recortado.
Llegamos hasta un salón amplio con todos los lujos necesarios, desde los muebles tallados en diferentes formas con incrustaciones de piedras preciosas hasta cabezas de animales disecados en la parte alta. Seguimos caminando hasta llegar a un amplio, muy amplio, jardín donde ya estaba el ambiente de fiesta con invitados y una centenar de pistoleros guardando toda la hacienda con armas largas, pistolas y miradas enemigas.
La comida y la bebida era un desfile interminable con la mejor variedad que hubiera visto en mi vida desde camarones, pescados, langostas, carnes y una inmensidad de platillos por todos lados. Las botellas de bebidas eran impresionantes como lo eran las mujeres que atendían a los invitados: todas ellas monumentos a la belleza con sus matices distintos y había libertad total para estar felices.
La indicación era pasarla bien y si era necesario una chispa de vida, dígase todo tipo de droga, sólo era necesario llamar a una de las mujeres que atendían para llevar el coctel necesario.
Lo más impresionando fue la noticia que por varios minutos digerí: si alguna de las mujeres o un mesero te gusta sólo lo tienes que llamarle y decir que te interesa estar a solas. Traté de tragar saliva para asimilar este sorbo de buena noticia, y no porque me interesara estar con un hombre para que quede en claro, pero el hecho de escoger a cualquier dama hasta la cocinera para hacer cochinadas era algo sorprendente.
Las habitaciones destinadas para el descanso y otras cosas estaban habilitadas con las mejores comodidades: colchón de agua, clima, batas, pantuflas, preservativos de todos los colores y sabores, cremas, en fin un verdadero paraíso.
Mi amigo el constructor me advirtió una sola cosa: las chicas vestidas de rojo que vayan llegando era exclusivas del festejado y una de ellas era una verdadera conocida e incluso cantó una de la de los melodías que estaba sonando en la radio con mucho éxito.
Fueron tres días de fiesta y parecía que el mundo era sólo ese, que lo único que se necesitaba eran fuerzas internas para soportar el ritmo para comer, bailar al son de grupos norteños de primer nivel, beber y sentir diversas sensaciones de piel.
Mi amigo el constructor me indicó que regresaríamos en el tercer vuelo del helicóptero y que empezara a guardar todas las palabras, imágenes y conversaciones en el baúl del pleno olvido o de lo contrario el olvidado sería yo: comprendí el mensaje y a pesar de que el festejado ya fue requerido por las autoridades aun prefiero el silencio.
FIN
Los libros de la cárcel
A la memoria de Oscar Victoria al cumplir 14 años de su ausencia física
El mandatario cogió el teléfono y llamó enfurecido al presidente municipal para que pusiera solución a la serie de rumores que se empezaban a incrementar, porque no iba a permitir que se afectara la imagen de la anterior primera dama en la compra ilegal de un predio de la Puebla antigua y no por el hecho de proteger a su antecesor, el cual le valía un comino porque todo mundo sabía del grado de corrupción en el cual se manejó, sino porque afectaría su gobierno que recién iniciaba.
Un periodista local había encontrado la historia perfecta de los abusos del poder: en los últimos momentos del gobierno anterior la señora, la primera dama, se había enamorado de un inmueble de la Puebla antigua y con un cerrar de ojos a su marido éste había ordenado que se le adjudicaran. El movimiento quedó inscrito en los libros oficiales.
El escándalo de lavadero se empezaba a poner al rojo vivo, porque al pasar de una simple información publicada en un semanario amenazaba con convertirse en una bandera política de los defensores de la Puebla tradicional.
Una copia de los documentos oficiales se encontraban en manos del reportero que estaba dispuesto a llegar a las últimas investigaciones para demostrar que un inmueble de todos los poblanos estaba en manos de la señora, la influyente esposa del mandatario en los últimos suspiros de poder.
Eran los momentos del nuevo gobernador, el hombre de carácter fuerte, el de estudios en París, el que arañó la silla presidencial. Había tomado la decisión de callar el escándalo, como el conteo de las elecciones de 1988.
Cogió el teléfono y pidió toda la documentación oficial el respecto en una hora en su despacho. A las seis de la tarde.
Su rostro adusto estaba enmarcado por el humo del puro de origen cubano y una tasa de talavera que contenía un café colombiano.
Observó el libro, aun escrito a mano, en donde se había inscrito el cambio de propietario: el gobierno cedía un inmueble a una la señora fulana de tal de apellido frutal.
El regalo y el abuso de autoridad, en su versión de tráfico de influencias, se había concretado y el jodón del reportero tenía la razón, además de la copia de los documentos oficiales.
El gobernador escuchó atento a los funcionarios que había citado en su despacho y siempre con el rostro adusto, pero sin perder la compostura había ideado la solución: regresar el predio al pueblo y demostrar que todo lo publicado fue falso con pruebas en la mano.
Esa misma noche el director del Centro de Readaptación Social recibió una llamada para que se presentara en las oficinas gubernamentales en carácter de urgencia. Dejó la comodidad del sillón de la sala de su casa en donde veía la televisión que recién había adquirido.
Recibió la indicación y se trasladó a su centro de trabajo para revisar cada uno de los casos de los reos. Llamó a ocho de ellos con estudios universitarios y sin darles ninguna explicación le ordenó que transcribieran unas líneas y ellos, con cierto temor e incertidumbre, acataron la instrucción y finalmente regresaron a su celda.
El director de la cárcel estudió las letras de los ocho presos. Se decidió por dos de ellos que tenía una mejor caligrafía y nuevamente los mandó a llamar para explicarles el trato que consistía en discreción absoluta a cambio de la reducción de su pena, es decir, pronto caminarían libres por las calles poblanas. Ellos aceptaron el trato.
Los trasladaron a una oficina la cual estaba acondicionada con un cómodo escritorio, café y algo de comer. Enfrente tenían un enorme libro en dónde se inscribían los movimientos de compra-venta de inmuebles que servía como instrumento para que el gobierno diera fe de la legalidad de las transacciones realizadas.
Los dos reos, sin comprender al principio, iniciaron la terea de transcribir el documento en otro libro de igual tamaño pero con la indicación de saltarse la página ochenta y tantos. El director estaría al pendiente de que no se fijaran en el contenido de la misma y sólo se dedicaran a llevar a cabo la tarea que les habían encomendado.
Parecía que la muñeca de la mano, por instantes, no respondería más pero entre los dos reos el trabajo era más relajante y la esperanza de abandonar ese horrible lugar los llenaba de fuerzas. No podían perder ni un momento y sólo tenían la noche entera y unas horas de la mañana para cumplir con la encomienda superior.
Lo que se había convertido de un chisme de lavadero en algo verdaderamente serio tendría que regresar a la simple especulación periodística y estaban a punto de completarlo.
Sudor y sueño, síntomas de un trabajo arduo que se concretó en tiempo y forma. Los dos tomos regresaron a la autoridad correspondiente. Uno destinado al oscuro cajón de ignominia y el otro a la consulta abierta de cualquier interesado.
Una joya de la manipulación. El nuevo libro estaba en los anaqueles.
Ese mismo día un funcionario de primer nivel recibió al director del semanario, en donde se habían escrito muchas líneas de la supuesta adquisición del inmueble de los poblanos a favor de una ex primera dama del estado de apellido frutal. La plática inicial fue desparpajada con temas superfluos como para ablandar la tensión que se había generado por culpa de un reportero idealista cazado con la filosofía universitaria de investigar siempre los hechos.
Minutos más tarde el funcionario mandó a traer el libro en dónde supuestamente estaba inscrito el cambio de propietario del inmueble a favor de la aun influyente señora. Se lo mostró al director del semanario y éste lo revisó minuciosamente. Ante sus ojos no existía tal tema, no había ningún movimiento, tampoco se había arrancado ninguna hoja y el número de folio así lo demostraba.
Todo estaba en orden, no había alteración.
En la mente del director cruzaron muchas ideas, del ridículo que había pasado por hacer caso a la mente febril de un reportero con documentos supuestamente creíbles.
En la publicación siguiente del semanario apareció una nota firmada por otro periodista en dónde se explicaba que todo había sido una confusión y que los documentos oficiales en poder del impreso confirmaban que el inmueble nunca había pasado a ser propiedad de la ex primera dama del estado. En pocas palabras había sido sólo un chisme de lavadero.
Mucho tiempo después un celador comentó en una plática de café: tú no sabes lo que es capaz de hacer un preso por recuperar su libertad, desde matar hasta transcribir un libro oficial y hacer uno falso con todas las firmas casi idénticas. Ya las autoridades se encargarán de los sellos
Hoy el inmueble se encuentra abandonado: ni Dios, no para el diablo.
FIN
El mandatario cogió el teléfono y llamó enfurecido al presidente municipal para que pusiera solución a la serie de rumores que se empezaban a incrementar, porque no iba a permitir que se afectara la imagen de la anterior primera dama en la compra ilegal de un predio de la Puebla antigua y no por el hecho de proteger a su antecesor, el cual le valía un comino porque todo mundo sabía del grado de corrupción en el cual se manejó, sino porque afectaría su gobierno que recién iniciaba.
Un periodista local había encontrado la historia perfecta de los abusos del poder: en los últimos momentos del gobierno anterior la señora, la primera dama, se había enamorado de un inmueble de la Puebla antigua y con un cerrar de ojos a su marido éste había ordenado que se le adjudicaran. El movimiento quedó inscrito en los libros oficiales.
El escándalo de lavadero se empezaba a poner al rojo vivo, porque al pasar de una simple información publicada en un semanario amenazaba con convertirse en una bandera política de los defensores de la Puebla tradicional.
Una copia de los documentos oficiales se encontraban en manos del reportero que estaba dispuesto a llegar a las últimas investigaciones para demostrar que un inmueble de todos los poblanos estaba en manos de la señora, la influyente esposa del mandatario en los últimos suspiros de poder.
Eran los momentos del nuevo gobernador, el hombre de carácter fuerte, el de estudios en París, el que arañó la silla presidencial. Había tomado la decisión de callar el escándalo, como el conteo de las elecciones de 1988.
Cogió el teléfono y pidió toda la documentación oficial el respecto en una hora en su despacho. A las seis de la tarde.
Su rostro adusto estaba enmarcado por el humo del puro de origen cubano y una tasa de talavera que contenía un café colombiano.
Observó el libro, aun escrito a mano, en donde se había inscrito el cambio de propietario: el gobierno cedía un inmueble a una la señora fulana de tal de apellido frutal.
El regalo y el abuso de autoridad, en su versión de tráfico de influencias, se había concretado y el jodón del reportero tenía la razón, además de la copia de los documentos oficiales.
El gobernador escuchó atento a los funcionarios que había citado en su despacho y siempre con el rostro adusto, pero sin perder la compostura había ideado la solución: regresar el predio al pueblo y demostrar que todo lo publicado fue falso con pruebas en la mano.
Esa misma noche el director del Centro de Readaptación Social recibió una llamada para que se presentara en las oficinas gubernamentales en carácter de urgencia. Dejó la comodidad del sillón de la sala de su casa en donde veía la televisión que recién había adquirido.
Recibió la indicación y se trasladó a su centro de trabajo para revisar cada uno de los casos de los reos. Llamó a ocho de ellos con estudios universitarios y sin darles ninguna explicación le ordenó que transcribieran unas líneas y ellos, con cierto temor e incertidumbre, acataron la instrucción y finalmente regresaron a su celda.
El director de la cárcel estudió las letras de los ocho presos. Se decidió por dos de ellos que tenía una mejor caligrafía y nuevamente los mandó a llamar para explicarles el trato que consistía en discreción absoluta a cambio de la reducción de su pena, es decir, pronto caminarían libres por las calles poblanas. Ellos aceptaron el trato.
Los trasladaron a una oficina la cual estaba acondicionada con un cómodo escritorio, café y algo de comer. Enfrente tenían un enorme libro en dónde se inscribían los movimientos de compra-venta de inmuebles que servía como instrumento para que el gobierno diera fe de la legalidad de las transacciones realizadas.
Los dos reos, sin comprender al principio, iniciaron la terea de transcribir el documento en otro libro de igual tamaño pero con la indicación de saltarse la página ochenta y tantos. El director estaría al pendiente de que no se fijaran en el contenido de la misma y sólo se dedicaran a llevar a cabo la tarea que les habían encomendado.
Parecía que la muñeca de la mano, por instantes, no respondería más pero entre los dos reos el trabajo era más relajante y la esperanza de abandonar ese horrible lugar los llenaba de fuerzas. No podían perder ni un momento y sólo tenían la noche entera y unas horas de la mañana para cumplir con la encomienda superior.
Lo que se había convertido de un chisme de lavadero en algo verdaderamente serio tendría que regresar a la simple especulación periodística y estaban a punto de completarlo.
Sudor y sueño, síntomas de un trabajo arduo que se concretó en tiempo y forma. Los dos tomos regresaron a la autoridad correspondiente. Uno destinado al oscuro cajón de ignominia y el otro a la consulta abierta de cualquier interesado.
Una joya de la manipulación. El nuevo libro estaba en los anaqueles.
Ese mismo día un funcionario de primer nivel recibió al director del semanario, en donde se habían escrito muchas líneas de la supuesta adquisición del inmueble de los poblanos a favor de una ex primera dama del estado de apellido frutal. La plática inicial fue desparpajada con temas superfluos como para ablandar la tensión que se había generado por culpa de un reportero idealista cazado con la filosofía universitaria de investigar siempre los hechos.
Minutos más tarde el funcionario mandó a traer el libro en dónde supuestamente estaba inscrito el cambio de propietario del inmueble a favor de la aun influyente señora. Se lo mostró al director del semanario y éste lo revisó minuciosamente. Ante sus ojos no existía tal tema, no había ningún movimiento, tampoco se había arrancado ninguna hoja y el número de folio así lo demostraba.
Todo estaba en orden, no había alteración.
En la mente del director cruzaron muchas ideas, del ridículo que había pasado por hacer caso a la mente febril de un reportero con documentos supuestamente creíbles.
En la publicación siguiente del semanario apareció una nota firmada por otro periodista en dónde se explicaba que todo había sido una confusión y que los documentos oficiales en poder del impreso confirmaban que el inmueble nunca había pasado a ser propiedad de la ex primera dama del estado. En pocas palabras había sido sólo un chisme de lavadero.
Mucho tiempo después un celador comentó en una plática de café: tú no sabes lo que es capaz de hacer un preso por recuperar su libertad, desde matar hasta transcribir un libro oficial y hacer uno falso con todas las firmas casi idénticas. Ya las autoridades se encargarán de los sellos
Hoy el inmueble se encuentra abandonado: ni Dios, no para el diablo.
FIN
Los libros de la cárcel
A la memoria de Oscar Victoria al cumplir 14 años de su ausencia física
El mandatario cogió el teléfono y llamó enfurecido al presidente municipal para que pusiera solución a la serie de rumores que se empezaban a incrementar, porque no iba a permitir que se afectara la imagen de la anterior primera dama en la compra ilegal de un predio de la Puebla antigua y no por el hecho de proteger a su antecesor, el cual le valía un comino porque todo mundo sabía del grado de corrupción en el cual se manejó, sino porque afectaría su gobierno que recién iniciaba.
Un periodista local había encontrado la historia perfecta de los abusos del poder: en los últimos momentos del gobierno anterior la señora, la primera dama, se había enamorado de un inmueble de la Puebla antigua y con un cerrar de ojos a su marido éste había ordenado que se le adjudicaran. El movimiento quedó inscrito en los libros oficiales.
El escándalo de lavadero se empezaba a poner al rojo vivo, porque al pasar de una simple información publicada en un semanario amenazaba con convertirse en una bandera política de los defensores de la Puebla tradicional.
Una copia de los documentos oficiales se encontraban en manos del reportero que estaba dispuesto a llegar a las últimas investigaciones para demostrar que un inmueble de todos los poblanos estaba en manos de la señora, la influyente esposa del mandatario en los últimos suspiros de poder.
Eran los momentos del nuevo gobernador, el hombre de carácter fuerte, el de estudios en París, el que arañó la silla presidencial. Había tomado la decisión de callar el escándalo, como el conteo de las elecciones de 1988.
Cogió el teléfono y pidió toda la documentación oficial el respecto en una hora en su despacho. A las seis de la tarde.
Su rostro adusto estaba enmarcado por el humo del puro de origen cubano y una tasa de talavera que contenía un café colombiano.
Observó el libro, aun escrito a mano, en donde se había inscrito el cambio de propietario: el gobierno cedía un inmueble a una la señora fulana de tal de apellido frutal.
El regalo y el abuso de autoridad, en su versión de tráfico de influencias, se había concretado y el jodón del reportero tenía la razón, además de la copia de los documentos oficiales.
El gobernador escuchó atento a los funcionarios que había citado en su despacho y siempre con el rostro adusto, pero sin perder la compostura había ideado la solución: regresar el predio al pueblo y demostrar que todo lo publicado fue falso con pruebas en la mano.
Esa misma noche el director del Centro de Readaptación Social recibió una llamada para que se presentara en las oficinas gubernamentales en carácter de urgencia. Dejó la comodidad del sillón de la sala de su casa en donde veía la televisión que recién había adquirido.
Recibió la indicación y se trasladó a su centro de trabajo para revisar cada uno de los casos de los reos. Llamó a ocho de ellos con estudios universitarios y sin darles ninguna explicación le ordenó que transcribieran unas líneas y ellos, con cierto temor e incertidumbre, acataron la instrucción y finalmente regresaron a su celda.
El director de la cárcel estudió las letras de los ocho presos. Se decidió por dos de ellos que tenía una mejor caligrafía y nuevamente los mandó a llamar para explicarles el trato que consistía en discreción absoluta a cambio de la reducción de su pena, es decir, pronto caminarían libres por las calles poblanas. Ellos aceptaron el trato.
Los trasladaron a una oficina la cual estaba acondicionada con un cómodo escritorio, café y algo de comer. Enfrente tenían un enorme libro en dónde se inscribían los movimientos de compra-venta de inmuebles que servía como instrumento para que el gobierno diera fe de la legalidad de las transacciones realizadas.
Los dos reos, sin comprender al principio, iniciaron la terea de transcribir el documento en otro libro de igual tamaño pero con la indicación de saltarse la página ochenta y tantos. El director estaría al pendiente de que no se fijaran en el contenido de la misma y sólo se dedicaran a llevar a cabo la tarea que les habían encomendado.
Parecía que la muñeca de la mano, por instantes, no respondería más pero entre los dos reos el trabajo era más relajante y la esperanza de abandonar ese horrible lugar los llenaba de fuerzas. No podían perder ni un momento y sólo tenían la noche entera y unas horas de la mañana para cumplir con la encomienda superior.
Lo que se había convertido de un chisme de lavadero en algo verdaderamente serio tendría que regresar a la simple especulación periodística y estaban a punto de completarlo.
Sudor y sueño, síntomas de un trabajo arduo que se concretó en tiempo y forma. Los dos tomos regresaron a la autoridad correspondiente. Uno destinado al oscuro cajón de ignominia y el otro a la consulta abierta de cualquier interesado.
Una joya de la manipulación. El nuevo libro estaba en los anaqueles.
Ese mismo día un funcionario de primer nivel recibió al director del semanario, en donde se habían escrito muchas líneas de la supuesta adquisición del inmueble de los poblanos a favor de una ex primera dama del estado de apellido frutal. La plática inicial fue desparpajada con temas superfluos como para ablandar la tensión que se había generado por culpa de un reportero idealista cazado con la filosofía universitaria de investigar siempre los hechos.
Minutos más tarde el funcionario mandó a traer el libro en dónde supuestamente estaba inscrito el cambio de propietario del inmueble a favor de la aun influyente señora. Se lo mostró al director del semanario y éste lo revisó minuciosamente. Ante sus ojos no existía tal tema, no había ningún movimiento, tampoco se había arrancado ninguna hoja y el número de folio así lo demostraba.
Todo estaba en orden, no había alteración.
En la mente del director cruzaron muchas ideas, del ridículo que había pasado por hacer caso a la mente febril de un reportero con documentos supuestamente creíbles.
En la publicación siguiente del semanario apareció una nota firmada por otro periodista en dónde se explicaba que todo había sido una confusión y que los documentos oficiales en poder del impreso confirmaban que el inmueble nunca había pasado a ser propiedad de la ex primera dama del estado. En pocas palabras había sido sólo un chisme de lavadero.
Mucho tiempo después un celador comentó en una plática de café: tú no sabes lo que es capaz de hacer un preso por recuperar su libertad, desde matar hasta transcribir un libro oficial y hacer uno falso con todas las firmas casi idénticas. Ya las autoridades se encargarán de los sellos
Hoy el inmueble se encuentra abandonado: ni Dios, no para el diablo.
FIN
El mandatario cogió el teléfono y llamó enfurecido al presidente municipal para que pusiera solución a la serie de rumores que se empezaban a incrementar, porque no iba a permitir que se afectara la imagen de la anterior primera dama en la compra ilegal de un predio de la Puebla antigua y no por el hecho de proteger a su antecesor, el cual le valía un comino porque todo mundo sabía del grado de corrupción en el cual se manejó, sino porque afectaría su gobierno que recién iniciaba.
Un periodista local había encontrado la historia perfecta de los abusos del poder: en los últimos momentos del gobierno anterior la señora, la primera dama, se había enamorado de un inmueble de la Puebla antigua y con un cerrar de ojos a su marido éste había ordenado que se le adjudicaran. El movimiento quedó inscrito en los libros oficiales.
El escándalo de lavadero se empezaba a poner al rojo vivo, porque al pasar de una simple información publicada en un semanario amenazaba con convertirse en una bandera política de los defensores de la Puebla tradicional.
Una copia de los documentos oficiales se encontraban en manos del reportero que estaba dispuesto a llegar a las últimas investigaciones para demostrar que un inmueble de todos los poblanos estaba en manos de la señora, la influyente esposa del mandatario en los últimos suspiros de poder.
Eran los momentos del nuevo gobernador, el hombre de carácter fuerte, el de estudios en París, el que arañó la silla presidencial. Había tomado la decisión de callar el escándalo, como el conteo de las elecciones de 1988.
Cogió el teléfono y pidió toda la documentación oficial el respecto en una hora en su despacho. A las seis de la tarde.
Su rostro adusto estaba enmarcado por el humo del puro de origen cubano y una tasa de talavera que contenía un café colombiano.
Observó el libro, aun escrito a mano, en donde se había inscrito el cambio de propietario: el gobierno cedía un inmueble a una la señora fulana de tal de apellido frutal.
El regalo y el abuso de autoridad, en su versión de tráfico de influencias, se había concretado y el jodón del reportero tenía la razón, además de la copia de los documentos oficiales.
El gobernador escuchó atento a los funcionarios que había citado en su despacho y siempre con el rostro adusto, pero sin perder la compostura había ideado la solución: regresar el predio al pueblo y demostrar que todo lo publicado fue falso con pruebas en la mano.
Esa misma noche el director del Centro de Readaptación Social recibió una llamada para que se presentara en las oficinas gubernamentales en carácter de urgencia. Dejó la comodidad del sillón de la sala de su casa en donde veía la televisión que recién había adquirido.
Recibió la indicación y se trasladó a su centro de trabajo para revisar cada uno de los casos de los reos. Llamó a ocho de ellos con estudios universitarios y sin darles ninguna explicación le ordenó que transcribieran unas líneas y ellos, con cierto temor e incertidumbre, acataron la instrucción y finalmente regresaron a su celda.
El director de la cárcel estudió las letras de los ocho presos. Se decidió por dos de ellos que tenía una mejor caligrafía y nuevamente los mandó a llamar para explicarles el trato que consistía en discreción absoluta a cambio de la reducción de su pena, es decir, pronto caminarían libres por las calles poblanas. Ellos aceptaron el trato.
Los trasladaron a una oficina la cual estaba acondicionada con un cómodo escritorio, café y algo de comer. Enfrente tenían un enorme libro en dónde se inscribían los movimientos de compra-venta de inmuebles que servía como instrumento para que el gobierno diera fe de la legalidad de las transacciones realizadas.
Los dos reos, sin comprender al principio, iniciaron la terea de transcribir el documento en otro libro de igual tamaño pero con la indicación de saltarse la página ochenta y tantos. El director estaría al pendiente de que no se fijaran en el contenido de la misma y sólo se dedicaran a llevar a cabo la tarea que les habían encomendado.
Parecía que la muñeca de la mano, por instantes, no respondería más pero entre los dos reos el trabajo era más relajante y la esperanza de abandonar ese horrible lugar los llenaba de fuerzas. No podían perder ni un momento y sólo tenían la noche entera y unas horas de la mañana para cumplir con la encomienda superior.
Lo que se había convertido de un chisme de lavadero en algo verdaderamente serio tendría que regresar a la simple especulación periodística y estaban a punto de completarlo.
Sudor y sueño, síntomas de un trabajo arduo que se concretó en tiempo y forma. Los dos tomos regresaron a la autoridad correspondiente. Uno destinado al oscuro cajón de ignominia y el otro a la consulta abierta de cualquier interesado.
Una joya de la manipulación. El nuevo libro estaba en los anaqueles.
Ese mismo día un funcionario de primer nivel recibió al director del semanario, en donde se habían escrito muchas líneas de la supuesta adquisición del inmueble de los poblanos a favor de una ex primera dama del estado de apellido frutal. La plática inicial fue desparpajada con temas superfluos como para ablandar la tensión que se había generado por culpa de un reportero idealista cazado con la filosofía universitaria de investigar siempre los hechos.
Minutos más tarde el funcionario mandó a traer el libro en dónde supuestamente estaba inscrito el cambio de propietario del inmueble a favor de la aun influyente señora. Se lo mostró al director del semanario y éste lo revisó minuciosamente. Ante sus ojos no existía tal tema, no había ningún movimiento, tampoco se había arrancado ninguna hoja y el número de folio así lo demostraba.
Todo estaba en orden, no había alteración.
En la mente del director cruzaron muchas ideas, del ridículo que había pasado por hacer caso a la mente febril de un reportero con documentos supuestamente creíbles.
En la publicación siguiente del semanario apareció una nota firmada por otro periodista en dónde se explicaba que todo había sido una confusión y que los documentos oficiales en poder del impreso confirmaban que el inmueble nunca había pasado a ser propiedad de la ex primera dama del estado. En pocas palabras había sido sólo un chisme de lavadero.
Mucho tiempo después un celador comentó en una plática de café: tú no sabes lo que es capaz de hacer un preso por recuperar su libertad, desde matar hasta transcribir un libro oficial y hacer uno falso con todas las firmas casi idénticas. Ya las autoridades se encargarán de los sellos
Hoy el inmueble se encuentra abandonado: ni Dios, no para el diablo.
FIN
¿Metrosexual o bonito?
El humo del café se desplazaba de forma descompuesta provocado por una corriente de aire que se colaba a través de una rendija de la puerta mal cerrada y en el centro de la sala volaban tres insectos en forma siempre circular sin dar pie a un descanso como si tuvieran miedo a posarse en algún mueble. Las cortinas de la ventana frontal tenían una ligera mancha apenas perceptible pero Cintia sufría de una exagerada limpieza en casa y de inmediato las cambio por unas recién salidas de la lavadora con olor a lavanda. No quería dar una mala impresión a la visita que estaba a punto de llegar por ella para ir a bailar.
Ella se colocó un vestido escotado, blanco en la parte del pecho y el resto negro, con un bolero para cubrirle un poco la espalda y unas zapatillas negras recién estrenadas. Estaba radiante de belleza con esos labios que invitaban a caer en ellos a la menor provocación.
Cintia con sus más de 35 años sabía manejar las primeras citas, porque siempre mostraba una hermosa sonrisa enseñando la dentadura en reparación, coronada por unos fierros. Sus ojos claros como el mar irradiaban luz propia y casi siempre celebraba las ocurrencias de su interlocutor dejando una imagen inusual, como la mujer que todo hombre deseaba tener.
Sin embargo ella escondía el cisne negro detrás de la pantalla que vendía a la perfección, pero también era siniestra porque la vertía lentamente, gota por gota, sin que la víctima se diera cuenta de ello y cuando los tenía en la mano era demasiado tarde para ellos. Dejaba esa actitud que celebraba todo para ofrecer un discurso de confusión en el cual sacara la mejor parte. Una maestra en la manipulación.
Cintia tomó la llamada en su celular y reconoció la voz de Ricardo quien le informó que estaba a una cuadra de su casa que la esperaba en la puerta, porque el tiempo les estaba comiendo. Cosa rara que ella estuviera en espera, porque su peculiaridad era llegar siempre con retraso a toda actividad, pero como era su primera salida con ese hombre tenía que mostrar una careta más que tenía almacenada en su armario.
El caballero de la noche le esperaba con la puerta abierta del automóvil negro modelo reciente, cuidó que el vestido no quedara aprisionado al cerrarla. Tomó el volante con cierto nerviosismo y le ofreció sus más delicados comentarios en referencia a su belleza a la noche de estrellas. Sus palabras tenían como destino ir tendiendo la alfombra roja por la cual tendrían que transitar hasta la habitación de su departamento de la zona de Angelópolis.
Ricardo condujo durante veinticinco minutos hasta llegar a un salón social de Zavaleta en donde se llevaría a cabo una cena de beneficencia a favor de una asociación de apoyo a personas con cáncer y demostró un gran dominio en la escena saludando a casi la mayoría de los asistentes. Cintia disfrutó el gusto por ese ambiente, pero también cierto temor porque presentía que podía fallar por primera vez en el control con un hombre, porque si apretaba de más corría el peligro de asfixiar.
En una de las mesas dos camaradas de la política platicaban de las elecciones pasadas en donde el candidato oficial, el impuesto por el defenestrado gobernador en turno, perdió y uno de ellos se atrevió a decir que su jefe político, un senador nacido en la zona de Serdán, les ordenó formarse pero en ningún momento les dio la indicación de marchar. Es decir únicamente fueron parte de la simulación, la verdadera.
En otra, más adelante, estaban charlando en torno a las perspectivas del nuevo gobierno, de la alianza que estaba haciendo con una televisora nacional y de sus alcances para impulsar imágenes con miras a otros momentos electorales de mayor alcance.
Cintia y Ricardo tomaron asiento en una de las mesas centrales que estaban adornadas por tres manzanas rojas que servían de base para un ramo de claveles rojos. Esperaron pacientemente al nuevo presidente municipal que llegó con varios minutos de retraso para iniciar la ceremonia y posteriormente pasaron a la ligera cena.
El resto de la noche estaba destinada para bailar al ritmo de un grupo de música lenta, pero con una excelente voz. La pareja aprovechó el momento para ofrecer sus mejores pasos y demostrarse uno al otro que tenía la chispa perfecta para encajar en una relación romántica.
Cerca de las tres de la mañana fue el espacio para despedirse de las personas que aun disfrutaban de la noche que amenazaba con alargarse una hora más, pero ellos decidieron dar paso a la intimidad.
Mientras el acomodador de autos iba en buscar del vehículo ella se le colgó del cuello para que apreciara una de sus cualidades regaladas por la naturaleza, pero él se deslizó ligeramente aprovechando la presencia de uno de los invitados que se disponía a retirarse.
Los whiskys habían alejado la timidez en Cintia y estaba dispuesta a seducir a ese hombre de la nueva generación, uno de los muchos integrantes del gobierno, que lucía seguro de si mismo, porque en ningún momento de la noche dio un espacio para las intensiones relacionadas con las sábanas.
Llegaron al departamento de Cintia y lo invitó a tomar una última copa. Quería aprovechar los últimos momentos para afinar su plan para llevarlo a la cama y amarrarlo. Su belleza estaba a la vista y no quería desaprovecharlo, además de tener un futuro político serio.
Al tercer sorbo no aguantó más la tentación y se le lanzó sin miramientos pero sólo encontró un rechazo una y otra vez hasta que Cintia se desmoronada al grado que unas lágrimas le acompañaron.
- Yo sólo quería pasar una excelente noche contigo, musitó
- Y la hemos pasado, pero hay gustos que no podemos compartir.
- Que me quieres decir, ¿acaso no te parezco atractiva o estoy pasada de moda?
- Jamás, eres maravillosa pero espero que entiendas mis gustos, son distintos a los demás.
- Creo que empiezo a entender
-
Sólo en ese momento entendió que no era un metrosexual, sino
Ella se colocó un vestido escotado, blanco en la parte del pecho y el resto negro, con un bolero para cubrirle un poco la espalda y unas zapatillas negras recién estrenadas. Estaba radiante de belleza con esos labios que invitaban a caer en ellos a la menor provocación.
Cintia con sus más de 35 años sabía manejar las primeras citas, porque siempre mostraba una hermosa sonrisa enseñando la dentadura en reparación, coronada por unos fierros. Sus ojos claros como el mar irradiaban luz propia y casi siempre celebraba las ocurrencias de su interlocutor dejando una imagen inusual, como la mujer que todo hombre deseaba tener.
Sin embargo ella escondía el cisne negro detrás de la pantalla que vendía a la perfección, pero también era siniestra porque la vertía lentamente, gota por gota, sin que la víctima se diera cuenta de ello y cuando los tenía en la mano era demasiado tarde para ellos. Dejaba esa actitud que celebraba todo para ofrecer un discurso de confusión en el cual sacara la mejor parte. Una maestra en la manipulación.
Cintia tomó la llamada en su celular y reconoció la voz de Ricardo quien le informó que estaba a una cuadra de su casa que la esperaba en la puerta, porque el tiempo les estaba comiendo. Cosa rara que ella estuviera en espera, porque su peculiaridad era llegar siempre con retraso a toda actividad, pero como era su primera salida con ese hombre tenía que mostrar una careta más que tenía almacenada en su armario.
El caballero de la noche le esperaba con la puerta abierta del automóvil negro modelo reciente, cuidó que el vestido no quedara aprisionado al cerrarla. Tomó el volante con cierto nerviosismo y le ofreció sus más delicados comentarios en referencia a su belleza a la noche de estrellas. Sus palabras tenían como destino ir tendiendo la alfombra roja por la cual tendrían que transitar hasta la habitación de su departamento de la zona de Angelópolis.
Ricardo condujo durante veinticinco minutos hasta llegar a un salón social de Zavaleta en donde se llevaría a cabo una cena de beneficencia a favor de una asociación de apoyo a personas con cáncer y demostró un gran dominio en la escena saludando a casi la mayoría de los asistentes. Cintia disfrutó el gusto por ese ambiente, pero también cierto temor porque presentía que podía fallar por primera vez en el control con un hombre, porque si apretaba de más corría el peligro de asfixiar.
En una de las mesas dos camaradas de la política platicaban de las elecciones pasadas en donde el candidato oficial, el impuesto por el defenestrado gobernador en turno, perdió y uno de ellos se atrevió a decir que su jefe político, un senador nacido en la zona de Serdán, les ordenó formarse pero en ningún momento les dio la indicación de marchar. Es decir únicamente fueron parte de la simulación, la verdadera.
En otra, más adelante, estaban charlando en torno a las perspectivas del nuevo gobierno, de la alianza que estaba haciendo con una televisora nacional y de sus alcances para impulsar imágenes con miras a otros momentos electorales de mayor alcance.
Cintia y Ricardo tomaron asiento en una de las mesas centrales que estaban adornadas por tres manzanas rojas que servían de base para un ramo de claveles rojos. Esperaron pacientemente al nuevo presidente municipal que llegó con varios minutos de retraso para iniciar la ceremonia y posteriormente pasaron a la ligera cena.
El resto de la noche estaba destinada para bailar al ritmo de un grupo de música lenta, pero con una excelente voz. La pareja aprovechó el momento para ofrecer sus mejores pasos y demostrarse uno al otro que tenía la chispa perfecta para encajar en una relación romántica.
Cerca de las tres de la mañana fue el espacio para despedirse de las personas que aun disfrutaban de la noche que amenazaba con alargarse una hora más, pero ellos decidieron dar paso a la intimidad.
Mientras el acomodador de autos iba en buscar del vehículo ella se le colgó del cuello para que apreciara una de sus cualidades regaladas por la naturaleza, pero él se deslizó ligeramente aprovechando la presencia de uno de los invitados que se disponía a retirarse.
Los whiskys habían alejado la timidez en Cintia y estaba dispuesta a seducir a ese hombre de la nueva generación, uno de los muchos integrantes del gobierno, que lucía seguro de si mismo, porque en ningún momento de la noche dio un espacio para las intensiones relacionadas con las sábanas.
Llegaron al departamento de Cintia y lo invitó a tomar una última copa. Quería aprovechar los últimos momentos para afinar su plan para llevarlo a la cama y amarrarlo. Su belleza estaba a la vista y no quería desaprovecharlo, además de tener un futuro político serio.
Al tercer sorbo no aguantó más la tentación y se le lanzó sin miramientos pero sólo encontró un rechazo una y otra vez hasta que Cintia se desmoronada al grado que unas lágrimas le acompañaron.
- Yo sólo quería pasar una excelente noche contigo, musitó
- Y la hemos pasado, pero hay gustos que no podemos compartir.
- Que me quieres decir, ¿acaso no te parezco atractiva o estoy pasada de moda?
- Jamás, eres maravillosa pero espero que entiendas mis gustos, son distintos a los demás.
- Creo que empiezo a entender
-
Sólo en ese momento entendió que no era un metrosexual, sino
Demasiada mujer, demasiado amor
Fredy Aco
Sandra llegó apresurada al salón de belleza para un retoque de cabello preocupada por demás debido a la aparición de unas indeseables raíces que delataban una edad arriba de los cuarenta. Aprovechó para solicitar el cuidado de sus uñas, a las que daba especial trato desde que llegó al frente del municipio mixteco y dejó de atender labores del hogar que sólo maltrataban sus manos. Hoy tenía la oportunidad de contratar a dos trabajadoras domésticas que se preocuparan por mantener al día el hogar para tener tiempo de atender sus actividades políticas, tan llenas de pasión y traición.
Su estilista, Magdalena, echó mano de sus mejores artilugios en los secretos de la belleza, no sólo para ocultar esas molestas raíces en los cabellos que aparecen con el paso de la edad, porque en algunas personas denotan un madurez y experiencias, pero ella sólo quería lucir un poco más joven para acudir con una muy delicada presentación a la comida que ofrecía el candidato a diputado exclusivamente para los alcaldes.
Regresó a casa para dale un beso de despedida a su marido, un hombre con ciertos rasgos de rudeza en su rostro pero había aprendido a comprender las actividades de su mujer, porque era un beneficiario directo del puesto de ella y lo sabía desde que abría la puerta de su camioneta doble cabina color rojo de seis cilindros que habían adquirido ocho meses atrás y con ello cumplía con una ilusión juvenil de manejar un vehículo de esas características.
Sandra, la presidenta municipal, se trasladó a la cabecera distrital junto con su secretaria privada para atender la invitación del aspirante a una legislatura y refrendarle su apoyo para ocupar tan digno puesto, el cual seguramente llegaría únicamente a levantar el dedo y cobrar puntualmente su dieta, porque carecía de las características necesarias para un puesto de esa naturaleza, pero de su lado estaba una cercanía con el delfín para la gubernatura, un hombre con temores, inseguridad y con carga impresionante de resentimiento social, por su origen humilde en el sureste del país.
El futuro levantadedos los esperaba en un salón social modesto con un amplio jardín en donde se había colocado una amplia lona para eventos especiales, sillas y una mesas para servir el rico platillo consistente en sopa de zetas la letra era la de moda- arroz blanco con chicharos y trozos de salmón sellado a la parrilla servidos en una cama de verduras precocidas aderezado con una salsa dulce de mango.
Sandra, con esa seriedad estampada hasta en sus ligeras arrugas, saludó al aspirante a legislador y le reiteró el apoyo de su pueblo tanto para él como para el futuro gobernador, el sucesor del precioso, el mejor hombre que haya adoptado la política poblana para dirigir a los poblanos, el que vino de tierras lejanas como un moderno Quetzalocatl con el tono de piel al revés- para redimir a los aldeanos con su amplia sabiduría, inteligencia y toques de estadista para seguir el camino del progreso que el mandatario saliente había delineado.
La presidenta municipal saludó a sus compañeros asistentes y se percató del equilibrio de género en la reunión, cosa curiosa porque siempre los hombres eran mayoría pero hasta en las fiestas se estaba demostrando este fenómeno que había modificado el escenario de algunos años a la fecha.
Sandra, una mujer con varios kilos de más, no era una dama sumamente atractiva ni menos con detalles que incitaran a las miradas lascivas y su trato ceremonioso la retrataban como aburrida en su persona, pero completaba su existencia con la política distracción que se había convertido en algo elemental en ella.
En una mesa de fondo estaban colocados dos termos enormes de color anaranjado, similar a los que se observan en los partido de futbol americano, con dos tipos de bebidas diferentes. Una era cremosa con toques de cacahuate molido y la otra de maracuyá, naranja y endulzante líquido. Los sabores eran peculiares, pero sabrosos, con toques de licor poco perceptibles en el paladar, pero con varios de ellos resbalando por la garganta provocaban un cierto calor en el cuerpo y una relajación de la lengua. El aspirante a diputado confesaría a uno de sus amigos que fue una idea para abaratar los costos de la reunión, porque el alcohol era lo más caro y sus finanzas estaban a punto de caer en la banca rota ante la falta de apoyo del partido para la campaña.
El sol comenzó a menguar y los ánimos se aceleraban. El discurso triunfador del futuro levantadedo puso más allá de las nubes al hombre que los priistas habían elegido como su candidato a gobernador, a su compadre, a su amigo, al que le debía su candidatura y los demás aplaudieron, levantaron sus copas una tras otra para alejar el maldito fantasma de la seriedad para darle paso a la alegría sin inhibiciones.
El clima los obligó a retirarse del jardín para refugiarse en el pequeño salón y fue el momento para que varios hombres anunciaran su retirada y poco a poco las mujeres fueron las dominadoras de la escena con más ánimo provocado por las bebidas preparadas a la sazón de la economía personal del candidato. La política había pasado a segundo término en la conversación giraba en torno a chismes, chistes colorados y aderezos similares que se fueron encaminando hacia los hombres que les bailan a las mujeres.
Sandra, con el ánimo elevado confesó que jamás había acudido a un espectáculo de esa naturaleza y tenía la curiosidad, pero el papel que desarrollaba le impedía darse ese pequeño detalle. El intenso aspirante a diputado convenció a las damas de armar un show privado para las seis mujeres que se habían quedado rezagadas en la fiesta y ordenó a su asistente para llamar a unos jóvenes que se dedicaban a ello.
La presidenta municipal tenía la preocupación por su marido, quien era explosivo en los momentos de enojo y más si llegaba en condiciones de elevado alcohol en la sangre, pero también tenía unas ganas inmensas de sentir la adrenalina de unos hombres encuerados. Tomó la decisión difícil y se quedó al espectáculo con una participación sumamente activa.
Cuando los dos hombres de cuerpos cuidados aparecieron en la escena la presidenta enrojeció de emoción y aplaudió cuando los textiles fueron quedando en el suelo hasta dejar ver una tanga plateada. Los ojos de Sandra estaban desorbitados, el lívido elevado lo cual permitía que las bebidas preparadas resbalaran con mayor facilidad.
El más alto de los hombres encuerados le extendió su mano y ella, en principio, se resistió pero ante la insistencia del público se levantó de la silla y mostró sus dotes de sensualidad, con una sonrisa pícara colocó sus manos en las nalgas del joven, lo atrajo hacia su parte sexual y de un brutal brinco con las piernas abiertas se pegó a la cintura, sus brazos estaban colgados del cuello sirvieron de candando. El bailarín la sujetó a medias y dio dos vueltas cuando le desgracia cayó como maldición: la presidenta se soltó y en la caída su rostro encontró una mesa con la cual rebotó para dar por terminada la amena fiesta.
Sandra vio como el pómulo derecho empezaba inflamarse y tonarse de color violáceo. Los humos del alcohol desaparecieron en un instante para dar paso a la preocupación de que le iba a decir a su marido para que no estallara en cólera.
Era un demasiada mujer reprimida.
FIN
Sandra llegó apresurada al salón de belleza para un retoque de cabello preocupada por demás debido a la aparición de unas indeseables raíces que delataban una edad arriba de los cuarenta. Aprovechó para solicitar el cuidado de sus uñas, a las que daba especial trato desde que llegó al frente del municipio mixteco y dejó de atender labores del hogar que sólo maltrataban sus manos. Hoy tenía la oportunidad de contratar a dos trabajadoras domésticas que se preocuparan por mantener al día el hogar para tener tiempo de atender sus actividades políticas, tan llenas de pasión y traición.
Su estilista, Magdalena, echó mano de sus mejores artilugios en los secretos de la belleza, no sólo para ocultar esas molestas raíces en los cabellos que aparecen con el paso de la edad, porque en algunas personas denotan un madurez y experiencias, pero ella sólo quería lucir un poco más joven para acudir con una muy delicada presentación a la comida que ofrecía el candidato a diputado exclusivamente para los alcaldes.
Regresó a casa para dale un beso de despedida a su marido, un hombre con ciertos rasgos de rudeza en su rostro pero había aprendido a comprender las actividades de su mujer, porque era un beneficiario directo del puesto de ella y lo sabía desde que abría la puerta de su camioneta doble cabina color rojo de seis cilindros que habían adquirido ocho meses atrás y con ello cumplía con una ilusión juvenil de manejar un vehículo de esas características.
Sandra, la presidenta municipal, se trasladó a la cabecera distrital junto con su secretaria privada para atender la invitación del aspirante a una legislatura y refrendarle su apoyo para ocupar tan digno puesto, el cual seguramente llegaría únicamente a levantar el dedo y cobrar puntualmente su dieta, porque carecía de las características necesarias para un puesto de esa naturaleza, pero de su lado estaba una cercanía con el delfín para la gubernatura, un hombre con temores, inseguridad y con carga impresionante de resentimiento social, por su origen humilde en el sureste del país.
El futuro levantadedos los esperaba en un salón social modesto con un amplio jardín en donde se había colocado una amplia lona para eventos especiales, sillas y una mesas para servir el rico platillo consistente en sopa de zetas la letra era la de moda- arroz blanco con chicharos y trozos de salmón sellado a la parrilla servidos en una cama de verduras precocidas aderezado con una salsa dulce de mango.
Sandra, con esa seriedad estampada hasta en sus ligeras arrugas, saludó al aspirante a legislador y le reiteró el apoyo de su pueblo tanto para él como para el futuro gobernador, el sucesor del precioso, el mejor hombre que haya adoptado la política poblana para dirigir a los poblanos, el que vino de tierras lejanas como un moderno Quetzalocatl con el tono de piel al revés- para redimir a los aldeanos con su amplia sabiduría, inteligencia y toques de estadista para seguir el camino del progreso que el mandatario saliente había delineado.
La presidenta municipal saludó a sus compañeros asistentes y se percató del equilibrio de género en la reunión, cosa curiosa porque siempre los hombres eran mayoría pero hasta en las fiestas se estaba demostrando este fenómeno que había modificado el escenario de algunos años a la fecha.
Sandra, una mujer con varios kilos de más, no era una dama sumamente atractiva ni menos con detalles que incitaran a las miradas lascivas y su trato ceremonioso la retrataban como aburrida en su persona, pero completaba su existencia con la política distracción que se había convertido en algo elemental en ella.
En una mesa de fondo estaban colocados dos termos enormes de color anaranjado, similar a los que se observan en los partido de futbol americano, con dos tipos de bebidas diferentes. Una era cremosa con toques de cacahuate molido y la otra de maracuyá, naranja y endulzante líquido. Los sabores eran peculiares, pero sabrosos, con toques de licor poco perceptibles en el paladar, pero con varios de ellos resbalando por la garganta provocaban un cierto calor en el cuerpo y una relajación de la lengua. El aspirante a diputado confesaría a uno de sus amigos que fue una idea para abaratar los costos de la reunión, porque el alcohol era lo más caro y sus finanzas estaban a punto de caer en la banca rota ante la falta de apoyo del partido para la campaña.
El sol comenzó a menguar y los ánimos se aceleraban. El discurso triunfador del futuro levantadedo puso más allá de las nubes al hombre que los priistas habían elegido como su candidato a gobernador, a su compadre, a su amigo, al que le debía su candidatura y los demás aplaudieron, levantaron sus copas una tras otra para alejar el maldito fantasma de la seriedad para darle paso a la alegría sin inhibiciones.
El clima los obligó a retirarse del jardín para refugiarse en el pequeño salón y fue el momento para que varios hombres anunciaran su retirada y poco a poco las mujeres fueron las dominadoras de la escena con más ánimo provocado por las bebidas preparadas a la sazón de la economía personal del candidato. La política había pasado a segundo término en la conversación giraba en torno a chismes, chistes colorados y aderezos similares que se fueron encaminando hacia los hombres que les bailan a las mujeres.
Sandra, con el ánimo elevado confesó que jamás había acudido a un espectáculo de esa naturaleza y tenía la curiosidad, pero el papel que desarrollaba le impedía darse ese pequeño detalle. El intenso aspirante a diputado convenció a las damas de armar un show privado para las seis mujeres que se habían quedado rezagadas en la fiesta y ordenó a su asistente para llamar a unos jóvenes que se dedicaban a ello.
La presidenta municipal tenía la preocupación por su marido, quien era explosivo en los momentos de enojo y más si llegaba en condiciones de elevado alcohol en la sangre, pero también tenía unas ganas inmensas de sentir la adrenalina de unos hombres encuerados. Tomó la decisión difícil y se quedó al espectáculo con una participación sumamente activa.
Cuando los dos hombres de cuerpos cuidados aparecieron en la escena la presidenta enrojeció de emoción y aplaudió cuando los textiles fueron quedando en el suelo hasta dejar ver una tanga plateada. Los ojos de Sandra estaban desorbitados, el lívido elevado lo cual permitía que las bebidas preparadas resbalaran con mayor facilidad.
El más alto de los hombres encuerados le extendió su mano y ella, en principio, se resistió pero ante la insistencia del público se levantó de la silla y mostró sus dotes de sensualidad, con una sonrisa pícara colocó sus manos en las nalgas del joven, lo atrajo hacia su parte sexual y de un brutal brinco con las piernas abiertas se pegó a la cintura, sus brazos estaban colgados del cuello sirvieron de candando. El bailarín la sujetó a medias y dio dos vueltas cuando le desgracia cayó como maldición: la presidenta se soltó y en la caída su rostro encontró una mesa con la cual rebotó para dar por terminada la amena fiesta.
Sandra vio como el pómulo derecho empezaba inflamarse y tonarse de color violáceo. Los humos del alcohol desaparecieron en un instante para dar paso a la preocupación de que le iba a decir a su marido para que no estallara en cólera.
Era un demasiada mujer reprimida.
FIN
Demasiada mujer, demasiado amor
Fredy Aco
Sandra llegó apresurada al salón de belleza para un retoque de cabello preocupada por demás debido a la aparición de unas indeseables raíces que delataban una edad arriba de los cuarenta. Aprovechó para solicitar el cuidado de sus uñas, a las que daba especial trato desde que llegó al frente del municipio mixteco y dejó de atender labores del hogar que sólo maltrataban sus manos. Hoy tenía la oportunidad de contratar a dos trabajadoras domésticas que se preocuparan por mantener al día el hogar para tener tiempo de atender sus actividades políticas, tan llenas de pasión y traición.
Su estilista, Magdalena, echó mano de sus mejores artilugios en los secretos de la belleza, no sólo para ocultar esas molestas raíces en los cabellos que aparecen con el paso de la edad, porque en algunas personas denotan un madurez y experiencias, pero ella sólo quería lucir un poco más joven para acudir con una muy delicada presentación a la comida que ofrecía el candidato a diputado exclusivamente para los alcaldes.
Regresó a casa para dale un beso de despedida a su marido, un hombre con ciertos rasgos de rudeza en su rostro pero había aprendido a comprender las actividades de su mujer, porque era un beneficiario directo del puesto de ella y lo sabía desde que abría la puerta de su camioneta doble cabina color rojo de seis cilindros que habían adquirido ocho meses atrás y con ello cumplía con una ilusión juvenil de manejar un vehículo de esas características.
Sandra, la presidenta municipal, se trasladó a la cabecera distrital junto con su secretaria privada para atender la invitación del aspirante a una legislatura y refrendarle su apoyo para ocupar tan digno puesto, el cual seguramente llegaría únicamente a levantar el dedo y cobrar puntualmente su dieta, porque carecía de las características necesarias para un puesto de esa naturaleza, pero de su lado estaba una cercanía con el delfín para la gubernatura, un hombre con temores, inseguridad y con carga impresionante de resentimiento social, por su origen humilde en el sureste del país.
El futuro levantadedos los esperaba en un salón social modesto con un amplio jardín en donde se había colocado una amplia lona para eventos especiales, sillas y una mesas para servir el rico platillo consistente en sopa de zetas la letra era la de moda- arroz blanco con chicharos y trozos de salmón sellado a la parrilla servidos en una cama de verduras precocidas aderezado con una salsa dulce de mango.
Sandra, con esa seriedad estampada hasta en sus ligeras arrugas, saludó al aspirante a legislador y le reiteró el apoyo de su pueblo tanto para él como para el futuro gobernador, el sucesor del precioso, el mejor hombre que haya adoptado la política poblana para dirigir a los poblanos, el que vino de tierras lejanas como un moderno Quetzalocatl con el tono de piel al revés- para redimir a los aldeanos con su amplia sabiduría, inteligencia y toques de estadista para seguir el camino del progreso que el mandatario saliente había delineado.
La presidenta municipal saludó a sus compañeros asistentes y se percató del equilibrio de género en la reunión, cosa curiosa porque siempre los hombres eran mayoría pero hasta en las fiestas se estaba demostrando este fenómeno que había modificado el escenario de algunos años a la fecha.
Sandra, una mujer con varios kilos de más, no era una dama sumamente atractiva ni menos con detalles que incitaran a las miradas lascivas y su trato ceremonioso la retrataban como aburrida en su persona, pero completaba su existencia con la política distracción que se había convertido en algo elemental en ella.
En una mesa de fondo estaban colocados dos termos enormes de color anaranjado, similar a los que se observan en los partido de futbol americano, con dos tipos de bebidas diferentes. Una era cremosa con toques de cacahuate molido y la otra de maracuyá, naranja y endulzante líquido. Los sabores eran peculiares, pero sabrosos, con toques de licor poco perceptibles en el paladar, pero con varios de ellos resbalando por la garganta provocaban un cierto calor en el cuerpo y una relajación de la lengua. El aspirante a diputado confesaría a uno de sus amigos que fue una idea para abaratar los costos de la reunión, porque el alcohol era lo más caro y sus finanzas estaban a punto de caer en la banca rota ante la falta de apoyo del partido para la campaña.
El sol comenzó a menguar y los ánimos se aceleraban. El discurso triunfador del futuro levantadedo puso más allá de las nubes al hombre que los priistas habían elegido como su candidato a gobernador, a su compadre, a su amigo, al que le debía su candidatura y los demás aplaudieron, levantaron sus copas una tras otra para alejar el maldito fantasma de la seriedad para darle paso a la alegría sin inhibiciones.
El clima los obligó a retirarse del jardín para refugiarse en el pequeño salón y fue el momento para que varios hombres anunciaran su retirada y poco a poco las mujeres fueron las dominadoras de la escena con más ánimo provocado por las bebidas preparadas a la sazón de la economía personal del candidato. La política había pasado a segundo término en la conversación giraba en torno a chismes, chistes colorados y aderezos similares que se fueron encaminando hacia los hombres que les bailan a las mujeres.
Sandra, con el ánimo elevado confesó que jamás había acudido a un espectáculo de esa naturaleza y tenía la curiosidad, pero el papel que desarrollaba le impedía darse ese pequeño detalle. El intenso aspirante a diputado convenció a las damas de armar un show privado para las seis mujeres que se habían quedado rezagadas en la fiesta y ordenó a su asistente para llamar a unos jóvenes que se dedicaban a ello.
La presidenta municipal tenía la preocupación por su marido, quien era explosivo en los momentos de enojo y más si llegaba en condiciones de elevado alcohol en la sangre, pero también tenía unas ganas inmensas de sentir la adrenalina de unos hombres encuerados. Tomó la decisión difícil y se quedó al espectáculo con una participación sumamente activa.
Cuando los dos hombres de cuerpos cuidados aparecieron en la escena la presidenta enrojeció de emoción y aplaudió cuando los textiles fueron quedando en el suelo hasta dejar ver una tanga plateada. Los ojos de Sandra estaban desorbitados, el lívido elevado lo cual permitía que las bebidas preparadas resbalaran con mayor facilidad.
El más alto de los hombres encuerados le extendió su mano y ella, en principio, se resistió pero ante la insistencia del público se levantó de la silla y mostró sus dotes de sensualidad, con una sonrisa pícara colocó sus manos en las nalgas del joven, lo atrajo hacia su parte sexual y de un brutal brinco con las piernas abiertas se pegó a la cintura, sus brazos estaban colgados del cuello sirvieron de candando. El bailarín la sujetó a medias y dio dos vueltas cuando le desgracia cayó como maldición: la presidenta se soltó y en la caída su rostro encontró una mesa con la cual rebotó para dar por terminada la amena fiesta.
Sandra vio como el pómulo derecho empezaba inflamarse y tonarse de color violáceo. Los humos del alcohol desaparecieron en un instante para dar paso a la preocupación de que le iba a decir a su marido para que no estallara en cólera.
Era un demasiada mujer reprimida.
FIN
Sandra llegó apresurada al salón de belleza para un retoque de cabello preocupada por demás debido a la aparición de unas indeseables raíces que delataban una edad arriba de los cuarenta. Aprovechó para solicitar el cuidado de sus uñas, a las que daba especial trato desde que llegó al frente del municipio mixteco y dejó de atender labores del hogar que sólo maltrataban sus manos. Hoy tenía la oportunidad de contratar a dos trabajadoras domésticas que se preocuparan por mantener al día el hogar para tener tiempo de atender sus actividades políticas, tan llenas de pasión y traición.
Su estilista, Magdalena, echó mano de sus mejores artilugios en los secretos de la belleza, no sólo para ocultar esas molestas raíces en los cabellos que aparecen con el paso de la edad, porque en algunas personas denotan un madurez y experiencias, pero ella sólo quería lucir un poco más joven para acudir con una muy delicada presentación a la comida que ofrecía el candidato a diputado exclusivamente para los alcaldes.
Regresó a casa para dale un beso de despedida a su marido, un hombre con ciertos rasgos de rudeza en su rostro pero había aprendido a comprender las actividades de su mujer, porque era un beneficiario directo del puesto de ella y lo sabía desde que abría la puerta de su camioneta doble cabina color rojo de seis cilindros que habían adquirido ocho meses atrás y con ello cumplía con una ilusión juvenil de manejar un vehículo de esas características.
Sandra, la presidenta municipal, se trasladó a la cabecera distrital junto con su secretaria privada para atender la invitación del aspirante a una legislatura y refrendarle su apoyo para ocupar tan digno puesto, el cual seguramente llegaría únicamente a levantar el dedo y cobrar puntualmente su dieta, porque carecía de las características necesarias para un puesto de esa naturaleza, pero de su lado estaba una cercanía con el delfín para la gubernatura, un hombre con temores, inseguridad y con carga impresionante de resentimiento social, por su origen humilde en el sureste del país.
El futuro levantadedos los esperaba en un salón social modesto con un amplio jardín en donde se había colocado una amplia lona para eventos especiales, sillas y una mesas para servir el rico platillo consistente en sopa de zetas la letra era la de moda- arroz blanco con chicharos y trozos de salmón sellado a la parrilla servidos en una cama de verduras precocidas aderezado con una salsa dulce de mango.
Sandra, con esa seriedad estampada hasta en sus ligeras arrugas, saludó al aspirante a legislador y le reiteró el apoyo de su pueblo tanto para él como para el futuro gobernador, el sucesor del precioso, el mejor hombre que haya adoptado la política poblana para dirigir a los poblanos, el que vino de tierras lejanas como un moderno Quetzalocatl con el tono de piel al revés- para redimir a los aldeanos con su amplia sabiduría, inteligencia y toques de estadista para seguir el camino del progreso que el mandatario saliente había delineado.
La presidenta municipal saludó a sus compañeros asistentes y se percató del equilibrio de género en la reunión, cosa curiosa porque siempre los hombres eran mayoría pero hasta en las fiestas se estaba demostrando este fenómeno que había modificado el escenario de algunos años a la fecha.
Sandra, una mujer con varios kilos de más, no era una dama sumamente atractiva ni menos con detalles que incitaran a las miradas lascivas y su trato ceremonioso la retrataban como aburrida en su persona, pero completaba su existencia con la política distracción que se había convertido en algo elemental en ella.
En una mesa de fondo estaban colocados dos termos enormes de color anaranjado, similar a los que se observan en los partido de futbol americano, con dos tipos de bebidas diferentes. Una era cremosa con toques de cacahuate molido y la otra de maracuyá, naranja y endulzante líquido. Los sabores eran peculiares, pero sabrosos, con toques de licor poco perceptibles en el paladar, pero con varios de ellos resbalando por la garganta provocaban un cierto calor en el cuerpo y una relajación de la lengua. El aspirante a diputado confesaría a uno de sus amigos que fue una idea para abaratar los costos de la reunión, porque el alcohol era lo más caro y sus finanzas estaban a punto de caer en la banca rota ante la falta de apoyo del partido para la campaña.
El sol comenzó a menguar y los ánimos se aceleraban. El discurso triunfador del futuro levantadedo puso más allá de las nubes al hombre que los priistas habían elegido como su candidato a gobernador, a su compadre, a su amigo, al que le debía su candidatura y los demás aplaudieron, levantaron sus copas una tras otra para alejar el maldito fantasma de la seriedad para darle paso a la alegría sin inhibiciones.
El clima los obligó a retirarse del jardín para refugiarse en el pequeño salón y fue el momento para que varios hombres anunciaran su retirada y poco a poco las mujeres fueron las dominadoras de la escena con más ánimo provocado por las bebidas preparadas a la sazón de la economía personal del candidato. La política había pasado a segundo término en la conversación giraba en torno a chismes, chistes colorados y aderezos similares que se fueron encaminando hacia los hombres que les bailan a las mujeres.
Sandra, con el ánimo elevado confesó que jamás había acudido a un espectáculo de esa naturaleza y tenía la curiosidad, pero el papel que desarrollaba le impedía darse ese pequeño detalle. El intenso aspirante a diputado convenció a las damas de armar un show privado para las seis mujeres que se habían quedado rezagadas en la fiesta y ordenó a su asistente para llamar a unos jóvenes que se dedicaban a ello.
La presidenta municipal tenía la preocupación por su marido, quien era explosivo en los momentos de enojo y más si llegaba en condiciones de elevado alcohol en la sangre, pero también tenía unas ganas inmensas de sentir la adrenalina de unos hombres encuerados. Tomó la decisión difícil y se quedó al espectáculo con una participación sumamente activa.
Cuando los dos hombres de cuerpos cuidados aparecieron en la escena la presidenta enrojeció de emoción y aplaudió cuando los textiles fueron quedando en el suelo hasta dejar ver una tanga plateada. Los ojos de Sandra estaban desorbitados, el lívido elevado lo cual permitía que las bebidas preparadas resbalaran con mayor facilidad.
El más alto de los hombres encuerados le extendió su mano y ella, en principio, se resistió pero ante la insistencia del público se levantó de la silla y mostró sus dotes de sensualidad, con una sonrisa pícara colocó sus manos en las nalgas del joven, lo atrajo hacia su parte sexual y de un brutal brinco con las piernas abiertas se pegó a la cintura, sus brazos estaban colgados del cuello sirvieron de candando. El bailarín la sujetó a medias y dio dos vueltas cuando le desgracia cayó como maldición: la presidenta se soltó y en la caída su rostro encontró una mesa con la cual rebotó para dar por terminada la amena fiesta.
Sandra vio como el pómulo derecho empezaba inflamarse y tonarse de color violáceo. Los humos del alcohol desaparecieron en un instante para dar paso a la preocupación de que le iba a decir a su marido para que no estallara en cólera.
Era un demasiada mujer reprimida.
FIN
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