sábado, 2 de abril de 2011

Los libros de la cárcel

A la memoria de Oscar Victoria al cumplir 14 años de su ausencia física

El mandatario cogió el teléfono y llamó enfurecido al presidente municipal para que pusiera solución a la serie de rumores que se empezaban a incrementar, porque no iba a permitir que se afectara la imagen de la anterior primera dama en la compra ilegal de un predio de la Puebla antigua y no por el hecho de proteger a su antecesor, el cual le valía un comino porque todo mundo sabía del grado de corrupción en el cual se manejó, sino porque afectaría su gobierno que recién iniciaba.

Un periodista local había encontrado la historia perfecta de los abusos del poder: en los últimos momentos del gobierno anterior la señora, la primera dama, se había enamorado de un inmueble de la Puebla antigua y con un cerrar de ojos a su marido éste había ordenado que se le adjudicaran. El movimiento quedó inscrito en los libros oficiales.

El escándalo de lavadero se empezaba a poner al rojo vivo, porque al pasar de una simple información publicada en un semanario amenazaba con convertirse en una bandera política de los defensores de la Puebla tradicional.

Una copia de los documentos oficiales se encontraban en manos del reportero que estaba dispuesto a llegar a las últimas investigaciones para demostrar que un inmueble de todos los poblanos estaba en manos de la señora, la influyente esposa del mandatario en los últimos suspiros de poder.

Eran los momentos del nuevo gobernador, el hombre de carácter fuerte, el de estudios en París, el que arañó la silla presidencial. Había tomado la decisión de callar el escándalo, como el conteo de las elecciones de 1988.
Cogió el teléfono y pidió toda la documentación oficial el respecto en una hora en su despacho. A las seis de la tarde.

Su rostro adusto estaba enmarcado por el humo del puro de origen cubano y una tasa de talavera que contenía un café colombiano.

Observó el libro, aun escrito a mano, en donde se había inscrito el cambio de propietario: el gobierno cedía un inmueble a una la señora fulana de tal de apellido frutal.

El regalo y el abuso de autoridad, en su versión de tráfico de influencias, se había concretado y el jodón del reportero tenía la razón, además de la copia de los documentos oficiales.

El gobernador escuchó atento a los funcionarios que había citado en su despacho y siempre con el rostro adusto, pero sin perder la compostura había ideado la solución: regresar el predio al pueblo y demostrar que todo lo publicado fue falso con pruebas en la mano.

Esa misma noche el director del Centro de Readaptación Social recibió una llamada para que se presentara en las oficinas gubernamentales en carácter de urgencia. Dejó la comodidad del sillón de la sala de su casa en donde veía la televisión que recién había adquirido.

Recibió la indicación y se trasladó a su centro de trabajo para revisar cada uno de los casos de los reos. Llamó a ocho de ellos con estudios universitarios y sin darles ninguna explicación le ordenó que transcribieran unas líneas y ellos, con cierto temor e incertidumbre, acataron la instrucción y finalmente regresaron a su celda.

El director de la cárcel estudió las letras de los ocho presos. Se decidió por dos de ellos que tenía una mejor caligrafía y nuevamente los mandó a llamar para explicarles el trato que consistía en discreción absoluta a cambio de la reducción de su pena, es decir, pronto caminarían libres por las calles poblanas. Ellos aceptaron el trato.

Los trasladaron a una oficina la cual estaba acondicionada con un cómodo escritorio, café y algo de comer. Enfrente tenían un enorme libro en dónde se inscribían los movimientos de compra-venta de inmuebles que servía como instrumento para que el gobierno diera fe de la legalidad de las transacciones realizadas.

Los dos reos, sin comprender al principio, iniciaron la terea de transcribir el documento en otro libro de igual tamaño pero con la indicación de saltarse la página ochenta y tantos. El director estaría al pendiente de que no se fijaran en el contenido de la misma y sólo se dedicaran a llevar a cabo la tarea que les habían encomendado.

Parecía que la muñeca de la mano, por instantes, no respondería más pero entre los dos reos el trabajo era más relajante y la esperanza de abandonar ese horrible lugar los llenaba de fuerzas. No podían perder ni un momento y sólo tenían la noche entera y unas horas de la mañana para cumplir con la encomienda superior.

Lo que se había convertido de un chisme de lavadero en algo verdaderamente serio tendría que regresar a la simple especulación periodística y estaban a punto de completarlo.

Sudor y sueño, síntomas de un trabajo arduo que se concretó en tiempo y forma. Los dos tomos regresaron a la autoridad correspondiente. Uno destinado al oscuro cajón de ignominia y el otro a la consulta abierta de cualquier interesado.

Una joya de la manipulación. El nuevo libro estaba en los anaqueles.

Ese mismo día un funcionario de primer nivel recibió al director del semanario, en donde se habían escrito muchas líneas de la supuesta adquisición del inmueble de los poblanos a favor de una ex primera dama del estado de apellido frutal. La plática inicial fue desparpajada con temas superfluos como para ablandar la tensión que se había generado por culpa de un reportero idealista cazado con la filosofía universitaria de investigar siempre los hechos.

Minutos más tarde el funcionario mandó a traer el libro en dónde supuestamente estaba inscrito el cambio de propietario del inmueble a favor de la aun influyente señora. Se lo mostró al director del semanario y éste lo revisó minuciosamente. Ante sus ojos no existía tal tema, no había ningún movimiento, tampoco se había arrancado ninguna hoja y el número de folio así lo demostraba.

Todo estaba en orden, no había alteración.

En la mente del director cruzaron muchas ideas, del ridículo que había pasado por hacer caso a la mente febril de un reportero con documentos supuestamente creíbles.

En la publicación siguiente del semanario apareció una nota firmada por otro periodista en dónde se explicaba que todo había sido una confusión y que los documentos oficiales en poder del impreso confirmaban que el inmueble nunca había pasado a ser propiedad de la ex primera dama del estado. En pocas palabras había sido sólo un chisme de lavadero.

Mucho tiempo después un celador comentó en una plática de café: tú no sabes lo que es capaz de hacer un preso por recuperar su libertad, desde matar hasta transcribir un libro oficial y hacer uno falso con todas las firmas casi idénticas. Ya las autoridades se encargarán de los sellos…

Hoy el inmueble se encuentra abandonado: ni Dios, no para el diablo.

FIN

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