Mi peque amante

Esa noche la empanizó a besos, sin ceder espacio libre entre sus labios y esa piel lechosa, dejó que su amplia experiencia se impusiera por encima de simple acto del sexo, porque a su edad sólo podía responder una vez por noche y enfrente tenía a una mujer en plenitud, llena de un pasado de pasión desmedida, su rostro lo decía todo,  lo primordial era y fue el saber manejar cada momento, cortejar, adular, tocar y llegar casi a la cima antes de la consumación.
Cedió a los encantos de esa mujer en parte porque en casa la hoguera sólo humeaba, tiznaba y los leños se habían enmohecido. Lejos estaba esas carnes de excitación total que permitía el toqueteo en el coche, en el callejón de su casa, en la sala y lo de hoy era la pulcritud en la cama y de manera espaciada, muy espaciada, sin permitir el asomo del hombre lobo que aparecía en todas las lunas.
Con ella, la de piel lechosa, se relamía el amplio bigote entrecano estilo Porfirio Díaz y se dejaba llevar por la fuerza de fantasía, esa que en casa no tenía porque invocarla porque era perder el tiempo y crear falsas esperanzas de poder revivir el pasado que los unió en la plenitud y a cualquier hora.
De vez en cuando al terminar de poseer a su “peque” tenía encima el cargo de conciencia por experimentar el intercambio de sudor en la frenética carrera de llegar a la meta final que ahoga y aprieta, pero se consolaba con la excusa de que en casa ya no había pasión, sólo cariño y cuidado a su persona.
Los años se le fueron acumulando y el poder era inherente a él como el segundo aire que había descubierto en las caderas de quien debía ser la próxima representante popular e ir a posar su trasero en una curul de San Lázaro. Así lo había decretado y así tuvo que ser por obra y gracia de quien da el palomazo final a la lista.
En acto de campaña a la que asistió junto con el presidente estatal del partido le tocó oír un discurso de su displicente candidata. Jamás le puso atención, no analizó sus palabras y se concentró en el movimiento de sus labios, sólo en sus labios.
-          Como escuchaste mi discurso- preguntó la candidata a diputada.
-          La verdad que no le puso atención a absolutamente nada, sólo estaba viendo el movimiento de tus labios y de las maravillas que puedes hacer con ellos- contestó el poder tras el trono.
La candidata se sonrojó levemente porque el comentario tuvo otros receptores, pero sabían de la relación y nadie se atrevía a cuestionar este enredo de faldas, por el contrario eran participes de sus bromas y susurros libidinosos.
Su bigote de Porfirio Díaz infundía respeto y en muchos un cierto temor, porque traía encima la leyenda de ser la mano dura del gobierno, del ejecutor del mal y del portavoz de la malas noticias cuando había que sacrificar a un aspirante a un cargo de elección popular: “el partido te pido compresión y el apoyo, pero por el momento no son los tiempos y nuestro amigo el gobernador sabrá valorar tu sacrificio”.
La de piel lechosa tenía a un lado del corazón una chispa única que le permitía la libertad para hacer lo más posible en lo imposible, en buscar los laberintos para gozar el momento como era desde los tiempos de la facultad de contaduría en la Universidad Autónoma de Puebla, su alma mater.
Hoy era más cuidadosa por su posición política que se ganó con el sudor de su cuerpo, porque sus poros transpiraban al ciento por ciento, pero siempre tenía la oportunidad para encontrar el momento preciso de que su jefe político y amante saciara esa necesidad que en casa le negaban.
La juventud de las venas se reflejó en el estacionamiento del hotel, en donde se hospedaba el jefe político, cuando la candidata bajó de su camioneta y éste la fue a recibir con un beso apasionado y le apretó con fuerza la nalga izquierda, mientras la otra mano aprisionaba su melena teñida de rubio, le mordía el lóbulo de la oreja y le decía que no sabía porque los poblanos no aprovechaban una ciudad tan colonial para hacer el amor en sus zonas históricas.
La candidata sintió el ligero temblor de su cuerpo y un escalofrió que le recorrió hasta la punta del dedo gordo del pie derecho y se dejó besar el cuello. La falda floreada que llevaba fue la cómplice y hacer a un lado los pretextos de no participar en la batalla que se empezaba a librar cuerpo a cuerpo en el estacionamiento del hotel de la zona de los Fuertes.
La escena fue testificada por unos de los líderes del partido, quien sonrió sorprendido de cómo una persona de edad tenía los bríos para hacer de un espacio público en algo tan privado sin importar los metros de visibilidad. Los dos disfrutaron en su máximo los 10 minutos como si fueran novios de 18 años de edad en la cumbre de la pasión y con las ganas de convertirse en un solo cuerpo.
El amor no estaba en la agenda de los dos, sólo la conveniencia carnal. Ella cedió a las pretensiones del jefe político como un escalón en su trayectoria pública, porque era la oportunidad de oro para acceder a un escaño federal y ser una integrante de la burbuja dorada. Tenía que entregar algo y ese algo es lo que quería el encargado de palomear la lista.
La de la piel lechosa era liberal, pero tenía el orgullo de escoger con quien compartiría sus sudores y en qué momento sería, sin embargo el destino le jugó una trampa y tuvo que ceder por primera vez sin imponer condiciones. El hombre de edad avanzada no era ni el asomo de príncipe azul y lo suponía un aburrido en la cama. Pronto descubrió al animal en celo que llevaba dentro y la juventud guardada en las venas, en cada una de ellas.
La nalga es la nalga y las ganas son las ganas.
El encargado de ajustar las estrategias citó a los 15 candidatos en su oficina para determinar los últimos lineamientos de la campaña. Uno a uno llegaron y ocuparon su lugar en sillas alineadas con un toque escolar. La de piel lechosa se presentó con un vestido blanco matizado con pequeñas flores rojas. Su escote era delicado, como los hombros desnudos y la tela plisada se alargaba apenas arriba de la rodilla y al cruzar la pierna daba paso a la imaginación.
El jefe político empezó a sudar al inicio de la exposición y no por el nervio de estar frente a un selecto grupo de políticos, que en la privacidad los llamaba grises y sin capacidad, sino por las ideas que pasaban por su mente. A la mitad del curso pidió un receso porque era necesario  “hablar con el gobernador y presentarle un informe previo de la reunión”. Se retiró a su privado con el pañuelo limpiándose el sudor.
Mientras el café y las galletas entretenían a los futuros legisladores un asistente del jefe político llamó a la de piel lechosa y le indicó el camino a la amplia oficina. Se relamió los bigotes cuando la vio entrar ataviada de ese vestido y le ordenó cerrar con seguro. Se le abalanzó y la recargó en el escritorio y ella cedió sin vacilaciones. También lo deseaba. Media hora más tarde se reanudó la sesión.
La candidata gustaba de no preguntar de más, pero suponía que en la casa de su amante, en el Distrito Federal, tenía a una mujer cuidadosa en su aspecto, sobriedad por los buenos perfumes, afición por los zapatos y esmero del hogar, pero con un témpano de hielo por colchón.
Era, por lo menos, feliz y ya sin miramientos de acariciar una piel sin la firmeza de treinta años, pero con un temperamento y cierta perversión que a ella tanto le gustaba desde la universidad.
Su campaña por la diputación tuvo todo el respaldo y el aparato “de hacer ganar” se hizo presente el día de la elección y los votos le dieron la tan ansiada silla en San Lázaro. Juró servir al país, a su estado y sus electores.
Tres meses posterior al cobro de su primera quincena como diputada y asegurar su chamba por el resto de la legislatura no tenía más la necesidad de ceder a las pretensiones del jefe político, porque ya no iba a decidir más en los próximos años ante el cambio de gobierno en el estado. Era la oportunidad de cortar la relación.
Lo citó en el hotel de México un jueves por la tarde en la habitación que ella había rentado. Lo agotó y se sació de él….
Lo prefería prestado, porque tenía miedo de ser su esposa y tomar el papel de la anterior, la que agota la pasión y ofrece una huelga de piernas cruzadas y levanta la veda una vez a la quincena.
Así lo quería, así quería ser: la amante, sólo por pasión, sin más pretensiones políticas, sólo por despertar al adolescente que traía dentro.
El tiempo le recompensó con un retoño.
FIN