La oportunidad para viajar al extranjero era inmejorables, porque el brillo de los negocios los había alumbrado en el año. Los dos amigos de años, de parrandas y de contubernios tendieron las palabras mágicas a sus respectivas esposas, como un premio a lo mucho que los habían aguantado: en navidad nos vamos a Las Vegas.
Ricardo y Carlos hicieron todos los trámites necesarios para pasar cinco días en la ciudad del juego, se anticiparon para comprar los boletos para una de las funciones del circo du sulei que estaba anunciado en el magnífico palacio del MGM, el casino de los leones.
Los dos hombres de negocios habían consolidado su amistad por varios años, pero quien tenía idea de más mundo era Ricardo, quien manejaba al 80 por ciento el inglés. Siempre destacó en la escuela con buenas calificaciones como un elemento a presumir ante su falta de galanura. Era su tarjeta de presentación en un mundo de constante competencia.
El más brusco era Carlos, el de carácter duro, el de empuje. Criado en las sombras de un barrio bravo de la ciudad y tenía como esposa a una mujer guapa de mucho porte, traída de la sierra norte con ese toque de amabilidad en el trato.
Las visas de los cuatros estaban en orden y abordaron el avión en medio de un clima frío de la ciudad de México para arribar a uno helado de Las Vegas. Las mujeres estaban más felices que nunca, porque era la primera vez que visitaban los Estados Unidos.
Ricardo tenía como esposa a Jaquelín, una dama en la mesa y una fiera en la cama y eso mantenía contento a su marido, quien sabía perfectamente de la poca belleza con la que contaba, pero siempre había sido buena; además había soportado por mucho las aventuras de su hombre.
La belleza de las Vegas deslumbró a las damas, quienes desde el aire veían las impresionantes construcciones. La respiración se les fue cuando llegaron a uno de los hoteles más importantes de la ciudad y sucumbieron ante el encanto de las luces, del movimiento en las calles, de los casinos.
Ricardo fue el encargado de ser el guía de la manada de poblanos divirtiéndose en Las Vegas, aunque en muchos de los lugares no era necesario tener un dominio del inglés, porque había personal para atender a los mexicanos dispuestos a dejar sus dólares en territorio gringo.
Las calles estaban llenos de promotores de mujeres ofrecedoras de placer, con fotografías provocadoras en las tarjetas de presentación, sin embargo los dos hombres estaban atados a sus mujeres. No había el pretexto para ir a una junta de trabajo y escaparse.
Los primeros días fueron extenuantes conociendo cada casino y soportando el intenso frío invernal que se sentía con ganas en esa ciudad del juego, en donde se desarrolla la ludopatía.
El tercer día bajaron de sus habitaciones y se quedaron en el bar del hotel a disfrutar de una copa. En una esquina los ojos de los mexicanos se centraron en dos excelentes cuerpos torneados en su perfección. Rubias altas con las ropas entalladas. Esas carnes estaban dispuestas a ser devoradas por una módica suma de billetes verdes.
Unos minutos más tarde las esposas se disculparon porque tenían que regresar a la habitación antes de salir al tour de la noche. Los dos hombres encontraron la oportunidad exacta para coquetear con las rubias.
- Tu que sabes inglés, pregúntales cuánto cobran, solicitó Carlos.
Ricardo se acercó a ellas y entabló el breve diálogo para regresar con la noticia poco alentadora.
- Dicen que cobran 300 dólares por una hora,
- Pues está bien, pero porqué no les dices que les damos sólo 100 dólares, demandó Carlos.
-
El hablante de inglés se acercó nuevamente con las rubias para proponerles el trato y las dos rechazaron la oferta, que mejor consiguieran los 300 dólares, sólo hasta entonces se acercaran porque sólo les estaban espantando los posibles clientes de la noche.
Los dos compadres se quedaron con la idea de degustar esas carnes extranjeras. Apuraron a sus copas y subieron a sus habitaciones por sus esposas para empezar el desfile de casinos.
A los veinte minutos las dos parejas tomaron el elevador para llegar a la estancia y al abrir las puertas se toparon con las dos magníficas rubias que se aprestaban a subir a una habitación de un posible cliente.
Ellas los reconocieron inmediatamente y al ver a las mujeres con las que venían una le comentó a la otra: mira lo que se consiguieron con 100 dólares
Ricardo fue el único que entendió la expresión.
- Que dijeron compadre, preguntó Carlos
- Mmm, que parecíamos mexicanos, mintió por orgullo propio.
Fin
No hay comentarios:
Publicar un comentario