La misteriosa invitación había provocado un insomnio mañanero que me dio la oportunidad de escuchar la frase inicial del noticiero de las cinco treinta. estamos vivos y en vivo gracias a Dios. Había decido colocarme la camisa azul que había recibido de regalo cuatro días antes con el pantalón de mezclilla que tanto me había gustado en el aparador de la calle reforma.
La relación estrecha que había establecido con el empresario exitoso me permitió incluirme en la lista de selectos, muy selectos, invitados a la fiesta que organizaba un supuesto ganadero con motivo de su cumpleaños número cincuenta, es decir medio siglo de próspera vida.
El constructor y dueño de por lo menos tres de los edificios más grandes de Puebla pasó por mí a las ocho de la mañana para iniciar la travesía de tres días por el centro del país. El camino fue óptimo para iniciar una terapia sicológica de convencimiento para que una vez de regreso a la ciudad de Puebla nada de lo sucedido tendría que salir de mis labios y hasta tuve que entregar diez juramentos y casi hacer un voto de silencio, como monje enclaustrado con tal de conocer el mejor ambiente que me había prometido.
Pasamos la ciudad de Querétaro, la última ciudad que recuerdo de manera precisa, porque en adelante desfilaron frente a mí varias comunidades pequeñas, muchas de ellas abandonadas por la modernidad y la mano del gobierno, pero como lunares aparecían ranchos magníficos con camionetas último modelo y caballos de buena raza.
El trayecto se me había hecho eterno hasta que mi amigo me señaló una bodega de techo de lámina que reflejaba el sol como espejo y una frustración invadió mi más profundo ser y dar paso al gañán que todos traemos dentro.
- No mames, tanto viajar para que trajeras a una bodega y hacer un voto de silencio para esta jalada, reproché amargamente.
- Tu tranquilo que es sólo la aduana.
¿Aduana de qué? ¿Acaso me iban a escanear para no llevar virus? Metimos la camioneta en el garaje enorme en donde varias de ellas estaban guardadas y con placas de diversos estados de la República, pero de Puebla sólo era la nuestra. Una hermosa edecán de piernas portentosas nos esperó y por más que intenté mis ojos no dejaban de admirar esa belleza escondida es un galerón perdido entre pueblos olvidados.
Cuando tenía la seguridad de que ahí se organizaría la fiesta otra frustración llegó a mi ser al ver que habían adaptado una sala de espera con sillones amplios y dos meseros que servían de todo y todo es todo. Una charola plateada al centro tenía sobres de polvo blanco, cigarros preparados y pastillas de varios tipos. Mi amigo el constructor me explicó de qué se trataba, como si yo fuera un idiota que no entendía que eran boletos para realizar viajes más allá de la tierra y vivir sensaciones inexplicables.
Por supuesto que me negué a tomar algo y observé a mi alrededor, pero me sentía muy sólo porque a parte de mi amigo el constructor la edecán y los dos meseros sólo estaban tres personas más y por ningún lado veía al festejado, los globos, serpentinas y por supuesto el pastel, además de la música.
Una mirada de incredulidad ofrecía a mi amigo y éste con la voz baja me decía que tuviera paciencia pero sobre todo prudencia. La edecán de piernas soberbias y ojos de miel se acercó con dos whiskys y durante una hora llegaron tres rondas más con bocadillos de primer mundo, hasta que un grupo de cuatro pistoleros abrió una puerta trasera y nos dijo que pasarían a la revisión de rutina. Era una rutina para ellos, porque yo no sabía de qué diablos se trataba pero cooperé tal como lo ofrecí en principio. Esos tipos con metralletas eran el vivo ejemplo de la falta de amistad.
Diez minutos más tarde un ruido invadió la parte trasera de la bodega y por el sonido del motor comprendí que era un helicóptero e inmediatamente mi sagaz cerebro intuyó que ahí vendría el festejado, pero oh sorpresa fue errónea mi apreciación, porque los pistoleros nos condujeron al helicóptero y adentro cerraron las ventanas con cortinas y el aparato emprendió el vuelo por alrededor de 45 minutos hasta que aterrizó en un campo de futbol de una verdadera hacienda y no jaladas.
Un hombre sencillo camisa a cuadros, sobrero, hebilla de oro y botas vaqueras nos esperaba. Un fuerte abrazo ofreció a mi amigo el constructor y me presentó con el festejado quien me saludó recio, sin prudencia. Era franco y abierto, no hizo ni una pregunta de mí y nos condujo por un camino lleno de arbustos perfectamente cuidados, flores por todos lados y un pasto bien recortado.
Llegamos hasta un salón amplio con todos los lujos necesarios, desde los muebles tallados en diferentes formas con incrustaciones de piedras preciosas hasta cabezas de animales disecados en la parte alta. Seguimos caminando hasta llegar a un amplio, muy amplio, jardín donde ya estaba el ambiente de fiesta con invitados y una centenar de pistoleros guardando toda la hacienda con armas largas, pistolas y miradas enemigas.
La comida y la bebida era un desfile interminable con la mejor variedad que hubiera visto en mi vida desde camarones, pescados, langostas, carnes y una inmensidad de platillos por todos lados. Las botellas de bebidas eran impresionantes como lo eran las mujeres que atendían a los invitados: todas ellas monumentos a la belleza con sus matices distintos y había libertad total para estar felices.
La indicación era pasarla bien y si era necesario una chispa de vida, dígase todo tipo de droga, sólo era necesario llamar a una de las mujeres que atendían para llevar el coctel necesario.
Lo más impresionando fue la noticia que por varios minutos digerí: si alguna de las mujeres o un mesero te gusta sólo lo tienes que llamarle y decir que te interesa estar a solas. Traté de tragar saliva para asimilar este sorbo de buena noticia, y no porque me interesara estar con un hombre para que quede en claro, pero el hecho de escoger a cualquier dama hasta la cocinera para hacer cochinadas era algo sorprendente.
Las habitaciones destinadas para el descanso y otras cosas estaban habilitadas con las mejores comodidades: colchón de agua, clima, batas, pantuflas, preservativos de todos los colores y sabores, cremas, en fin un verdadero paraíso.
Mi amigo el constructor me advirtió una sola cosa: las chicas vestidas de rojo que vayan llegando era exclusivas del festejado y una de ellas era una verdadera conocida e incluso cantó una de la de los melodías que estaba sonando en la radio con mucho éxito.
Fueron tres días de fiesta y parecía que el mundo era sólo ese, que lo único que se necesitaba eran fuerzas internas para soportar el ritmo para comer, bailar al son de grupos norteños de primer nivel, beber y sentir diversas sensaciones de piel.
Mi amigo el constructor me indicó que regresaríamos en el tercer vuelo del helicóptero y que empezara a guardar todas las palabras, imágenes y conversaciones en el baúl del pleno olvido o de lo contrario el olvidado sería yo: comprendí el mensaje y a pesar de que el festejado ya fue requerido por las autoridades aun prefiero el silencio.
FIN
La relación estrecha que había establecido con el empresario exitoso me permitió incluirme en la lista de selectos, muy selectos, invitados a la fiesta que organizaba un supuesto ganadero con motivo de su cumpleaños número cincuenta, es decir medio siglo de próspera vida.
El constructor y dueño de por lo menos tres de los edificios más grandes de Puebla pasó por mí a las ocho de la mañana para iniciar la travesía de tres días por el centro del país. El camino fue óptimo para iniciar una terapia sicológica de convencimiento para que una vez de regreso a la ciudad de Puebla nada de lo sucedido tendría que salir de mis labios y hasta tuve que entregar diez juramentos y casi hacer un voto de silencio, como monje enclaustrado con tal de conocer el mejor ambiente que me había prometido.
Pasamos la ciudad de Querétaro, la última ciudad que recuerdo de manera precisa, porque en adelante desfilaron frente a mí varias comunidades pequeñas, muchas de ellas abandonadas por la modernidad y la mano del gobierno, pero como lunares aparecían ranchos magníficos con camionetas último modelo y caballos de buena raza.
El trayecto se me había hecho eterno hasta que mi amigo me señaló una bodega de techo de lámina que reflejaba el sol como espejo y una frustración invadió mi más profundo ser y dar paso al gañán que todos traemos dentro.
- No mames, tanto viajar para que trajeras a una bodega y hacer un voto de silencio para esta jalada, reproché amargamente.
- Tu tranquilo que es sólo la aduana.
¿Aduana de qué? ¿Acaso me iban a escanear para no llevar virus? Metimos la camioneta en el garaje enorme en donde varias de ellas estaban guardadas y con placas de diversos estados de la República, pero de Puebla sólo era la nuestra. Una hermosa edecán de piernas portentosas nos esperó y por más que intenté mis ojos no dejaban de admirar esa belleza escondida es un galerón perdido entre pueblos olvidados.
Cuando tenía la seguridad de que ahí se organizaría la fiesta otra frustración llegó a mi ser al ver que habían adaptado una sala de espera con sillones amplios y dos meseros que servían de todo y todo es todo. Una charola plateada al centro tenía sobres de polvo blanco, cigarros preparados y pastillas de varios tipos. Mi amigo el constructor me explicó de qué se trataba, como si yo fuera un idiota que no entendía que eran boletos para realizar viajes más allá de la tierra y vivir sensaciones inexplicables.
Por supuesto que me negué a tomar algo y observé a mi alrededor, pero me sentía muy sólo porque a parte de mi amigo el constructor la edecán y los dos meseros sólo estaban tres personas más y por ningún lado veía al festejado, los globos, serpentinas y por supuesto el pastel, además de la música.
Una mirada de incredulidad ofrecía a mi amigo y éste con la voz baja me decía que tuviera paciencia pero sobre todo prudencia. La edecán de piernas soberbias y ojos de miel se acercó con dos whiskys y durante una hora llegaron tres rondas más con bocadillos de primer mundo, hasta que un grupo de cuatro pistoleros abrió una puerta trasera y nos dijo que pasarían a la revisión de rutina. Era una rutina para ellos, porque yo no sabía de qué diablos se trataba pero cooperé tal como lo ofrecí en principio. Esos tipos con metralletas eran el vivo ejemplo de la falta de amistad.
Diez minutos más tarde un ruido invadió la parte trasera de la bodega y por el sonido del motor comprendí que era un helicóptero e inmediatamente mi sagaz cerebro intuyó que ahí vendría el festejado, pero oh sorpresa fue errónea mi apreciación, porque los pistoleros nos condujeron al helicóptero y adentro cerraron las ventanas con cortinas y el aparato emprendió el vuelo por alrededor de 45 minutos hasta que aterrizó en un campo de futbol de una verdadera hacienda y no jaladas.
Un hombre sencillo camisa a cuadros, sobrero, hebilla de oro y botas vaqueras nos esperaba. Un fuerte abrazo ofreció a mi amigo el constructor y me presentó con el festejado quien me saludó recio, sin prudencia. Era franco y abierto, no hizo ni una pregunta de mí y nos condujo por un camino lleno de arbustos perfectamente cuidados, flores por todos lados y un pasto bien recortado.
Llegamos hasta un salón amplio con todos los lujos necesarios, desde los muebles tallados en diferentes formas con incrustaciones de piedras preciosas hasta cabezas de animales disecados en la parte alta. Seguimos caminando hasta llegar a un amplio, muy amplio, jardín donde ya estaba el ambiente de fiesta con invitados y una centenar de pistoleros guardando toda la hacienda con armas largas, pistolas y miradas enemigas.
La comida y la bebida era un desfile interminable con la mejor variedad que hubiera visto en mi vida desde camarones, pescados, langostas, carnes y una inmensidad de platillos por todos lados. Las botellas de bebidas eran impresionantes como lo eran las mujeres que atendían a los invitados: todas ellas monumentos a la belleza con sus matices distintos y había libertad total para estar felices.
La indicación era pasarla bien y si era necesario una chispa de vida, dígase todo tipo de droga, sólo era necesario llamar a una de las mujeres que atendían para llevar el coctel necesario.
Lo más impresionando fue la noticia que por varios minutos digerí: si alguna de las mujeres o un mesero te gusta sólo lo tienes que llamarle y decir que te interesa estar a solas. Traté de tragar saliva para asimilar este sorbo de buena noticia, y no porque me interesara estar con un hombre para que quede en claro, pero el hecho de escoger a cualquier dama hasta la cocinera para hacer cochinadas era algo sorprendente.
Las habitaciones destinadas para el descanso y otras cosas estaban habilitadas con las mejores comodidades: colchón de agua, clima, batas, pantuflas, preservativos de todos los colores y sabores, cremas, en fin un verdadero paraíso.
Mi amigo el constructor me advirtió una sola cosa: las chicas vestidas de rojo que vayan llegando era exclusivas del festejado y una de ellas era una verdadera conocida e incluso cantó una de la de los melodías que estaba sonando en la radio con mucho éxito.
Fueron tres días de fiesta y parecía que el mundo era sólo ese, que lo único que se necesitaba eran fuerzas internas para soportar el ritmo para comer, bailar al son de grupos norteños de primer nivel, beber y sentir diversas sensaciones de piel.
Mi amigo el constructor me indicó que regresaríamos en el tercer vuelo del helicóptero y que empezara a guardar todas las palabras, imágenes y conversaciones en el baúl del pleno olvido o de lo contrario el olvidado sería yo: comprendí el mensaje y a pesar de que el festejado ya fue requerido por las autoridades aun prefiero el silencio.
FIN
No hay comentarios:
Publicar un comentario