sábado, 2 de abril de 2011

Demasiada mujer, demasiado amor

Fredy Aco

Sandra llegó apresurada al salón de belleza para un retoque de cabello preocupada por demás debido a la aparición de unas indeseables raíces que delataban una edad arriba de los cuarenta. Aprovechó para solicitar el cuidado de sus uñas, a las que daba especial trato desde que llegó al frente del municipio mixteco y dejó de atender labores del hogar que sólo maltrataban sus manos. Hoy tenía la oportunidad de contratar a dos trabajadoras domésticas que se preocuparan por mantener al día el hogar para tener tiempo de atender sus actividades políticas, tan llenas de pasión y traición.

Su estilista, Magdalena, echó mano de sus mejores artilugios en los secretos de la belleza, no sólo para ocultar esas molestas raíces en los cabellos que aparecen con el paso de la edad, porque en algunas personas denotan un madurez y experiencias, pero ella sólo quería lucir un poco más joven para acudir con una muy delicada presentación a la comida que ofrecía el candidato a diputado exclusivamente para los alcaldes.

Regresó a casa para dale un beso de despedida a su marido, un hombre con ciertos rasgos de rudeza en su rostro pero había aprendido a comprender las actividades de su mujer, porque era un beneficiario directo del puesto de ella y lo sabía desde que abría la puerta de su camioneta doble cabina color rojo de seis cilindros que habían adquirido ocho meses atrás y con ello cumplía con una ilusión juvenil de manejar un vehículo de esas características.

Sandra, la presidenta municipal, se trasladó a la cabecera distrital junto con su secretaria privada para atender la invitación del aspirante a una legislatura y refrendarle su apoyo para ocupar tan digno puesto, el cual seguramente llegaría únicamente a levantar el dedo y cobrar puntualmente su dieta, porque carecía de las características necesarias para un puesto de esa naturaleza, pero de su lado estaba una cercanía con el delfín para la gubernatura, un hombre con temores, inseguridad y con carga impresionante de resentimiento social, por su origen humilde en el sureste del país.

El futuro levantadedos los esperaba en un salón social modesto con un amplio jardín en donde se había colocado una amplia lona para eventos especiales, sillas y una mesas para servir el rico platillo consistente en sopa de zetas –la letra era la de moda- arroz blanco con chicharos y trozos de salmón sellado a la parrilla servidos en una cama de verduras precocidas aderezado con una salsa dulce de mango.

Sandra, con esa seriedad estampada hasta en sus ligeras arrugas, saludó al aspirante a legislador y le reiteró el apoyo de su pueblo tanto para él como para el futuro gobernador, el sucesor del precioso, el mejor hombre que haya adoptado la política poblana para dirigir a los poblanos, el que vino de tierras lejanas como un moderno Quetzalocatl – con el tono de piel al revés- para redimir a los aldeanos con su amplia sabiduría, inteligencia y toques de estadista para seguir el camino del progreso que el mandatario saliente había delineado.

La presidenta municipal saludó a sus compañeros asistentes y se percató del equilibrio de género en la reunión, cosa curiosa porque siempre los hombres eran mayoría pero hasta en las fiestas se estaba demostrando este fenómeno que había modificado el escenario de algunos años a la fecha.

Sandra, una mujer con varios kilos de más, no era una dama sumamente atractiva ni menos con detalles que incitaran a las miradas lascivas y su trato ceremonioso la retrataban como aburrida en su persona, pero completaba su existencia con la política distracción que se había convertido en algo elemental en ella.
En una mesa de fondo estaban colocados dos termos enormes de color anaranjado, similar a los que se observan en los partido de futbol americano, con dos tipos de bebidas diferentes. Una era cremosa con toques de cacahuate molido y la otra de maracuyá, naranja y endulzante líquido. Los sabores eran peculiares, pero sabrosos, con toques de licor poco perceptibles en el paladar, pero con varios de ellos resbalando por la garganta provocaban un cierto calor en el cuerpo y una relajación de la lengua. El aspirante a diputado confesaría a uno de sus amigos que fue una idea para abaratar los costos de la reunión, porque el alcohol era lo más caro y sus finanzas estaban a punto de caer en la banca rota ante la falta de apoyo del partido para la campaña.

El sol comenzó a menguar y los ánimos se aceleraban. El discurso triunfador del futuro levantadedo puso más allá de las nubes al hombre que los priistas habían elegido como su candidato a gobernador, a su compadre, a su amigo, al que le debía su candidatura y los demás aplaudieron, levantaron sus copas una tras otra para alejar el maldito fantasma de la seriedad para darle paso a la alegría sin inhibiciones.

El clima los obligó a retirarse del jardín para refugiarse en el pequeño salón y fue el momento para que varios hombres anunciaran su retirada y poco a poco las mujeres fueron las dominadoras de la escena con más ánimo provocado por las bebidas preparadas a la sazón de la economía personal del candidato. La política había pasado a segundo término en la conversación giraba en torno a chismes, chistes colorados y aderezos similares que se fueron encaminando hacia los hombres que les bailan a las mujeres.

Sandra, con el ánimo elevado confesó que jamás había acudido a un espectáculo de esa naturaleza y tenía la curiosidad, pero el papel que desarrollaba le impedía darse ese pequeño detalle. El intenso aspirante a diputado convenció a las damas de armar un show privado para las seis mujeres que se habían quedado rezagadas en la fiesta y ordenó a su asistente para llamar a unos jóvenes que se dedicaban a ello.

La presidenta municipal tenía la preocupación por su marido, quien era explosivo en los momentos de enojo y más si llegaba en condiciones de elevado alcohol en la sangre, pero también tenía unas ganas inmensas de sentir la adrenalina de unos hombres encuerados. Tomó la decisión difícil y se quedó al espectáculo con una participación sumamente activa.

Cuando los dos hombres de cuerpos cuidados aparecieron en la escena la presidenta enrojeció de emoción y aplaudió cuando los textiles fueron quedando en el suelo hasta dejar ver una tanga plateada. Los ojos de Sandra estaban desorbitados, el lívido elevado lo cual permitía que las bebidas preparadas resbalaran con mayor facilidad.

El más alto de los hombres encuerados le extendió su mano y ella, en principio, se resistió pero ante la insistencia del público se levantó de la silla y mostró sus dotes de sensualidad, con una sonrisa pícara colocó sus manos en las nalgas del joven, lo atrajo hacia su parte sexual y de un brutal brinco con las piernas abiertas se pegó a la cintura, sus brazos estaban colgados del cuello sirvieron de candando. El bailarín la sujetó a medias y dio dos vueltas cuando le desgracia cayó como maldición: la presidenta se soltó y en la caída su rostro encontró una mesa con la cual rebotó para dar por terminada la amena fiesta.

Sandra vio como el pómulo derecho empezaba inflamarse y tonarse de color violáceo. Los humos del alcohol desaparecieron en un instante para dar paso a la preocupación de que le iba a decir a su marido para que no estallara en cólera.

Era un demasiada mujer reprimida.

FIN

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