El sonido de los tacones anunciaron su arribo a la oficina. Las zapatillas negras arrancadas de un vitral de ofertas llevaban los 60 kilos de peso de la principiante de política, ahora convertida en burócrata de menor rango. Soñaba con tener un chofer, una asistente y un vehículo propio.
Sus pasos se arrastraban en las primeras horas de la mañana y su semblante pretendía ser disfrazado por el exceso de maquillaje y cubrir con ello las pequeñas imperfecciones en su piel. Su aliento estaba matizado por los residuos del licor que la noche anterior bajó por su garganta. Las ojeras eran el contorno de unos ojos rojos y su mano derecha aun tenía el sello de la nicotina.
Los excesos de la noche le tenían destinado un momento especial y los ojos ajenos que presenciaron su despilfarro y desfachatez jamás recordaron, años más tarde, que era la diputada local la que protagonizó el escándalo del mes.
Abogada de profesión nunca tuvo el control de su lengua al hablar y la explosividad era el desenfreno de sus palabras hirientes, sin sentido y sus enemigos la calificaban de vacía.
En la intimidad el hombre de los ojos azules y profundos como el mar quiso comprobar si efectivamente también bajo las sábanas ese músculo, su lengua, se salía de los cánones que la falsa moral ha establecido.
Lo rancio de su oficina gubernamental, en la calle Reforma, le incitaba a ser más fresca en su vestir con una afición a las faldas y las blusas rosas, las cuales aun permanecen estampadas en su piel y en las fotos. Al cruzar la pierna lograba despertar cierto morbo en las miradas masculinas, pero ponían reversa al conocer a la mujer que nunca pudo encontrar un freno a su lengua que resultó ser más filosa, hiriente y con un carácter explosivo, pero convenenciera en la política de acuerdo a sus intereses. Bizarra y calumniadora.
El de los ojos verdes y profundos como el mar llegó a su oficina con ese aire de vencedor, conocedor a la perfección de las leyes. Miró por encima a sus compañeros, pero se detuvo en la pantorrilla coronada por los zapatos arrancados de vitral de ofertas. Se le hizo atractiva la posición y su mente empezó a girar, a revolucionar y a encontrar el punto exacto de la culminación.
Desde esa mañana soleada de verano sus miradas ya no fueron las mismas para la aprendiza de política, que más tarde sería diputada local. Le gustaba verla de la cintura hacia abajo, porque su rostro no era el de una modelo de cervezas y menos cuando acentuaba el rictus para convertirse en el ogro.
Nada de las circunstancias le hacían flaquear al de ojos verdes y profundos como el mar, porque cuando se trazaba una meta era inflexible, tenaz y sabía controlar a la perfección los tiempos sin apresurarlos.
El tutear a las personas fue un aspecto que nunca se le caracterizó y por el contrario las llamaba de usted como una forma, más que dar, de exigir respeto a su personalidad tan cambiante como los semáforos.
Alumno del gobernante duro de Puebla comenzó a frecuentar la oficina de la mujer de lengua desenfrenada y lanzar frases halagadoras que hacían referencia los bien que le acentuaban las faldas tableadas. Ella sentía el rubor en sus mejillas, pero gustaba de esas palabras.
El de los ojos verdes y profundos como el mar sintió unas ganas inmensas de poseerla en cualquier rincón de su oficina de la calle Reforma cuando descubrió dos chupetones en la piel morena de la aprendiz. Uno de ellos estaba en su cuello y a pesar del maquillaje aun era perceptible. El otro era aun más sensual, porque se asomaba en la blusa a la altura de su busto.
Ella permanecía de lo más natural sin inmutarse por las huellas de la noche anterior. Su lengua, útil esta vez, pasó lentamente por el contorno de sus labios y sintió las huellas de las mordidas que le habían propinado unas horas antes en esa habitación llena de placeres.
El funcionario se propuso una semana de plazo para llevarse a la cama a la lengua fácil y para ello emplearía toda la fuerza de su técnica de persuasión o de engaño, porque era un hombre casado.
Al día siguiente ya estaban sentados en la mesa de un restaurante de la avenida Juárez con una botella de vino tinto para acompañar los cortes argentinos que estaban en el asadero. Fue una plática de introducción, de conocimiento del terreno en el cual iba a pisar, a invadir. Debía saber sus gustos, aficiones o delirios para saber la técnica más depura a emplear y terminar con ella como el postre.
Le arrancó varias carcajadas al contarles chistes con alto contenido de erotismo. Ahí descubrió que tenía la semilla de una verdulera, porque era innecesariamente vulgar principalmente en contra de sus compañeras. El de ojos verdes y profundos la calificó, mentalmente, de “guarra” y por lo tanto no tendría que ser delicado para llevarse a la cama.
Acordaron cenar a los tres días, en la quincena. Llegaron juntos al lugar con la picardía en la lengua. Dos botellas de vino tinto resbalaron por sus paladares y el de ojos azules y profundos como el mar consideró que era momento para tender la alfombra roja que llegaría hasta el cuarto de motel.
Ya era tiempo de decirle lo mucho que deseaba besar sus labios anchos, tocar sus muslos que se escondían en las faldas y saborear su néctar. Poco a poco le fuel soltando las palabras y espera que ella cayera en la trampa, pero encontró a una leona dispuesta a defender su territorio a costa de todo. El se acercó para rosar su aliento con el de ella y encontró un rotundo rechazo. Hizo un último intento por tomarla de la cintura y acercarla a él, pero nuevamente se escabulló.
La cena terminó con las disculpas del caballero y con la promesa de que a pesar de la resistencia primitiva de la mujer terminarían debajo de unas sábanas tersas como su piel.
Al día siguiente se saludaron con la distancia de por medio, sólo con ademanes y horas más tarde el de ojos verdes y profundos fue requerido en la oficina del jefe.
- Como está mi joven promesa, lo recibió con un tono de voz serena.
- Bien señor, me mandó a llamar.
- Mira, voy a ir directo al grano y soltó un sermón de media hora.
El de ojos verdes y profundos como el mar salió de la oficina con la pena y la rabia en contra de la mujer de lengua fácil.
En la reflexión que le brindó una copa de whisky coincidió con su jefe: lo más grave no fue el acoso sexual del que la acusó su compañera de trabajo, sino el mal gusto por esa vieja. “si te vas a quemar que sea con un sartén de teflón, no con un comal de barro”.
FIN
No hay comentarios:
Publicar un comentario