La noche era fría, un tanto gélida, y unos gatos en celo maullaban cerca de su casa llena de soledad. No podía conciliar el sueño y le estaba aturdiendo el ruido infernal de los minimos y no tanto por el escándalo del acto sexual, sino porque estaba celosa de ellos, de la pasión que estaban disfrutando sin límites, mientras ella abrazaba el aislamiento de su cuerpo maduro aun deseoso de ser poseido, de sentir las caricias de su marido, de su hombre.
Los vidrios de las ventanas estaban tapizadas por una capa fina de rocío y con los minutos daban paso a pequeñas gotas que resbalaban por el cristal igual sus lágrimas sobre sus mejillas. Se preguntaba porque las ventabas estaban llorando o le hacían compañía mientras esperaba a su marido regresar de su trabajo y rogar en silencio por una caricia, la más tenue que pudiera dar y poder setirse mujer nuevamente.
Él, hombre de política, había entrado en una rutina de pasar el tiempo fuera de casa hasta altas horas de la noche y apenas tocaba las fibras sintéticas de las sábanas se empezaba a quejar de lo pesado que estuvo el día, de las presiones de su trabajo, de lo difícil que se habían convertido los últimos días y ella comprendía el mensaje que esta vez, como tantas otras, no abría pasión o por lo menos un ensayo de intercambio de sonidos exitantes.
Tenía miedo de reprochar el abandono sexual en la que estaba, porque a pesar de tener la razón sabía perfectamente que lo único que provocaría era una pelea en la cual ella iba a terminar perdiendo por lo explosivo del carácter de su pareja. Las noches estaban siendo una batalla por provocar el mínimo deseo y tratar de entender porqué durante ls conversaciones telefónicas su pareja le decía que la quería mucho, que era su amor y todas esas palabras no se reflejaban en la cama.
No descartaba que siendo la primera autoridad del pueblo de las esferas tuviera ya una amante, una mujer que le robara los momentos de placer que ella había provocado en el pasado cuando no tenían restricciones para un encuentro sexual, desde hacerlo en un coche, en una calle oscura y hasta atreverse a saciarse en la parte trasera del panteón municipal.
Esa noche gélida se levantó de la cama y se quitó el camisón para observarse en el espejo y comprobar que efectivamente los músculos ni la piel era juvenil, pero su cuerpo maduro aun conservaba ese toque de sensualidad que muchos habrían querido tener entre sus sábanas y sucumbir ante la maestría de su boca. Se metió nuevamente entre sus cobijas y el maullido de placer de los gatos le incitaron a comenzar a tocarse, a sentirse ella misma y con los ojos cerrados descubrir que también podía darle a su cuerpo lo que el marido no le había querido obsequiar en los últimos días. Su mente se concentró en un sólo objetivo y el calor le invadía de las rodillas hacia arriba mientras sus movimientos se hacían en forma de "s". Unos quejidos leves le anunciaron que estaba a punto de climax autoinducido y con la mano izquierda se tocaba sus pechos hasta terminar en un quejido largo.
En su rostro sintió el rubor y un sentimiento de pena, pero luego de unos minutos de reflexión concluyó que era mejor estar explorando otra sensación en la entrepierna que buscar la infidelidad. Sabía que no era difícil, porque con esas minifaldas ivernano en el closet y el toque de coquetería podía tener en sus manos a alguien que aprovechara la llama que aun encendía en su hogera.
Media hora más tarde llegó el marido con el ritual de todos los días, quejarse de la carga laboral, lo cansado que estaba y de las ganas de dormir. Ella lo observó pero no le importó el mismo rosario y esperó que apagara la luz para cerrar los ojos y soñar con mejores días o de iniciar una rutina de autoexploración.
El hombre del poder se levantó temprano para alistarse y acudir a una ceremonia oficial en dónde él sería el orador principal. Su asistente ya le había preparado unas líneas discursivas y se extrañó que no trajera aliento alcohólico, porque se estaba haciendo costumbre en él y a sus espaldas le había apodado el petróleo, porque si no estaba crudo estaba en un barril.
Sus excesos no eran un secreto y unos de ellos trascendió en la prensa por hacer un escándalo en un bar del norponiente de la ciudad de Puebla. El alcohol lo transformaba en todos los sentidos.
La tarde de aquel día comenzó a ceder ante la densa capa de neblina que cubrió parte de la sierra norte y el frío caló fuerte entre los habitantes y la primera autoridad atendía una comida con sus más allegados para agradecerles el apoyo que le estaban brindado por ofrecer un nuevo rostro de la ciudad serrana, de esferas navideñas. Del rumbo que tomaría la política estatal y darles la indicación que todo el respaldo sería para el candidato oficial y de lo bien que iban a quedar en el futuro, con sus aspiraciones a la diputación local.
El whisky resbalaba en las gargantas de los invitados quienes cocaban los vasos una y otra vez. La música de banda sonaba en el aparado de sonido y las botellas eran consumidas como las horas. Alredor de las tres de la mañana la responsabilidad marital empezó a llamar a varios de los asistentes hasta que sólo quedó la máxima autoridad y dos de sus allegados, uno de 50 años y otro de aproximadamente 26 años, pero con la pila recargada para el resto de los minutos.
El hombre de medio siglo encima se disculpó para ir al baño y el primer político del pueblo le pidió a su joven asistente que hacercara la silla hacia él para darle algunos consejo de como poder llegar a ser una persona importante. El whisky había invadido los cinco sentidos y comenzaba a aflorar uno más que lo tenía muy bien escondido.
Lo tomó de la mano ligeramente y a los segundos la soltó, pero el político nuevamente hizo de la mano del asistente en una forma inusual mientras que le acercaba de más el rostro hasta quedar separados por escasos veinte centímetros. El jóven de 26 años sentía el cálido aliento muy cerca de su boca.
El rostro moreno del jefe casi se estrellaba en él y al principio lo sintió como una reacción propia de los tragos ingeridos por varias horas, pero la insistencia en su rostro, en sus manos lo estaban llevando a otra orilla, llena de tentaciones ajenas a las que estaba acostumbrado y más si venían de su jefe. Una sombra aproximándose fue la misma que lo salvó de penetrar en terrenos de arenas movedisas, en donde caería al fondo.
El día siguiente fue el delicioso, endulzante valemadrismo, del olvido por completo de lo sucedido y por un momento el joven de 26 años tuvo la impresión que todo fue producto de su amplia imaginación y deprabación.
El político del pueblo de las esferas, parlanchín por naturaleza, subió a su camioneta, acomodó el asiento eléctrico y colocó la reversa para salir del estacionamiento reservado para él. Avanzó dos cuadras y en la esquina lo esperaba una joven rubia de pelo teñido con la que compartía sudores. Sus gustos al parecer no estaban a discusión para el resto de la población, excepto para el joven de 26 años quien no podía borrar de su mente el rostro moreno de su jefe cerca de él, probando su aliento a veinte centímetros y esperando peligrosamente que no pudiera controlar su impulso y sentir una leve mordida en sus labios. En ese instante sintió ganas de vomitar y apresuró sus pasos al baño para sacar todo lo que tenía adentro.
Dos meses después la relación entre el presidente y el jovenzuelo encontró una distancia sana porque un nuevo asistente apareció en la escena y se convirtió en la mano derecha, en la parte necesaria para ejercer el poder, en el acomplamiento laboral y en el compañero de whiskys del jefe.
El inicio del mes decembrino trajo consigo una noticia fría como el clima de la zona: el jefe había sido internado en un hospital.
El diagnóstico médico fue un problema de almorranas.
El diagnóstico vulgar fue la pérdida de tres arrugas. Adios al macho y viva la vida rosa.
Fin
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