lunes, 4 de octubre de 2010

Por mi madre, por mi madre

La lluvia que trajo el fenómeno meteorológico Alex provocó una parcial inmovilización de la gente y regaló un clima ideal para los recién casadas o los amantes que procesan los minutos y los convierten en momentos de placer como una máquina perfecta que se va desgastando con el paso de los años hasta quedar en una simple maqueta de ilusiones.
Marcia abrió su computadora portátil y se conectó a internet para verificar su correo electrónico, tecleó la clave secreta –mentirosoadulador- y en la bandeja se almacenaban 19 nuevos mensajes, todos ellos de sus amigas pero ninguno de quien le interesaba. Sabía perfectamente que él estaba alejado de la modernidad, es más no tenía ni el mínimo entrenamiento para teclear y mucho menos para leer. Su actividad política lo alejó del auto aprendizaje, del twitter, del facebook, de la ipad. Cuando un amigo suyo le regaló un iphon se lo dio a su esposa, porque le costaba mucho trabajo usarlo, pero en sus arengas de campaña enarbolaba la propuesta de una juventud mejor preparada.
La niña de 21 años sintió unas lágrimas resbalar por su mejilla y espero a que llegaran a su boca para absorberlas y sentir lo salado de ellas. Era la amargura por un hombre que le doblaba la edad, además de ser casado en el cual prendían cientos de ilusiones.
Su madre la había preparado para aprovechar las oportunidades de vida, a jugar con las mejores opciones y seguir los cánones establecidos por las telenovelas de la cual era adicta. La maestra Magdalena fue quien la impulsó para acercarse al político en una gira por su comunidad, a pedirle una tarjeta y posteriormente ella llevó a su hija a la oficina del funcionario para entregar a su perla adorada envuelta en concha de nácar.
Tres meses después del primer encuentro el hombre del momento fue agasajado con una comida en el pueblo de la neblina y en el lugar de privilegio estaba Marcia con su vestido rojo, cabello suelto y la cintura carente de grasa abdominal. Fue un tequila Don Julio el que abrió la puerta de lo inevitable, de lo que sucedería al final del día en la cabaña de la barranca. La plática de los aduladores carecía de autenticidad, porque era la misma que encontraba a todas horas, frases tan comunes y corrientes que llevaban un alto grado de vanidad en la que se había instalado con arraigo.
Marcia guardó la discreción correspondiente y ocasionalmente participaba en la plática, porque era una aprendiz de la política, de los actos de alabanzas, de entreguismo sin escrúpulos de personajes locales ansiosos de sentir el color del poder, el calor del poderoso.
Dos horas más tarde el político de moda ordenó a unos de sus ayudantes que la subiera a la camioneta y la esperara adentro unos cinco minutos, pero que se percatara de que no tocara nada. Él se despidió de cada uno de los asistentes y agradeció los buenos deseos siempre con una sonrisa que a la vista parecía falsa y sin seguridad.
Subió a su vehículo con la seguridad que dan siete tequilas y su mano se dirigió a la pierna derecha de Marcia quien cerró los ojos en señal de complicidad, sintió la respiración cerca de su rostro y posteriormente los labios gruesos. Él le susurró al oído como cuidando que el chofer no escuchara las palabras de iniciación: “sólo estaba esperando este momento, me estás volviendo loco, pienso en ti desde que te conocí”.
Tomados de la mano atravesaron la puerta de la cabaña directamente a la habitación previamente preparada por sus ayudantes. En el buró una botella de tequila, refrescos y el cajón había un paquete de preservativos. Tomaron dos tragos más y ella evitó en todo momento tocar el tema de su situación personal porque sabía perfectamente que era casado, pero no le importaba. Cuando él la tiró en la cama y su mano se metió por debajo de su vestido rojo para encontrar una ropa interior sumamente delicada ella pidió, cómo único requisito para entregarse, apagar la luz. Quizás no tenía ganas de ver ese cuerpo sobrado de grasa comparado con el suyo.
Tres horas más tarde salieron con el olor de shampo y el jabón chiquito. Él prometió fortalecer lo que había nacido entre los dos y ella ofreció entrega total como lo había hecho minutos atrás. Su juventud se impuso y tenía la punta de la madeja que la llevaría a amarrar su futuro y cumplir los deseos de mamá. La profesora Magdalena no preguntó nada, porque sabía perfectamente que se había cumplido la profecía y sólo ofreció una suculenta cena a su hija consentida antes de irse, otra vez, a la cama, pero en esta ocasión sola.
Cinco encuentros sexuales bastaron para que Marcia dejar correr su versión de que era  la novia del político del momento, de que su futuro era prominente y por fin un hombre estaba a la altura de sus expectativas, no como Orlado Bonilla el niño bobo con el cual perdió su virginidad en busca de una experiencia nueva y sólo encontró a un eyaculador precoz que nos supo explotar sus bondades en la cama, las cuales eran muchas.
El sol alumbró cada vez más al político, porque las señales del rey chiquito eran más evidentes y nadie se atrevía a contradecir las órdenes, porque la lógica y la realidad habían sido enterradas para dar paso a lo artificial que a la postre resultó más contundente: un millón de razones.
Con el paso del tiempo y la cercanía de de la decisión ciudadana ponían en peligro su figura pública, porque la niña estaba cruzando la frontera de atribuciones que no le correspondían y tenía que hacer algo de inmediato. Total, cariño no tenía de sobra en otros rostros.
El día tenía que llegar y fueron varios días antes de las elecciones con un tacto de seda.
Él se acomodó en el sillón color marrón del café que se encontraba semivacío con la pierna cruzada mientras ella se sentó apoyándose en un solo glúteo a fin de verlo casi de frente a fin de hacer más fáciles los movimientos para besarlo de manera constante, tal como lo hace una enamorada de 21 años. Él estaba distraído, cansado por la serie a de preocupaciones que le provocaban la campaña política en la cual estaba montado. Los verdaderos números no le favorecían, pero tenía el poder para comprar cifras alegres.
Marcia se estaba convirtiendo en un problema por su necesidad de presumir la relación con el político. Sólo esperaba unos oídos atentos para presumir la sensación de subirse a un helicóptero, de tener dinero para visitar tiendas comerciales, de tener a un chofer a su disposición para recorrer la ciudad de los ángeles y regresar cómodamente apoltronada a su pueblo coronado siempre por neblina.
Las palabras fueron suaves, le ofreció reactivar su relación en días menos aciagos y a pesar de que lloró él no se inmuto y la remató con una frase: no caí del cielo.
Marcia supo que la decisión popular no le favoreció a su hombre y por primera vez quedó tranquila con el rompimiento: su futuro ya no iba a ser el que había planeado su mamá.
FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario