sábado, 2 de abril de 2011

Salto al motel

Las botas cafés llegaban unos centímetros debajo de la rodilla que circundaba el pantalón kaki que se iba entallando hasta la cintura dejando entrever unas piernas llenas de vida y pasión. La blusa ocultaba todo indicio de la sensualidad, esa que lucía al máximo en época de calor, pero esta vez los fuertes vientos la habían obligado a colocarse ese chaleco térmico con un peluche fino con gorro incluido que su primo se lo había traído de Canadá.

Mientras esperaba que el jeep blanco de su amiga Lucía apareciera en la esquina con el estrepitoso sonido de su claxon tomó un poco de café que había preparado en su nueva cafetera que se había ganado en la oficina a través de una rifa.

Era una delicia para ella aspirar al aroma de la infusión por la excelente calidad del grano producido en la sierra norte de Puebla a una altura de 750 metros sobre el nivel del mar cerca del cerro el Cózol.

Mariana tenía la piel blanca como si tuviera un rechazo a los rayos del sol para dorarla un poco y pese a ello le gustaba lucirla con faldas cortas y blusas escotadas cuando el clima lo ameritaba. Sabía que no era lo natural ser tan falta de color, pero tenía un imán con las miradas masculinas y eso era suficiente para seguir así.

Veinte minutos más tarde apareció su amiga que iba abrigada como para resistir una terrible nevada de Colorado: blusa térmica con cuello de tortuga, sueter, chamarra, bufanda y guantes. Era friolenta de la punta del dedo hasta la cabeza, pero las nalgas eran la parte más helada de su cuerpo. Se saludaron afablemente y subieron al auto para trasladarse a las instalaciones del salón social La Vikina, en donde tendría lugar un convivio de fin de año entre los trabajadores de la empresa en la cual laboraban.

La sensualidad de Mariana se concentraba en los labios carnosos que se dejaban masticar para aumentar la sensación de placer y en sus caderas, las cuales no eran tan amplias, pero cubrían lo esencial para hacerse notar con los pantalones de mezclilla apretados.

Una bolsa amplia de color negro con plateado con asas redondas colgaba de su mano derecha perfectamente bien cuidada por las cremas, aderezadas por unas uñas postizas decoradas también con toques plateados. Con la izquierda hacia el movimiento, ocasional, de acomodo de pelo el cual lucía un color cobrizo recién adaptado.

Se dirigieron a la mesa de la derecha, junto a la principal, en donde ya ocupaban dos sillas otras mujeres que parecían desconocidas, porque pertenecían a otras sucursales pero se integraron perfectamente a la plática. El mesero ofreció tequila, ron o brandy y todas se decidieron por el último al estilo campechano. Mariana sentía el calor en las mejillas y no por el alcohol, sino por la exposición de más de una hora al sol al medio día y tenía unas ganas enormes de colocarse unos cubos de hielo en la cara pero se contuvo, pero en ocasiones colocaba el vaso en la piel para refrescarla.

Para la cena prepararon pierna mechada, espagueti y ensalada, pero cuando llegó el postre en el estrado apareció el grupo musical que iba a amenizar la noche y Mariana casi sufre un atragantamiento cuando vio en la guitarra a Alexis, un chico con el cual había salido en varias ocasiones pero decidió cortar la relación porque estaba casado y no quería depender sentimentalmente de una persona ajena a sus faldas.

Trató de ocultar su emoción y sorpresa, pero Lucía jamás dejó pasar desapercibido su cambio de expresión, porque era una mezcla de travesura, ternura y miedo reflejado en sus ojos. Media hora después el grupo le dedicó una canción a Mariana y ella sabía perfectamente que quien estaba atrás era Alexis, quien la estuvo observando durante varios minutos, verificando que estuviera disponible y tejer la telaraña en la cual tendría que caer esa noche.

La primera pausa musical la aprovechó el guitarrista para saludar a Mariana e invitarla a platicar en la terraza lo cual aceptó sin mayor recato. Siempre le había gustado jugar así con él, sin tanta resistencia porque tenía considerado terminar en un motel sin el mayor compromiso más que el disfrutar al máximo el momento que se iba como humo de cigarro.
Se pusieron al tanto de sus vidas, las cuales no habían cambiado mucho desde la última vez que se encontraron para ir a cenar, pero en esa ocasión no pudo concretarse su huida motelera porque estaba en sus días difíciles y los respetaba contra viento y marea.

Mariana aceptó esperar a terminar el show musical y posteriormente seguir charlando. Cuando ella regresó a la mesa tuvo que poner al tanto a su amiga e insinuarle la posibilidad de regresar por su lado, es decir, con el guitarrista, quien usaba al grupo como un simple pasatiempo porque económicamente no tenía ningún problema, por el contrario su empresa comercializadora estaba en su mejor momento al concretar varios negocios con un funcionario de gobierno a quien le pagaba el quince por ciento de sus acuerdos.

La terraza del salón social los vio platicar muy de cerca y jugar con sus dedos, con la cercanía de sus labios, con el sabor de lo prohibido. Entre el humo del cigarro y los tragos ellos desaparecieron para abordar la camioneta Honda y perderse entre el asfalto hasta encontrar un lugar de cinco letras y con jabón chiquito.

En la habitación quitaron freno a sus limitaciones y se entregaron a la fuerza sexual reprimida por varias horas, ese ímpetu con el cual se habían encontrado en ocasiones anteriores. Frotaron sus cuerpos encima de sus ropas, mientras se besaban los labios, mordían el lóbulo de las orejas, jugueteaban la lengua en el cuello. Querían llegar al máximo de las ganas antes de hacer a un lado sus textiles. Ese era el ritual de los dos.

Mariana sorbía cada gota de pasión de Alexis, cerraba los ojos y apretaba los dientes mientras sentía las mordidas en la base de sus pechos que lejos de provocarle dolor le excitaban más y correspondía enterrándole las uñas en la espalda. Así les gustaba demostrar sus ganas, ella no tenía que pedirle un poco de más de dolor, porque él lo aplicaba para encontrar los gemidos más acelerados. Quería sentirlo, porque la humedad lo reclamaba y luego de alargar la liga de la pasión registró una sensación inexplicable seguida de una interjección. Él empujó su cadera con energía hasta sentir su pelvis y cuando los latidos del corazón iban en aumento una fuerte explosión los dejó petrificados. La energía eléctrica se fue y toda la película tres equis paró en seco.

El sonido había retumbado en los cristales y una desesperación los invadió, como un castigo por haber pecado, por ser el instrumento de una infidelidad. Esperaron varios segundos en espera de la energía eléctrica, pero ante la ausencia prolongada de ésta decidieron buscar su ropa a tientas en la alfombra verde. Se vistieron pausadamente y decidieron abandonar el lugar, pero se encontraron con la sorpresa de que la puerta era eléctrica y por lo tanto estaba atorada. Pegaron con el puño en el metal y el dependiente del motel les explicó que no se podía abrir, que esperaran.

El paso del minutero hizo que la desesperación los invadiera, se asomaron por la ventaba y observaron a una pareja de un cuarto contiguo bajando ayudados por las sábanas, como el cuento de Rapucel. Ellos lo pensaron un poco y finalmente ataron las dos sábanas a un mueble empotrado en la pared y bajó primero Alexis para posteriormente recibir a Mariana, quien no cabía en el asombro por lo que estaba haciendo.

Ya con los primeros visos del día encima, la joven mujer decidió tomar un taxi para regresar a casa, le dejó un beso a Alexis quien se quedó en el motel para sacar su vehículo y al teléfono quien no podía dar explicaciones a su esposa por no llegar a casa.

Minutos más tarde ambos confirmaron la mala noticia: un ducto de Pemex había explotado dejando muerte y desolación en un barrio de San Martín, lo cual provocó, entre otras cosas, la falta de energía eléctrica en toda la zona.

FIN

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