Era simplemente un cromo.
Se le veía ir y venir por el hotel Independencia manejándose con esa cadencia en la cintura y con la camisa abierta. La sonrisa era la tarjeta de presentación con esa dentadura que siempre ha sobresalido por encima de su inteligencia.
Lo más atractivo era verlo con las botas vaqueras verdes y sus pantalones de mezclilla perfectamente pegados a su piel. A él le gustaba verse así porque decía tener un mayor atractivo y fuerza viril.
Se escurría entre las sombras de la noche en la calles del centro de la levítica ciudad de Puebla y ocasionalmente se le vía puesto un sombrero descuidado por el paso de los años.
Por las mañanas lucía la suerte de ser hombre de mundo, de estudiante de la carrera de abogado en la escuela privada recién creada, en donde tenía la suerte de tener como maestro a Pacheco Pulido.
Era la Fiona poblana, de la película Srek, porque de día era uno y noche era otro. Apenas se ocultaba el sol y los capullos se convertían en mariposas.
En algún momento se le escuchó justificar su actitud por una simple necesidad económica, una urgencia de buscar algo en el bolsillo para la universidad.
Caminaba por el parque con sus botas arrastrando los tacones mientras encontraba un cliente a quien satisfacer.
Era simplemente un cromo con botas verdes.
Sabía satisfacer a los suyos y su reputación crecía entre los amantes de este bando. Su conversación siempre fue vana, sin profundidad y añoraba un buen vehículo, los toros y el alcohol.
Su primera vez fue en una reunión de amigos con los excesos de ron, sin tener conciencia de lo que hacía se trabó a un veracruzano quien se lo pidió con vehemencia y respondió con complacencia.
La siguiente mañana fue terrible, no sólo era el dolo de cabeza que mata sino por las acciones inesperadas que le llevaron a actuar de esa forma. Como vería al jarocho, que dirían sus amigos si se enteraran, su futuro como abogado siempre estaría marcado por esta mancha.
La evolución lo tocó y dejó la pena, la mística se quedó en el panteón, para llegar al placer de hacer compañía a homosexuales como primer paso y posteriormente a tocar partes de carne.
Dedicó partes de su semana a pasear por el zócalo bajo el manto de la noche con la discreción necesaria para no arruinar su futuro y así lo hizo.
El muchacho de las botas verdes era conocido así en el mundo de “los especiales”. El dueño del hotel lo tenía identificado perfectamente y respetaba sus actividades, las cuales no compartía.
Su ruptura fue una noche de mucho alcohol y un poco de droga que los llevó al escándalo dentro de una habitación del Independencia y fue el propio dueño que lo echó a la calle y le prohibió poner un pie más en el lugar.
Su soledad lo aprisionó y sintió la necesidad de reflexionar si lo que estaba haciendo era lo propio o fuera de lugar.
Decidió dejar a un lado las botas vaqueras y todo el pasado enterrado, porque no era momentos de valentías. Era el instante perfecto para dejar las joterías de lado y sumar puntos para un abogado en potencia, aunque su inteligencia siempre tuvo límites.
Se alejó por un tiempo del escenario, de las luces.
Sentía la necesidad, en cada aparición pública, de ser un ladrón de miradas y quería ver ríos en los asfaltos, sólo por la vanidad aldeana.
La realidad, necia y testaruda, se imponía frente a sí como un espejo imaginario difícil de romper.
Terminó su carrera de abogado y empezó a deambular en el terreno laboral hasta que comenzó a tocar las puertas del periodismo.
Hoy son los momentos livianos en donde el poder se siente correr por las venas, en donde los pies tiene un rose tenue con el áspero piso y donde la lengua parece tener permiso para construir las frases más ufanas y la soberbia es la bebida del día.
Las botas vaqueras ya duermen el sueño de los justos y hoy es el gran juez de la sociedad, de los políticos y todos los días emite su veredicto. Ya es un periodista y golpea las teclas de la computadora.
Hoy ha dejado de ser un cromo, pero se traslada en una camioneta color cromo.
Su voz sigue tartamudo, pero los beneficios del poder es la medicina perfecta para ese pequeño defecto.
Ya no sueña, ya disfruta
FIN
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