Esas piernas cruzadas eran ya en si deleite para la pupila y no quisiera imaginarme las bondades que podrían ofrecer. La primera vez que la vi estaba distraída y pude observar perfectamente el contorno de sus muslos apenas cubiertos por una falda de mezclilla y una blusa negra hasta el cuello. Su cabello suelto le daba a la mitad de la espalda y sus ojos… Ahora que reflexiono no se si tenía ojos, nariz o boca sólo sabía que las minifaldas le quedan a la perfección.
Mi jefe, el jefe de todos los del partido, siempre se ha caracterizado por tener un excelente gusto por combinar la belleza y la eficiencia, que es muy complicado encontrar pero siempre se logra con un poco de escuerzo.
Mi jefe, el jefe de todos los del partido, también ha sido un ejemplo para separar el trabajo de la pasión y por eso propaga la frase de que “las viejas no se llevan la nómina”. Bueno eso se los dice a todos y casi todos le creen, menos yo que si se su verdadera historia.
Si me permiten voy a darle un sorbo a mi café que ha dejado de humear y eso quiere decir que ya está listo para una probada, porque luego por jambado me quemo la boca como ayer que mi vieja me puso la taza en el buro de la cama para pudiera estar despierto para la pelea de box de la televisión. Uf, mejor no les cuento las porquerías que hice y el pancho que me hizo la que comparte mi lecho. La señora de la limpieza de mi oficina me trata mejor, pero ni modo de cambiarla a mitad del río.
El café siempre me provoca un ataque de sinceridad y pues les voy a platicar de cómo empezó mi relación que no fue de compromiso, pero nos quitaba las ganas que se quedaban en la casa. ¿Porqué siempre es así?, de novios un chingo de pasión, papito házmelo así, papito ahora de este lado, papito no está mi papá… y cuando ya estás casado no necesitas un reloj fosforescente para saber la hora en la noche porque basta con que le pongas una mano en las bubis y le acerques la respiración en la nuca para saber que marcan las manecillas y ella te va a responder: ya deja dormir son las tres de la mañana y me tengo que levantar temprano. Lo más asombroso es su precisión atómica.
La señora de la limpieza no tiene un cuerpazo, pero yo tampoco soy un Juan del Diablo, por lo tanto nunca he sido exigente, más bien agradecido porque algunas me han brindado sus sudores y gemidos.
Cuando llegué al partido no le tomé tanta importancia, pero siempre hay circunstancias que juntan las piezas del rompecabezas. Esa noche mi vieja me bateo, o sea no quiso coger conmigo, pero a la siguiente luna estaba seguro de que iba a cruzar el umbral protegido por su pantalón de dormir, ese de personajes de caricatura. Sabía que no podía resistir, ya no las cualidades de este muñeco, si a las peticiones humildes de mojar la cama con sudor. Otra vez sacó una lista bien ensayada de pretextos. Una semana y nada. Ya pensaba en recurrir al as bajo la manga, o sea las habilidades de adolescente.
La señora de la limpieza llevaba una blusa escotada y un pantalón de mezclilla que delineaba una escasa nalga, pero al fin un poco de atractivo. Le empecé a lanzar el anzuelo y la carnada fue un bonche de comentarios que le provocaban risa y leves piropos. Los chocolates, tamales y atoles ayudaron un poco hasta que por fin, detrás de la puerta de mi oficina la atranqué, aprovechando que no había nadie en el edificio porque se habían ido a un mitin, y ella se puso nerviosa pero no dijo nada y sólo cerró los ojos. Pum, que doy el primer paso y que le embarro mis labios en los suyos y los encontré jugosos.
Ella era casada y yo, ni se diga, pero no capado. Los primeros encuentros fueron sólo besos que se incrementaron en pasión y ante el miedo de acudir a un motel decidimos venir a las oficinas del partido el domingo por la mañana. Descubrí que en su busto, abundante y aun firme, estaba estampada una rosa. Fue un tatuaje juvenil que le provocó una bofetada de mi madre cuando se lo descubrió, pero era demasiado tarde y yo disfrutaba esa parte.
Era fogosa y le gustaba que le besara el cuello y las bubis en lugar de recibir besos en la boca, porque no podía bufar a gusto. Los domingos eran de nosotros, hasta que una mañana mi jefe, el jefe de todos los del partido, llegó y le sorprendió ver mi coche tan temprano y en lugar de llamarme por teléfono decidió acudir a mi oficina y encontró a la señora del aseo con la blusa abierta, sus bubis en mi cara, encima de mi. Uf y más uf, todo lo duro se convirtió en blando, todo el sudor caliente en frío, todo la pasión en vergüenza.
Le tuve que ir a pedir perdón y abogar por mi trabajo y el de la señora del aseo, quien definitivamente aprendió la lección, porque nunca más intimó conmigo y me dijo que era una señal divina para que no le pusiera los cuernos a su marido.
Mi jefe, el jefe de todos los del partido, se burlaba de mi en privado por mi desliz con la del aseo. Si por mi fuera el desliz sería con su secretaria, pero me faltaban algunos ceros en mi cuenta bancaria para poder disfrutar de esos muslos de competencia. Ella sabía del equipo que le había dotado la naturaleza, porque lo lucía mañana, tarde y noche. Yo creo que de noche lo presumía más en esos bluzones con los que dormía.
Dejé de ir los domingos a la oficina, pero un sábado por la noche recibí el llamado de mi jefe inmediato quien me pidió un análisis urgente y ese lo tenía que hacer forzosamente frente a mi computadora en donde tenía todos los datos acumulados para poder hacer la comparación.
Llegué a las 9 de la mañana y el vigilante jamás me dijo que el jefe, el jefe de todos los del partido, estaba en su oficina. Yo me metí a mi cubil a empezar mi trabajo, pero a los pocos minutos se me antojó un caramelo que tiene la secretaria de piernas largas en su escritorio, justo en una pecera redonda. La llegar a la puerta escuché ruidos extraños y con sigilo me asomé a la sala de junta y la mirada se me inflamó, porque por fin pude ver toda las piernas torneadas de la secretaria y no sólo eso, también sus nalgas y parte de sus bubis, pero lo otro fue tan grotesco porque quien estaba deleitándose de sus cualidades era el jefe, el jefe de todos los del partido.
Los dos se dieron cuenta de mi descubrimiento, de mi hallazgo y creo que él sintió lo mismo que yo, todo lo duro se convirtió en blando, todo el sudor caliente en frío, todo la pasión en vergüenza.
Me escapé con la venganza entre las manos, en los ojos felices y mi mente reproducía a mil por hora la escena.
El lunes siguiente me llamó para pedirme que las cosas quedaran en el cajón de los olvidos principalmente por la secretaria, a quien la vía con más morbo que nunca, porque tenía una familia, un prestigio y bla, bla y más bla.
El tiempo pasó y siempre tuve la duda de porque mi jefe, y el jefe de todos los del partido y el oriundo del mejor clima del mundo, le gustaba hacerlo en la oficina y en fin de semana y en una reunión, ya con unas copas encima, le pregunté y me respondió de manera magistral, “es como cuando vas a un table dance a las ocho de la noche, te las encuentras bañaditas y por lo tanto limpiecitas”.
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