jueves, 30 de septiembre de 2010

El tehuacanazo por una coperacha

Fue al baño, abrió el grifo y sintió el agua fría correr sobre sus manos. Se talló fuertemente hasta sentir una leve irritación en la piel y las secó con cuatro trozos de papel. Se observó en el espejo y comprobó el rojo de sus ojos, como si hubiese llorado varias horas y se aplicó las gotas de manera magistral.
Sus pasos largos y de prisa denotaban cierto nerviosismo. Atrás su escolta vigilaba al hombre que mecánicamente revisaba su celular y su nextel como esperando confirmar la mala noticia que empezaba a circular en los medios de comunicación.
En su cabeza rondaba la declaración del presidente de la República que establecía un combate sin distingo a todas las organizaciones criminales y sin dar espacio a la negociación con los grupos que buscan la desestabilización del país.
El día que dejó su oficina avisó a su personal que iba a tomar unas merecidas vacaciones y en cuanto daba un paso en la calle una voz de preocupación elevó una plegaria para que a su regreso no trajera nuevas ideas y convertirse en un verdadero tapete para su gran dador.
Estaba empecinado en ser bien visto, en caer bien en todo momento a costa de las burlas de sus compañeros. Mal haría en hacerles caso, porque estaba convencido de que nada ni nadie le haría cambiar de parecer.
Por fin sonó el teléfono y escuchó la voz que tanto deseaba, ese acento que sería como una aspirina para su dolor de cabeza.
-      Como estás jefe. Se agachó metafóricamente.
-      Bien, con mucho trabajo.
-      Pues yo sigo con la misma preocupación, los rumores ya están muy fuertes, se quejó.
-      No hagas caso, vamos a salir bien, lo consoló su interlocutor.
-      De todos modos sigo a las órdenes, ya sabes que soy fiel y disciplinado.
-      Lo se, lo se, pero tu tranquilo, te espero mañana en la noche y mientras tanto mantenme al tanto, ordenó el dueño.
Tenía las  manos sudorosas y cada poro de su piel le obligaba secarse contantemente. Llegó a casa y sintió el reproche de su esposa, porque sabía perfectamente que ella hubiera preferido sentir la brisa del mar que sus manos mojadas. Te obsesionas mucho por quedar bien con él y prefieres quedarte en Puebla que escaparnos unos días a Veracruz, le había comentado su mujer.
15 días antes.
Arribó a su oficina de buen humor porque la noche anterior había convencido a tres de sus operadores que era necesario presentarle al “jefe” una muestra su compromiso, de su cariño y su lealtad al proyecto.
Levantó el auricular y pidió a su secretaria para que lo comunicara con el comandante “ejecutor”.
-      Como estás mi comandante, que tal la noche.
-      Pues con un poco de sed, ese bucanas siempre me provoca resequedad al día siguiente, pero a la orden, se cuadró.
-      Luego vamos por un caldito, pero por el momento es necesario que empieces a recolectar la bolsa, ordenó.
-      No se preocupe en una semana está todo, 500 pesos los pueden sacar en una noche sin preocupación y nos les afecta su bolsillo.
-      Ya sabes con mucha discreción y que no se filtre nada. Limpio como sólo tu lo sabes hacer, fanfarroneó.
-      Cuente con ello todos se van a alinear, de eso me encargo.
Colgó el teléfono y dio un sorbo a su café orgánico. Su imaginación voló y se adentró en las líneas del futuro para verse como el mandamás de la justicia en el estado, en ser el personaje de hierro.
Esa tarde estaba filoso y sintió las terribles ganas de morder levemente la base de esos volcanes en erupción y escuchar el gemido leve pero aturdidor, de la mujer que le entregaba de manera frecuente su fuego que lo quemaba por dentro y por fuera. Nada como una piel cachonda.
Su esposa tenía siempre el peso del sueño, mañana, tarde y noche, por lo tanto ya había dejado de sentir la culpa de la infidelidad y era mejor para él escuchar los quejidos suaves de una piel ajena que el clásico “déjame dormir” o “lo vamos a hacer cuando los dos tengamos ganas si”. Por lo tanto se dejaba llevar por lo febril que discutir y salir perdiendo. En que momento de su vida las mariposas en el estómago se habían convertido en gusanos. No sabía que era lo malo si la almohada de pluma de ganso, el colchón de 5 mil pesos o la acompañante que había dejado enmohecido la pasión que la distinguió varios años atrás. Él no había cambiado y seguía siendo “su perverso favorito”, ella cedió el hacer el amor en el coche por el gesto de malhumor que se había incrustado en su rictus.
Dos días antes de tomar las vacaciones recibió el primer fajo de billetes que generosamente entregaron los “comanches”. Los acomodó en una un maletín, le dio una palmadita como si golpeara delicadamente el amplio trasero de su amante y se sentó satisfecho en su sillón giratorio de color negro. El futuro era prometedor y sólo habría que tener paciencia.
Al despedirse de su secretaria no sabía que esta vez sería para separar sus caminos laborales. Durante el segundo día de asueto surgió la versión en la página electrónica de Ruiz que lo relacionaba con un grupo delictivo del cual entregaba protección, de acuerdo a una declaración ministerial de un detenido y miembro de la organización criminal.
Los nervios cayeron como un rayo y fulminaron la tranquilidad del funcionario. Buscó la protección del padrino dador. Recibió el consuelo de que todo iba a salir bien, que era una averiguación previa pasada y sin fuerza.
Al siguiente día, en lugar de disminuir la noticia se le aderezaba el rumor de que había renunciado a su cargo y se empezaban a presentar declaraciones en su contra como si la caja del pollo echado a perder empezaba emanar los olores pestilentes que anunciaban algo en mal estado.
Todas sus vacaciones estuvo ceñido a su dador para ganar un poco de poder que iba perdiendo a cada movimiento de las manecillas del reloj. Los dados ya estaban echados y su regreso de vacaciones fue únicamente para sacar sus cosas de la oficina y regresar a su antiguo trabajo. Dejó la frase a la prensa “mi ciclo ha terminado”.
Salió como Jim Carrey en la película de todo poderoso con su caja entre las manos y pronto de acordó del maletín lleno de providencia.
Los comanches hicieron la coperacha para su liquidación, porque el dinero jamás llegó al gran dador.
“Recuerdo de todos los comanches, menos de  Hugo que no cooperó”.
Fin

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