jueves, 30 de septiembre de 2010

Por un partido de beisbol

Su belleza en extremo era una falacia bien cuidada, era un simple engaño a la distancia, sin embargo no se podía reclamar la hermosa silueta de su cuerpo que cubría con la escasa tela.
Su rostro estaba maquillado por una sonrisa que le exigía la empresa a la que se había contratado como edecán, pero en el fondo sentía la furia por los malos momentos que le había tocado vivir. Sus astros no estaban alineados y cada uno de ellos se encontraban en órbitas distantes, indiferentes a las necesidades de su protegida, sin el más mínimo asomo de culpa.
Sabedora de las exigencias diarias en casa, de las propias, de su incierto futuro, de no poder darse ese lujo del celular de moda que su amiga Jessi se había comprado, cogió la única alternativa que estaba frente a ella: trabajar.
Unas semanas antes compró el Sol de Puebla para buscar en la sección de empleo una oportunidad de ganar un poco de dinero. Decidió por una vacante de demostradora de productos de belleza en Sears y sabía de sobra que para ello no era necesario demasiado talento sólo un poco de coqueteo y poses delicada sin atropellar a la sensualidad.
Le comunicó a Jessi su incursión al mundo laboral y juntas fueron a la cita con la Sra. Montiel quien terminó por reclutarlas a las dos para ser demostradoras de productos finos de belleza. La empresa les ofrecería un sueldo base y les prestaría el uniforme del diario.
Sabía de su cuerpo y de las cualidades que tenía. De las piernas torneadas, busto moderado, pero virgen, y rostro con belleza media sin llegar a ser una exquisita, sin unos ojos color caramelo.
La sra Montiel se encargó directamente de cada detalle en la nueva vestimenta de las dos reclutas. Tenían que lucir atractivas porque el producto que tendrían en sus manos era destinado para los caballeros y con la fineza de su trato estaban casi obligadas a convencerlos de comprar, comprar o comprar.
Se miró en el espejo en múltiples ocasiones y observó el contornó de su talle, de sus piernas de las cuales estaba tan orgullosa y dejó en un bolso la pena que traía consigo de su tierra natal, en la sierra nororiental cerca de Teziutlán. A partir de ese momento se presentaría un nuevo producto a la sociedad: ella, pero recargada.
Sears había ganado un imán de miradas masculinas. Las atrapaba en el aire de manera directa o indirecta y eso dependía de quien acompañaba a los caballeros. Si iban solos no ocultaban su interés por un deleite ocular, pero estaba a un lado la esposa o novia sólo dejaban escapar una ojeada de soslayo.
La primera semana aumentaron sus ventas en un 50 por ciento y ella fue compensada con una módica comisión que aunado a su sueldo servía para empezar a cubrir sus primeras necesidades, pero la mataba el estar parada demasiadas horas y usar zapatillas. Su mamá la esperaba con una tina de agua caliente, una rama de epazote y mucha sal como un masaje natural.
El siguiente mes fue el que marcó para siempre su vida, de la su familia y todo su entorno. Fue el inicio de una etapa que jamás había imaginado y sólo conocía a través de las telenovelas a las que su mamá era aficionada y dejaba todo para no perderse un solo capítulo. Ahora era momento para poder vivir una de ellas como coprotagonista real.
Un joven empresario acudió a Sears a comprar una prenda para el cumpleaños de su madre y lo que se encontró fue un material en bruto al que podría explotar. Con la cortesía que lo caracterizaba le entregó una tarjeta de presentación: Javier Brumen, publicista de la cervecería Corona. Le ofreció un sueldo equiparable al que ganaba a la semana, sólo que por menos horas de trabajo. Sólo iba a ser una edecán sin más esfuerzo que enseñar su cuerpo tapado por una playera y un pantalón ajustado que llevaría la leyenda de la bebida embriagante.
Su mamá aceptó a medias la nueva oportunidad de trabajo, pero quien se opuso definitivamente fue su hermano mayor, un abogado de medio pelo que buscaba abrirse camino en la burocracia de la procuraduría de justicia de la entidad sin mayor éxito. Fue una discusión inútil, porque empleo el arte de engañar con la verdad y ofreció no aceptar el trabajo, por el momento, pero a los quince días ya estaba enlistada en el selecto grupo de mujeres atractivas.
Su presentación fue tímida, se sintió presa de miradas lascivas, morbosas y una que otra de admiración por su tornada figura. Al llegar a su casa se metió al baño a tallarse con fuerza extrema y tratar de quitar la última mirada que se había impregnado en su piel.
Los días de trabajo fueron aminorando la tensión y poco a poco fue disfrutando su trabajo y desdeñando invitaciones de hombres, la mayoría de ellos casados y sin más remordimiento que el gusto de empezar a jugar con esta situación. Al poco tiempo, junto con otras dos compañeras, aceptó ir a una cena con unos empresarios en donde coqueteo con uno de ellos y dejó entrever una posibilidad de relación, mientras cedió espacio para la seducción material a través de regalos de buen gusto, hasta que una noche de velas y vino tinto ofreció ese cuerpo que todos admiraban. Sólo fueron dos ocasiones posteriormente y todo quedó en una experiencia más.
La Corona la citó a las tres y media de la tarde del viernes para estar presente en la inauguración de la temporada de beisbol con la presencia de personalidades de la vida política y una artista como madrina.
Desde el palco unos ojos se posaron en ella, unos ojos poderosos, y sin darse cuenta estaba forjando un futuro de secrecía, de encuentros furtivos y con la ilusión de ser parte de una burbuja de privilegios.
El coordinador de las edecanes fue el encargado de enlazar a las dos personas. Ella mostró timidez y un poco de miedo por saberse seleccionada por una personalidad tan apabullante como él. Uno de sus acompañantes la subió a un vehículo y la trasladó a un restaurante en donde ambos cenaron y bebieron vino tinto de excelente cosecha de la región de la Rivera del Duero.
Sus encuentros se hicieron más frecuentes hasta que la hospitalidad de sus cuerpos se presentó en la ciudad de Guadalajara, en donde lo acompañó a una convención de políticos y se estableció el pacto carnal con sabor a birria y a torta ahogada.
Estaban convencidos de una relación en la oscuridad, pero con grandes beneficios para ella y su familia e incluso para el hermano, el más reacio a es amorío al principio, pero cuando conoció de la generosidad se alineó como buen soldado raso.
La presión de un periodista en busca de un convenio orilló su salida de la ciudad de Puebla para establecerse en la entidad vecina en donde ve el amanecer en compañía de un pequeño.
Los tiempos de edecán quedaron en el recuerdo y un cuerpo bien torneado no puede comprar la felicidad, pero si la comodidad.
FIN

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