“Contesta tu, que no estás jadeando”, ordenó Martín a la mujer que estaba debajo de él, cuando sonó el teléfono. Sus caderas eran anchas y trasero esponjoso, pero carecían de ritmo, su mirada se perdía en el techo del cuarto de un motel de 70 pesos por cuatro horas sin agua caliente. Su miedo se confundía con una frigidez adelantada y sólo se dejaba acariciar como aguacate de mercado. Martín tenía la prisa del desahogo, de cumplir con el rito, pero justo cuando empezó con un jadeo fermentado, reprimido por varios días, el maldito aparato sonó y en la pantalla apareció el nombre de Rebeca, su esposa. Fue cuando sacó a flote su frase de: contesta tu, que no estás jadeando y dile que olvidé mi teléfono en tu oficina.
Martín no tenía, ni por mínimo, una pinta de galán de cine, pero sabía superar la barrera con diez palabras de cortejo, matizado con un toque de respeto y eso era todo. Sabía perfectamente que la frase de “mamacita, como quisiera ser aguacate para untarme en tu torta”, no sólo era la más vulgar, sino vomitable.
Su gracia era enseñarles a sus mujeres a no necesitarlo, algo así como romper desde antes con la dependencia y evitar el dramático “no me dejes”, porque odiaba las escenas pueriles de lloriqueo. Siempre decía para que tener una amante bastaba con tres meses de relación, de lo contrario se podía caer en el dulce encanto de la dependencia. No se podía dar ese lujo, porque era quitarle emoción a su vida.
Su carrera de lagartón no podía haber iniciado si no con una verdadera maestra. Una vecina con un busto hospitalario, propio de una jarocha, su lengua raspaba como la de gato, lo cual aumentaba la exitación cuando tocaba cada parte de su cuerpo. Jamás imaginó que al comprarle una cadenita de oro para pagar la luz, el pilón era tener a una amante insaciable en todo la extensión de la palabra. Nunca la pudo olvidar, incluso cuando se enteró de su muerte en un accidente automovilístico, le obsequió unas lágrimas de ternura. Fue su gran maestra, porque le heredó el gran secreto de ser deseable.
Cuando inició su travesía de faldas fue espontáneo, porque la secretaria del despacho contiguo se quejaba de un dolor de pecho y Martín atinó a decir que tenía una lengua que acariciaba con mentol. Provocó un rubor y posteriormente el jadeo de la mujer que entregó sus senos a la lengua de mentol, mientras le decía al oído: soy un camaleón y me puedo convertir en una bestia para ti. Y sí, fue una bestia, porque al recargarla en su escritorio tiró la pantalla de la computadora y tuvo que vender su agenda electrónica para pagar los gastos de su calentura.
Este gesto le sirvió para tener a una amante de planta con quien fue perfeccionando sus técnicas de seducción. Detrás rostro adusto se encontraba un apasionado de las aventuras. Sus peores momentos fueron los inicios, porque no era exigente en sus pretensiones y cayó con una “miss antipatía” y justo cuando la mujer iba a enseñar las lonjas que acompañaban su exorbitante cuerpo surgió el rasgo de culpabilidad. Hay Martín.....hay Martín......hay Martín, que vas a pensar de mi. La respuesta mental era: pues que eres una facilota y mustia, porque a parte de que le estás poniendo el cuerno al estúpido de tu marido, quieres hacerme creer que es la primera vez y no sabes que hacer.
La luz del sol le recordaba a Martín que había ardido en leña verde y simplemente estaba aprendiendo a cargar con su penitencia de ser chico fácil, pero hoy con la diferencia de ser un hombre rico y con poder.
Su epitafio ya estaba escrito: se va a morir con una mujer encima.
FIN
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