El Tiffany de las Ánimas se iluminaba con la presencia, siempre agradable, de María, la señora María, la mejor cliente del momento. La misma que cambió los catálogos de Avon por algo más sofisticado, algo que estuviera a su altura, a la que llegó en elevador desde el lobby hasta en penthouse directo y sin escala en el piso 13 por aquello de la mala suerte.
Su cuerpo era menos que una Madona del momento, su belleza radicaba en sus sentimientos y sus gustos originados por una contaminación de vanidad que contrajo cuando las bonanzas familiares empezaron crecer y tuvo la imperiosa necesidad de codearse con otra sociedad, esa que ve siempre desde el segundo piso.
Jorge, su marido, dejó su oficina en el Issste del Distrito Federal y su departamento en la unidad habitacional de El Rosario para embarcarse en una aventura política en Puebla en la administración de Manuel Bartlett Díaz y su destino fue la Policía Auxiliar en donde obtuvo el primer escalón de su crecimiento.
Un sueldo modesto era suficiente para una vida igual de modesta. Eso se podría esperar cuando cambió su Maverik gris con toldo descarapelado por una camioneta Ram Changer verde. Eso era lógico y creíble.
La suerte fue benévola y sus traslados en la ciudad eran ya en un Audi y fue desde ese momento cuando María comenzó por su gusto de ir de compras al Tiffany de las Ánimas en lugar del mercado 28 de Octubre.
Los hijos dejaron la escuela pública para recibir una educación a la altura de sus nuevas circunstancias y esas estaba en Canadá, pero sin la bufanda tejida por mamá porque ella ya no estaba para las agujas, sólo para las que le aplicaban en la clínica a fin de bajar de peso y ser una señora de mundo.
La buena estrella de Jorge le señalaba, como la de Belén a los Reyes Magos, un nuevo puerto y ese era estar cerca del político que podría ser el mandamás de todos y así lo hizo. Generoso como ha sido entregó la Ram Changer a la campaña desangelada de su jefe, el que no era favorito del gobierno en turno.
Sus ahorros le permitieron hacer una vaquita para comprar una modesta casa de playa en Casitas y un ranchito en Martínez de la Torre para no olvidar las raíces de la esposa amante de las joyas Tiffany.
Le había apostado bien y sus expectativas estaban más halagadoras que nunca. Siempre daba muestras de su generosidad con su jefe a quien le prestaba su casa de playa para ir un fin de semana a relajarse, a recibir un merecido masaje.
La burbuja política del momento lo empezó a considerar y más el jefe, con quien compartía la afición por el fútbol y eso le dio paso a más caminos exitosos y hasta pasar por la burocracia del partidazo.
Un rayo de luz, de esa estrella generosa, iluminó al hijo a su regreso de Canadá y por sus cualidades recibió de premio una delegación de una secretaría cerca de Puebla para que no viajara mucho, cerca de la pirámide al final de la recta.
Desde la oficina que lo alberga en la colonia Azcárate ve el mundo pasar y deja a un lado los comentarios envidiosos, esos que hablan por puro ardor: “este cabrón se ha convertido en inmensa y estúpidamente rico”.
Ja ja ja ja.
Quisiera ser millonario II
Nació con la ambición de ser más cada día y si en el camino, para llegar a la cúspide, estaba vender celulares y perfumes no importaba mucho, porque el tiempo le recompensaría luciendo los mejores aparatos de comunicación ahora como un lujo, como parte de una concesión gratuita que da el poder.
Su paso por la universidad pública le permitió empezar su carrera y como catapulta llegó a tocar las barbas del mismísimo señor de las cuales no se soltó y desde ahí planear un rinconcito decente para habitar, vivir, disfrutar y el mejor lugar era La Vista Contry Club, ahí en donde el chofer pasa por él todas las mañanas cuando sale el sol y también cuando está nublado.
Cinco años atrás, sumido en la tristeza y la nostalgia, maldecía con rabia al perro que lo atacó y no por la mordida que le pudo haber propinado, sino porque los colmillos del canino se atoraron en el pantalón del único traje que tenía. Hizo el recuento de los daños y no podía llegar así a su trabajo. Con el enojo adentro regresó a casa en Bosques de San Sebastián a cambiar de atuendo.
La maldita combi, llena de gente y llena de ruido tropical, tardó más de lo acostumbrado y el camino se le hizo pesado, más que su jefe cuando se ponía de mil colores y hasta la mandíbula se le trababa por el coraje.
Sabía que las elecciones en la universidad pública era un mero trámite y una vez ganado podría comprar otro traje de mejor calidad y más se si se cobijaba en el árbol correcto.
Ese árbol era el favorito para suceder al jefe de todos, el que iba a ser candidato a presidente municipal y dejar el puesto para “su amigo”.
La divina providencia y los divinos intereses permitieron que todas las fichas fueran colocadas en sus espacios correctos.
Dejó de vender celulares y lociones, dejó la humildad para pasar a ser parte de una burocracia dorada, la misma que proporciona confort, estatus y poder. Nada, o casi nada, se le podía resistir.
Las credenciales eran las del jefe, el gran dador y él ahora se convertiría en el nuevo casique de la institución o por lo menos eso era lo que pretendía, pero rebasó por mucho las ambiciones.
Su estatura pequeña y piel morena nunca le fue impedimento para seguir los pasos de su buen guía.
Hoy, a cinco años, la Vista lo cobija y da muestra de que en verdad hacer carrera administrativa no es tan cruel y los salarios dan para unos pequeños lujos, Colegio Americano, vacaciones en el extranjero y más, pero bien vale la pena por una mejor educación de los poblanos, desde una dirección al servicio del alumnado.
Fin
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