El morbo es mucho mejor desayuno que un par de huevos, pero de vez en cuando es necesario hacer ayuno para limpiar el organismo. En esta ocasión quiero contribuir a hacer a un lado el morbo y contar una historia que fue real, verdadera y muchos pueden dar testimonio de ello. Erase una vez….
….Hoy voy a contar la historia de una papa feliz llamada Quiquis, redondita y blanquita como su abuela. Nacida en los campos de Lomandía, un pueblo pequeño en donde nunca existieron banquetas para caminar y cuando las motopapas pasaban, tenían que silbar desde cien metros atrás para que las demás papas se hicieran a un lado. Claro, no faltaba la desgracia de tener un puré de papas en plena calle.
Quiquis, como sus paisanas lomandienses, jugaba a los vaqueros con su hermana Jesis, una papa morena, ancha y miedosa, mientras mamá papa hacía la comida y papá papa se iba al rancho a cosechar hiervas santas para la sopa, frutos de capulín rojo para la comida y néctar de flor de arete para el postre.
La traviesa de Quiquis desobedecía a su mamá y pasaba largo tiempo a pleno rayo del sol, son ponerse la gorra de hoja de plátano que le habían comprado en la esquina con Don Orfeón, un viejo arrugado y grosero. Cada vez que algún niño lanzaba su pelota a su patio éste le enterraba la aguja de costilla de pescado y se las entregaba ponchada.
Quiquis creció demasiado mimada y le cumplían todos sus caprichos, porque era la consentida de su papá. Así pasó a la adolescencia y siguió más grosera, enojona, pelada, le contestaba a todo mundo y no sabía aprovechar el momento para quedarse callada, reflexionar y platicar
Tuvo un novio llamado Papillo, pero sufría mucho porque lo regañaba delante de sus amigos y todos se burlaban de él y hasta le cantaban:
Papillo, Papillo
Ahí viene mamá
Si no te comportas
Te puede gritar.
Papillo, Papillo
Ahí viene mamá
Y de las orejas
Te puede sacar
Y las carcajadas caían como maldición, pero Papillo aguantaba porque la quería mucho.
En cierta ocasión una Hada Labradora se le apareció a Quiquis entre sus sueños y le dijo que la había observado por mucho tiempo y luego de un análisis de su comportamiento había determinado que era muy grosera y le daban una semana para cambiar, de lo contrario desde el más mínimo gesto de reproche, maldad o majadería le iban a empezar a crecer ramas en su bella cabecita y sus hermosos cabellos color zanahoria se le iban a desaparecer.
A la mañana siguiente Quiquis amaneció muy asustada y pensó en cambiar porque le iban a crecer ramas horribles. Sin embargo, una hora más tarde ya se le había olvidado su promesa, porque no tenía fuerza de voluntad y no quería ser mejor, ni por el tonto de Papillo.
La primera que sufrió el carácter amargo fue su hermana Jesis, quien recibió tremenda regañiza porque se estaba midiendo su nueva falda de bambú que su papá le había comprado en el mercado de Papurbia. El siguiente fue Papillo quien estaba en plena charla con sus amigos y sin mediar saludo que le empieza a gritar delante de todos porqué no le había hablado por papalular en toda la “maldita mañana”.
Y así pasó toda la semana sin hacer caso a la advertencia de su Hada Labradora hasta que llegó el día límite. Quiquis viajaba en la autopapa con Papillo y cuando éste le platicó que le habían robado la casa de campaña de hoja de helecho entreverado ella le reprendió fuertemente sin dar paso a una conversación tranquila. De pronto en su cabeza empezó a brotar dos tallos de hojas y Quiquis se empezó a desesperar y en lugar de que se calmara le gritó más: “ya ves por tu pinch...culpa lo que me está pasando” y le crecieron más y más.
Lo único que pudo hacer antes de llegar a su casa fue ponerse un sobrero de hoja de plátano que estaba en el autopapa.
En el camino se encontró a una amiga y comenzaron a platicar, pero no midió sus palabras y soltó tamañas leperadas con las que estaba acostumbrada a hablar y su sombrero se empezó a mover porque los tallos estaban creciendo. Salió a todo vapor a su casa y buscó las tijeras para cortarse las hojas verdes que eran más visibles que una torta de jamón para un hambriento. Al querer arrancar una hoja sintió un dolor terrible, porque era parte de una extremidad. Quiquis se puso a llorar desesperadamente y comenzó a tirar todo lo que estaba a su alcance, rompió fotos y demás, pero sólo provocaba que le crecieran más los tallos.
Fue una noche terrible, no pudo dormir porque le lastimaban las hojas en la almohada. Así pasaron varios días encerrada hasta que nuevamente se le apareció su Hada Labradora y le dijo que la única forma de deshacerse de sus tallos y recuperar sus preciosos cabellos era cambiar en serio de actitud: platicar en lugar de gritar, sonreír en lugares de las muecas, comprender en lugar de regañar, apoyar en lugar de reprochar.
Los primeros días fueron terribles, porque no estaba acostumbrada a ver la vida positivamente, pero por el amor a sus papás y a Papillo le hizo ver la vida con más alegría y ternura, hasta que desaparecieron sus tallos y nuevamente fue una jovencita normal.
Fue muy feliz con Papillo por el resto de sus vidas, las cuales terminaron en una bolsa de Sabritas.
FIN
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