jueves, 30 de septiembre de 2010

Si paras te golpeo


El ventilador del techo golpeaba cada minuto con un borde de la pared y empezaba a irritarla y una salida a su actitud fue reprimirlo por no preguntar si aceptaban tarjetas de crédito. Se quejó de que todo el lugar estuviera tapizado por una ligera cubierta de polvo luego de pasar la yema del dedo índice sobre la mesa, “hasta las cartas están sucias, que barbaridad”.
Eligió con una sutileza impositiva un pay de queso con zarzamora para los dos, un capuchino caliente par ella y un americano para él con un remate de torera: “perfecto eso es lo que ordenaremos”.
Colocó en sus manos, coronadas con una pintura de uñas color plata, la revista Glamur y observó fascinada el nuevo anuncio de Nextel, “así es el nuevo aparato que tiene el secretario privado de mi jefe”. Se hundió nuevamente en la profundidad de la revista.
Esa noche su glamur estaba reducido a sus ojos color caramelo, porque la envoltura consistía en un pans rosa con una “B” en el costado, unos crocs morados acojinados con peluche, una sudadera blanca con dos flores grises estampadas a la altura de su hospitalario busto. Esa parte del cuerpo que tenía en la piel las huellas de una batalla de sudor y asfiixia.
Sentada en el sillón café giró su torso para obsequiar una mirada lacerante al maldito ventilador que seguía golpeando la pared produciendo un ruido menor, pero constante que podría poner loco a un loco.
Decidió centrar su atención en la revista y al segundo externó su clásico “wauw” para descubrir que las hombreras ya estaban de regreso en la moda femenina. Se emocionó con las zapatillas de chanel con un tacón de pistola tipo escuadra. “A las mujeres nos gustan esos zapatos, porque nos vemos más altas”. Ella no podía presumir de mirar de frente a Rebeca de Alba.
El mesero interrumpió con los cafés y el pay de queso con zarzamora. Fue justo el momento para el comentario de la noche: “otra vez no preguntaste si reciben tarjeta”. Tomó la cuchara y con un delicado movimiento apresó la espuma del capuchino antes de que sucumbiera ante el aire cálido que se filtraba en la terraza y se lo llevó a la boca para dar paso a un “mmm” natural, “esto es tan rico y sabroso como tener unas zapatillas de Chanel”.
Su rostro se iluminó con un “oh my good”, porque México ya tendrá la primera boutique de Mark Jacobs, el diseñador de moda que viste a Victoria Beckhan, Donatella y varias famosas que gustan de pisar las alfombras rojas. Estaba fascinada por el mundo de la banalidad impresa en una revista de café.
Desde la terraza se podía observar el autozone, coppel, shoes colection y una gasolinería que parecía que regalaba el producto porque eran decenas los autos en esperar de llegar a la bomba despachadora y ella otra vez lanzó el “wauw” característico: “mira estas zapatillas son las de súper moda, son como las que yo tengo y la otra vez que me encontré a Blanca, la presidenta, me dijo que están súper padres, ¿tu crees?”.
Su pelo alborotado estaba sujetado a primera instancia, al ahí se va, por una dona, pero no perdía su encanto, ni el brillo de sus ojos color caramelo. Se sobresaltó por una nueva crema de Givenchy que anunciaban para remover la grase celular y especuló con el precio “debe costar como 500 pesos”. Lamentó que Paulina Rubio haya lanzado al mercado su nuevo perfume llamado oro hecho de flores orientales, aromas cítricos que se mezclan gastronómicamente con granos de café y vainilla, porque seguramente debía ser como de avon de 150 pesos, pero éste más caro. “Wacala, no se me antoja”.
Un loco al volante distrajo un poco su atención con un rechinar de llantas, pero retomó la revista y se propuso comprar el “elixir de noche de Loreal” con jalea real para nutrir la fibra capilar y por lo tanto el cabello. No estaba fuera de sus cabales, así actuaba de vez en cuando, reía sola cuando se sentía totalmente relajada al margen de las presiones de su oficina: “!claro! así me pintaron el cabello, sólo que sin las puntas”.
Arrugó su frente y una zanja entre ceja y ceja se observó. Estaba obsesionada por los gestos como una forma grosera de acompañar sus palabras irónicas o respuestas de mala gana a pesar de que tenía encima la advertencia de que si continuaba con esta manía se iba a arrugar pronto.
Otro pedazo de pay de queso y zarzamora penetró en su boca mientras preparaba la aplicación de un test para su pareja. Sería un bombardeo de preguntas, muchas de ellas incómodas y la conclusión sería única “eres un hombre caliente como todos”. ¿Acaso ella estaba alejada de la calentura, los pensamientos pecaminosos y su camino era directo al altar?
El brillo de sus brakets lanzaron un leve destello y tras ello un reproche final: “ya ves te dije que preguntaras si recibían tarjetas de crédito”. Tomó una llamada en su celular de moda y escuchó al otro lado de la bocina el agrio acento de su jefe y le provocó el regreso de su ansiedad reflejada en la comezón capilar y las uñas de los dedos índice y pulgar se llenaron de caspa. “Mi jefe me estresa”.
¿Alguna vez te has medido el pene? Leyó la pregunta de otro test de la misma revista y cuánto mide. Por supuesto que la segunda parte no estaba escrita pero necesitaba saciar su curiosidad y saber a ciencia cierta los detalles de algo que ya conocía. Terminó por tacharlo de perverso, machista y mentiroso.
Pagó la cuenta y él la llevó a su casa. En la puerta decidió despacharlo a la suya, le obsequió unos besos ferrosos, los labios de él tocaron con los fierros de sus brakets. Total ya lo había utilizado sexualmente toda la tarde y ahora era momento de esperar pacientemente en su casa a su abnegado marido que regresaba de una gira de trabajo de gobierno sin más ni más.
El funcionario llegaría cansado y quejándose del día, de las presiones laborales, de los encargos que le dejó su jefe, con una cara de pocos amigos y con ganas de dormir, sin esperar que su esposa lo buscara debajo de las sábanas.
Sin embargo, el agotamiento era por su enfermiza obsesión hacia esa niña blanca de ojos claros de la Sierra Norte que lo traía loco y buscaba la forma de escaparse constantemente y refugiarse en las cabañas y hacer el amor en todo momento. Ella estaba enamorada de su madurez y de su posición política, él de su pasión, ternura combinada con un poco de ingenuidad.
Los esposos se metieron en su cama con el beso de las buenas noches y reprocharon mentalmente la falta de pasión entre sus carnes, quizás porque los dos ya tenían la forma de encontrar a su perverso y perversa favorito.
Ella tenía la libertad de decirle a su amante que si paraba el movimiento sexual lo iba a golpear.
El tenía la libertad de morderle el cuello a su amante sin encontrar el más mínimo reproche de un posible chupetón y por el contrario escuchar una respiración más agitada.
Así son los matrimonios a modo.
FIN.

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