jueves, 30 de septiembre de 2010

Me enamoré de una panista

Esa noche le dolía todo el cuerpo, más bien los huesos porque siempre cuidó su figura, producto de un ejercicio extenuante. En la mañana salió a correr 45 minutos y su meta era llegar a hora y media de trote. Se miró en el espejo de su recámara, primero de frente y posteriormente de lado para verse el trasero, vanidad que acompaña a cada mujer a fin de reconocer las armas para enfrentar la batalla de conseguir un hombre que merezca sus atributos.
Su mirada, fresca en ese momento, tenía el destello de la ilusión por la vida, por un futuro profesionista, el de la contabilidad, carrera que escogió en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
Se metió en la cama con la idea de que el siguiente día sería peor, porque las tareas políticas estarían en su orden de actividades, en su agenda, porque en su pecho latía un corazón teñido de azul.
Los tiempos del bartlismo demandan mucha pasión y un poco de agresión para que el mandatario de mano dura y trato seco hiciera caso de las peticiones de grupos regionales en demanda de justicia para la zona de la Sierra Negra.
La vanidad de la mujer la envolvió en uno pantalón de mezclilla muy pegados a la piel y logró el objetivo: un cuerpo delicado en pleno momento de la ebullición, sólo era necesario prender la mecha.
Los panistas de la región se encontraron en el zócalo del Pueblo, subieron a los dos autobuses y emprendieron el viaje. El sol aún no tocaba las tierras de Tehuacán cuando ya estaban tomando la autopista rumbo a la ciudad de Puebla. Durmió un poco durante en trayecto para guardar energía.
Llegaron al Gallito y acordaron la estrategia de guerra. No iban a ceder ni un centímetro en sus peticiones y sólo aceptarían la salida del presidente municipal, quien había demostrado ser un excelente administrador pero a favor de su bolsillo y no con la población que en algún momento le habían dado su respaldo en las urnas.
Caminaron rumbo a palacio de gobierno, en Reforma, afuera lanzaron sus primeras exigencias: hablar personalmente con el gobernador para que les diera una solución, petición que por supuesto jamás de los jamases se les cumplió.
La del pantalón de mezclilla que estaba a punto de ebullición se ubicó en segunda fila y sus fobias priistas le daban aliento para lanzar improperios contra el gobierno, esos que nacen desde un corazón teñido de azul. Su garganta se desgarraba y no tenía el menor asomo de pena o temor.
El funcionario de gobernación fue el encargado de atender a los manifestantes y como siempre es la tradición se formó una comisión y cosas del destino, la de mezclilla entallada fue la única mujer que tuvo acceso a la oficina del funcionario y posteriormente a su corazón de donde nunca más se alejó. Ni las tormentas que el futuro les trajo logró romper el idilio.
El conflicto tenía la injerencia de panistas, priistas y perredistas, todos ellos en posiciones totalmente contrarias y por ende las reuniones tuvieron que ser continuas y prolongadas en esa mesa larga con capacidad para veinte personas. La mirada del funcionario ya estaba puesta en ella y sólo esperaba el momento preciso para lanzar la primera carnada.
Uno de sus auxiliares fue el encargado de conseguir su número telefónico de la casa de sus papás y del departamento que estaba rentando en la ciudad de Puebla y que compartía con su hermano, el repostero que conoció París.
Luego de un mes de intensas negociaciones, el mismo auxiliar del funcionario de prominente futuro le hizo llegar la invitación para comer y delinear la posible solución del conflicto pueblerino y evitar el derramamiento de sangre. Ella aceptó pero no fue sola, sino que la acompañó el repostero que conoció París, porque sabía las intenciones que se cernían sobre ella.
El funcionario sabía esperar, acomodar la paciencia en el cajón de las virtudes y sabía que la próxima salida sería los dos únicamente. Una cena en un restaurante de la Juárez.
Galán no era, ni nunca lo fue, pero sabía compartir la mesa con una excelente conversación. Vendía el acercamiento con el poder y lo bonito que se siente ejercerlo con plenitud. Bartlet era el maestro de todos.
Nunca supo cuando su corazón se empezó a desteñir de ese azul que traía tatuado de familia y se empezó a pintar de tricolor. La clave fue el primer beso, el beso prohibido que llena de picardía, complicidad y consecuencias.
Fue algo escondido en primera instancia, pero la abuela nunca se equivocó al asegurar que sólo hay tres cosas que no se pueden ocultar: el dinero, el amor y la pendejez. La relación tenía los dos primeros ingredientes, pero nunca el tercero porque todos sacaron beneficio de los tórtolos.
El negocio familiar de la mujer de pantalones entallados empezó a prosperar y dejaron el horno casero para llegar al industrial. Los clientes se empezaron a multiplicar y muchos de ellos era de la parte oficial.
Un futuro prominente bien valía la pena olvidarse de ese azul que sólo sirvió para encontrar el camino y legar el verdadero
El hermano se convirtió en el repostero que conoció París.
Siempre fue un amor secreto y todos estaban de acuerdo, porque nada los podía detener en su derrotero de aprovechar al máximo el uso del poder, porque sólo es pasajero y nadie sabe cuando termina por acabarse por completo y vivir de los recuerdos.
Esa noche, en un excelente restaurante de la zona más exclusiva de Cancún los dos recordaron con lujo de detalle su primer encuentro. Le cena estuvo acompañado por excelente vino tinto, crema de cilantro, langostas asadas con salsa de mango y moras azules bañadas con crema batida.
Agradecieron la pendejez de un presidente municipal que nunca supo gobernar y causó tanto revuelo que las circunstancias llevaron a la de pantalón de mezclilla frente a la oficina en donde encontró su destino.
Los astros de Cancún fueron testigos mundos de cómo esos dos cuerpos se encontraron nuevamente con la primera vez y lo hicieron con la pasión que aun vivía entre ellos. Siempre en el anonimato.

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