Los amantes no piden explicaciones, sólo dan placer.
La ira, la cólera lo invadió cuando buscó en su maleta samsonite. Rebuscó nuevamente en los compartimentos de su equipaje y en un arranque rasgó el fino satín que lo cubría. El vuelo por Aeroméxico estaba programado para las 16:45 del aeropuerto de Barajas en Madrid y sólo quedaban pocas horas para abordar el avión.
El aliento, sabor a cobre, invadía la habitación de lujo del hotel Regina y el espejo reflejaba los estragos de una noche loca. España y él lo merecían.
La sala, tipo colonial, las cortinas negras para no dejar pasar ni un rayo de sol, el baño con tina de hidromasaje mostraban el espléndido gusto que había adquirido en estos años y lejos estaba la carestía de la infancia.
La tarde del día anterior, después de sus visitas oficiales con los políticos españoles, concluyó en el bar Olé Lola, una tasca de vanguardia, en la calle San Mateo casi esquina de Mejía Lequerica, justo en el centro. El lugar mostraba un curioso maridaje entre lo cañí y lo cosmopolita, la tradición y la modernidad, a través de un bombardeo de estímulos olfativos, visuales y auditivos que reinventan el concepto tradicional de tasca.
Los comensales poblanos tomaron una mesa en la parte posterior del bar y ordenaron unas espléndidas tapas acompañadas por un vino de la casa cosecha 1985. A la espera de que respirara y tomara el sabor adecuado platicaron de los frutos obtenidos y de las espléndidas mujeres que se ven en las calles.
El vino fue abriendo otro tipo de apetito y al jefe no se le tenía que negar nada, por el contrario tendrían que salir las propuestas de diversión antes de regresar a Puebla y esta noche era la indicada para ello. El compadre y amigo de toda la vida, conocedor de la vida madrileña, no de en balde había adquirido un pequeño departamento en esta ciudad, propuso las primeras ideas.
Consultaron con el capitán de meseros, un hombre osco y de palabras cortas, quién les recomendó solicitar la ayuda de un experto en estos menesteres y ofreció una tarjeta de presentación de Óscar Simón, “representante ejecutivo”. El compadre tomó el celular de la compañía Vodafone y contactó el amable intermediario.
Los productos llegaron al bar Olé Lola en cuestión de treinta minutos tal como lo habían solicitado: rubias, altas y delgas, al gusto del jefe. Se sentaron intercaladas entre las sillas y los clientes se presentaron como turistas de la ciudad de Puebla. El precio era en varios euros, pero la ocasión y España lo ameritaba.
Esta vez se olvidaron de los vinos cosecha 1985 y exigieron algo distinto al paladar. Las damas propusieron champagne, pero determinaron en democracia, bendita democracia la misma que la tenían en las manos y que les permitía estos lujos, ordenar una botella de whisky.
Los vasos old fashion se llenaban y se vaciaban. Los labios sentían ese néctar embriagador y las pláticas arrancaban las risas, hasta del rostro duro del jefe. Era España y bien lo ameritaba.
El principio de la emoción tuvo que esperar una pausa. El tiempo en el Olé Lola se había terminado y se daba paso al exquisito hotel Regina, en la calle de Alcalá 19, 28014. El bar los recibió con otros whiskys. Era un desprecio no tomar una copa más en tan distinguido lugar y de buen trato de los meseros vestidos de rojo y negro.
Las parejas se habían unido. Las mujeres altas y rubias no veían en lo más mínimo a su príncipe azul, percha de la cual estaban muy alejados los poblanos, sino la cartera que los había llevado a hospedarse en unos de los hoteles más caros de Madrid.
Las diez de la noche exigía que cada quien con su cada cual se trasladaran a sus respectivas habitaciones. El jefe dio la pauta y los demás le siguieron. Se despidieron y acordaron la hora del desayuno para emprender el viaje de regreso.
Esa mujer de pelo rubio y caderas sensuales enloqueció al comensal mayor. Era necesario apantallarla y explicarle que era un político de altura, respetado y querido por los poblanos. Ella, experta en los engaños de los clientes, demandó una prueba de sus dichos y él le mostró su pasaporte. Se mostró satisfecha y dejó el documento en el buró, cerca muy cerca de su bolso. Los momentos venideros fueron exhaustivos. Sudor, gemidos, movimientos bruscos. Poco importó la diferencia de estatura.
Uf, que noche.
La mañana siguiente le demandó incorporarse y lo hizo tambaleante, miró el reloj, estaba a tiempo para darse una ducha. Acomodó su maleta y buscó su pasaporte. Se movió de un lado a otro, levantó papeles, escudriñó cajones y nada. El pase de regreso no estaba. Bajó apresurado al restaurante y se encontró con sus empleados.
- Que tal el material jefe, de primera verdad- lo recibió el amante de Madrid.
- No encuentro mi pasaporte, se me hace que la pinche vieja se lo llevó- lamentó el conmovido político.
Con la vergüenza entre las manos contó la historia de mostrarle su pasaporte a la dama para que le creyera con quien se iba a acostar. El compadre buscó entre sus bolsas la tarjeta de presentación de Óscar Simón y no la encontró. Las preocupaciones se hicieron presentes y optaron por regresar al bar Olé Lola y pedirme al capitán de meseros otra más para localizarlo. Llegaron en taxi al lugar y estaba cerrado, aun era muy temprano y lo abrían en dos horas.
Caminaron, mentaron madres y regresaron a los noventa minutos. Esperaron en la puerta y la desesperación se hizo preso de ellos. El avión no los iba a esperar.
Apareció el jefe de meseros y lo recibieron con unos billetes de euros y a cambio obtuvieron otra tarjeta de Óscar Simón a quien le explicaron a mediar la necesidad de contactar nuevamente a la mujer de pelo rubio y caderas sensuales en el mismo lugar de ayer.
La mujer llegó a los 45 minutos. No le reclamaron, sabían que de esa forma no iban a lograr nada, porque el poder que ostentaban no tenía fuerza en Madrid. Le ofrecieron una buena cantidad de euros y al término de la negociación bastante satisfactoria para ella devolvió el pasaporte.
Regresaron al hotel por sus maletas y cogieron un taxi que se desplazó por la calle de Alcalá, hasta la avenida de Lagroño y entroncar con la avenida de Aeropuerto.
La pantalla de plasma les dio la bofetada: el avión ya había partido. Otra noche más en Madrid bien valía la pena. Puebla podría esperar unas horas más.
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