Para Luz Aimé, la ilusión.
La blusa color crema no sólo se confundía con el lechoso de su piel, sino que ahorcaba los gordos que salía debajo del antebrazo. Sus manos hacían lo posible por golpear al viento con los movimientos abruptos y sólo atinaba a decir “uta madre, pinche jefe”.
Sentía la mirada de la gente que empezaba a desesperarse, porque el candidato había prometido estar a las cuatro de la tarde y ya tenía una hora de demora.
Otra vez la de la piel lechosa se movía de un lado a otro y de su bolso imitación Louis vuitton sacó una cajetilla de marlboro blancos y encendió un cigarro. Estaba demasiado nerviosa porque a las mujeres que había invitado se empezaban a desesperar y trataban de buscar un mejor acomodo en sus asientos como si tuvieran pica pica en las nalgas. Era un evento magno para el candidato a diputado por el partidazo con el tema de moda para las féminas: equidad de género y ella era la operadora de lujo en ese ámbito.
La de la piel lechosa y pelo rizado de color sol abrumaba a su nextel. Lo abría, lo cerraba, lo volvía a abrir, lo volvía a cerrar. Sus nervios invadían a varios metros a su alrededor.
- Que pasó como van, ya están cerca- Ejerció una presión vana.
- El jefe aun está ocupado- respondió el chofer del candidato de piel morena y cabello hirsuto.
Se puso aun más nerviosa. Dio otra fumada a su cigarro observó su reloj de bisutería y tragó saliva, coraje y se tocó suavemente el fuego en su labio superior.
El chofer aguardaba pacientemente en la camioneta del candidato a diputado en el estacionamiento de los departamentos para evitar las miradas indiscretas. Adentro el de piel morena, aún con los estragos de la polineuropatía pos-etílica de la fiesta anterior, discutía con la mujer de caderas amplias y nalgas abundantes. Ella empezaba a desesperarse de tener que ocultar el cariño a su hombre, de tener los encuentros sexuales en el bonito apartamento que le había entregado.
- Quiero ir al cine contigo, ir a cenar en lugares públicos, quiero tomarte de la mano- le recriminó-
- Ya lo hemos platicado antes, que pasen las elecciones y por favor deja de joder que me duele la cabeza- atajó el candidato.
Lejos quedaron los momentos en donde disfrutó de los movimientos rítmicos de esas caderas jóvenes y con dureza en la piel, de sus labios carnosos y comenzaba la discusión en dónde ella, a pesar de tener la razón, siempre salía perdiendo por una simple y sencilla razón: era la amante con departamento y mejores expectativas económicas.
El candidato, con el dolor de cabeza aún más intenso, le exigió que dejara de estar jodiendo, que nada le faltaba y que no siguiera con el tema de separarse de su esposa, porque políticamente no le convenía y no quería dar un mal ejemplo a sus hijos.
Hasta cuando vamos a seguir así, arremetió la mujer de caderas amplias, que no te das cuenta de que no sólo sirvo para bajarte la calentura que en tu casa no te la pueden quitar.
Las palabras hirientes despertaron al bipolar que casi todos llevamos dentro y soltó una bofetada en el rostro moreno de la joven y la amenazó que no siguiera con esas chingaderas, que ya estaba bien de hacerse la víctima y desde que inició la relación sabía a lo que metía. Las lágrimas rodaron en esa mejilla mancillada por el candidato y se cubrió el rostro al tiempo que el arrepentimiento llegó de golpe al agresor al darse cuenta de sus excesos. Ese manotazo lo tenía bien practicado con su esposa quien ya había sentido la ira del político aficionado a las bebidas embriagantes y en algún momento fue a llorar, a quejarse en los hombros de la mujer más fuerte de la entidad.
La aprisionó fuerte para que no se saliera de esa cadena, buscó sus labios, al oído le ofreció disculpas y un rosario de frases de amor, de arrepentimiento y de promesas de que no volvería a suceder. Ella aún le dio parte de credibilidad, porque en verdad lo quería a pesar de ser un hombre poco atractivo. Lo iba a esperar en la noche y a tratar de olvidar este episodio por el bien de los dos.
El candidato bajó al estacionamiento, le ordenó al chofer mandar un ramo de flores a la dama quien quedó con el suspiro en el aire y exigió que se apresurara para llegar al evento, porque ya era tarde. Revisó sus aparatos telefónicos y guardó un largo silencio, con la mirada perdida en la reflexión de lo que había cometido. Mando un mensaje de amor: no se que me pasó, perdóname chiquita te quiero a ti sólo a ti.
La de la piel lechosa lo esperaba. Se abrió la puerta de la camioneta y el candidato, con un mejor semblante, la saludó y ofreció una disculpa por el retrazo pero es que el gobernador lo había mandado a llamar de última, “ya sabes como son estas cosas”.
Estrechó la mano de cada una de las asistentes, sesenta a lo máximo, y subió al estrado. Su turno al micrófono fue arropado por los aplausos de las féminas y se llenó de entusiasmo al hablar de la equidad de género y de la erradicación de la violencia intrafamiliar.
La de la piel lechosa por fin respiró, su candidato a diputado llegó, habló y convenció. Es una buena persona y con él me muero en la raya, reflexionó para si misma.
Fin.
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