jueves, 30 de septiembre de 2010

Y quien soy yo para perdonar

Ese sábado tomó su celular con la mano derecha y con la izquierda el nextel y pensó varias veces en seguir adelante. Sería sólo una llamada, pero el temor de que no le contestara estaba presente. Quizás en ese momento su familia lo acaparaba, con sus hijos, su esposa, así que sólo escribió un mensaje que lo tenía bien ensayado: “me gusta mucho extrañarte. tkm”.
Si es preciso mentir lo haría con total discreción, además no había hecho ninguna promesa de no buscarlo más y si era interrogada el pretexto sería por cuestiones de trabajo. Lo cierto es que en algunos momentos seguía pensando en él, porque tenía espacio libre en su memoria.
Cuando Miguel, mejor conocido como Mat o matador, la observó caminando de puesto en puesto en el bazar de chacharas de San Jorge la siguió con la vista, como un francotirador a su presa y justo cuanto estaba en la mira llegó con un aura de caballerosidad. Recogió los lentes de sol que se le habían escabullido de entre su bolso y le obsequió una sonrisa. Ella, con sus 23 primaveras encima, agradeció el gesto y los colocó en su lugar.
Mat sabía perfectamente que un buen trato es algo esencial para atrapar a la presa y por lo tanto sacó de su chistera sus mejores modales, técnicas de seducción y por supuesto el toque fresco de hacerla reir. Platicaron por más de una hora con una michelada en la mano. Intercambiaron números de celular y quedaron en verse posteriormente.
Por su amplia experiencia Mat sabía perfectamente que sólo era cuestión de unas dos citas más para que conociera cada parte de su pequeño cuerpo y le contara los lunares desde el cuello hasta los pies.
Mataría por unos chocolates envinados le dijo Karina en la segunda cita y a los dos días Mat se la llevó a su departamento de soltero y los ojos de ella se le salieron unas lágrimas de felicidad al ver la cama tapizada de chocolate en tabletas, un arreglo floral de chocolate y una caja de cristal con una muñeca de chocolate al centro.
Esa tarde sus fuerzas flaquearon y no alcanzó a pronunciar un “no”, se dejó embarrar de chocolate líquido por su cuerpo y sintió el rose de la lengua de Mat pasar por las partes más sensibles. Las sábanas quedaron impregnadas de sudor color café y se divirtieron en la regadera tratando de quitar lo dulce que aun quedaba en sus cuerpos. Las gotas de agua fueron nuevamente un aliciente para internarse en el camino de los besos hasta llegar a la cima.
Los dos se descubrieron ardientes, sin miedos, sin temores al momento de la intimidad y gustaban de inventar nuevos episodios en la trama de los amantes. Jugaban con los nombres, con los apelativos ella era su changuita y él era su mono. Cuando la intensidad rebasaba los límites Karina solía decirle al oído que había pasado de mono a orangután.
Se veían tres veces a la semana y para evitar las esperas afuera del departamento Mat le había entregado un juego de llaves que ella conservaba como el mapa para encontrar el tesoro secreto en una jungla perdida.
Karina le pidió su cámara de video para guardar los momentos, los movimientos, los sonidos y, como los jugadores de fútbol, analizar posteriormente todos los detalles a fin de mejorarlos. El deseo se le concedió al pie de la letra y la actuación fue impresionante casi listos para la pantalla grande. Fabuloso.
Mat salió como Eulalio López “el zotoluco” con unas de sus mejores faenas en donde el imaginario respetable pidió vuelta al ruedo y el juez de plaza brindó orejas y rabo. Sintió que los mejores años de juventud los había recuperado de un tris y los 43 años no le pesaban en lo más mínimo y ella lo había comprobado en cada unos de los rincones de ese cuarto que les servía de desahogo.
Karina le pidió a Mat que grabara en un dvd la escena y que vaciara la cámara, porque siempre pasan accidentes y no quería estar en la boca de su esposa y rival, menos que le admirara esas formas tan suyas de hacer el amor, porque no pretendía ser maestra de nadie.
Dos meses después Karina tuvo un día de espanto, el calor la estaba agobiando, su carácter estaba en un conteo de retroceso para explotar, estaba a un grado de ser un orangután y dejar de ser changuita. Decidió tomar una whisky en las rocas en el departamento de Mat. Tomó el teléfono y avisó que estaría allá descansando un poco si no tenía ningún inconveniente.
Se quitó los zapatos y caminó sobre la alfombra azul, fue directamente a la cantina, colocó suficientes hielos en la vaso old fashion y posteriormente se acomodó en el sillón con los pies en lo alto. Sólo necesitaba otro toque más para sacar todo el mugre estrés que su horripilante trabajo le contagiaba. Buscó entre los cientos de discos compactos el video ardiente y estaba segura de que verse envuelta en sudor y en los brazos de su “matador” la harían cambiar de semblante.
Cuanta razón tenía que su rostro iba a modificarse totalmente, porque el disco que tomó estaba la escena candente pero la actriz no era ella, sino otra mujer con la que también se había grabado Miguel en el mismo cuarto y con el mismo ángulo. Lanzó su vaso contra el televisor con esa rabia que le había hecho perder el control. No podía creer lo que había visto. Sabía que era casado y ella tenía el papel sólo de amante, pero nunca imaginó que era la amante secundaria.
Pegó una cartulina en la puerta del departamento y sobre ella escribió: “acá vive un hijo de la chingada que sólo utiliza a la mujeres como objeto sexual y coge mal y a veces ni se le para”.
Esa noche estaba desecha, su moral por los suelos y sólo quería que el mundo se acabara. Necesitaba urgentemente un pretexto para emborracharse hasta más no poder, hasta perder el juicio. Prendió su celular y a los cinco minutos recibió una llamada de una amiga a la que tenía medio año sin verla y la invitaba  a su fiesta de su cumpleaños. Primero agradeció pero no estaba en condiciones, sin embargo ante la insistencia cedió y en la noche ya estaba con una copa de whisky en las manos y conociendo a nuevos amigos.
Uno en especial, de barba de candado, se le acercó y sintió de inmediato el vacío sentimental de Karina y actuó como suelen ser los conquistadores del momento. Recibió los halagos, el trato de un caballero y le arrancó unas forzadas risas y posteriormente le arrancó hasta la última prenda de su cuerpo y le hizo suya. Fue una noche de olvidos y de actuar en venganza.
Al día siguiente tenía el estrago de la cruda moral, por acostarse con un desconocido y juró no volverlo a hacer. Este juramento lo repitió varias veces mes y medio después cuando la preocupación la invadió por completo al comprobar que estaba embarazada.
Un año después Karina había abandonado el coraje, el odio, el repudio y ese sábado tomó su celular y escribió: “me gusta mucho extrañarte. tkm”.
Matador sólo sonrió porque estaba enfrente de su esposa pero no le impidió hacer su reflexión de macho dominador: siempre la voy a tener a mis pies, esté con quien esté siempre va a regresar a mi.
Fin

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