Todo el trayecto de regreso a Puebla se lamentó por qué Dios le había dado “un hocicoque tan grande”.
Su penar inició cuando el celular vibró y los despertó de su profundo sueño. La pantalla del blackberry anunció un mensaje: “hola mi vida, vas a pasar por mi me voy a poner guapa, te espero tu me lo prometiste”.
Su sonrisa dejó ver su amplia dentadura, la mita de ella artificial, y se guardó para sí la felicidad que le había provocado el mensaje y respondió discretamente que tenía muchas ganas de verla y desde anoche sólo pensaba en ella. Un ligero rubor delató la felicidad que experimentaba en ese momento y buscó la complicidad de la discreción a través de observar el paisaje desde la ventanilla. Los campos estaban verdes, la milpa ofrecía un excelente color de vida, el ganado había recuperado el peso que la primavera les había arrancado.
La conoció una noche anterior en su centro de trabajo y lo primero que le atrajo fueron esas piernas largas y torneadas que hacían el polo positivo del imán y el negativo era su ansiedad de estar con una mujer.
Entró con cierta discreción y a pesar de que su asistente ya le había comentado que el lugar estaba libre, no había ningún conocido, sentía el temor de ser descubierto en un espacio en donde las damas se ganan la vida con la prendas más livianas y cortas, pero paradógicamente eran bastante caras. Entre zapatillas, ropa exterior e interior, peinado y uñas tenían encima unos 4 mil pesos.
Se sentó en una mesa cerca de la pista y fue rodeado por el séquito que se le había pegado desde la comida en la que fue el invitado especial: era el futuro candidato a legislador local y por lo tanto recibía un trato privilegiado de la gente que habían contactado su equipo de campaña.
Apuró un trago de tequila con sal y limón para cortar la grasa del mole que había degustado por la tarde y se acordó que nada pudo hacer ante la insistencia de los invitados para aventarse el palomazo con el grupo norteño. Le soplaron, la canción, de “el palomito” e incluso se colocó el sombrero negro que le ofrecieron para estar a la altura de la circunstancia. Las fotos así lo relataban.
El futuro candidato le pidió a su asistente que llamara a la mujer de vestido rojo y cuando ésta se acercaba le arrimó la silla y esperó a que dejara sus posaderas a buen resguardo. Le preguntó su nombre: todos me dicen “Rubia”, pero me llamo Adela, de las dos formas me gustan. “Pensé que no tenías nombre y en ese caso yo te tendría que llamar princesa”, le dejó su frase preferida embarrada en todo su ser y fue el toque para que ese arroz se empezara a sazonar.
Bastaron tres tequilas más para que el político empezara a perder el freno a su lengua y comenzara a llenar ese espacio sentimental que todas las suripantas tienen por dedicarse al difícil oficio de ofertar caricias, de entregar pasión fingida, de sentirse recorridas por pieles sin sabor.
En toda la noche nunca la besó, sólo al despedirse pero con un rose tenue de sus labios, sólo la pescaba ocasionalmente de la cintura, le tocaba la mano con la suya y fue su bocota, sólo su bocota la que conquistó a Rubia. Los dos pasaban por ese vació sentimental que los lleva a cometer errores y el experimentar halados que habían olvidado. Los envolvió en una esfera de armonía.
Rubia sólo se despegó de él en toda la noche para su show que se lo dedicó al político y futuro legislador. Le lanzó la última prenda íntima que cubría su esbelto cuerpo y éste la agarró con le delicadeza del caso y le envió un beso al aire. La botella de tequila se terminó alrededor de las tres de la mañana y el asistente le dijo que era muy tarde y tendrían que retirarse porque le quedaban sólo cuatro horas para descansar antes de partir a la reunión que le habían programado en su distrito.
Se resistía en dejar a Rubia, pero los estragos del alcohol ya habían hecho demasiado en él y sus movimientos eran cada vez más torpes, pero no su fabulosa labia que envolvía como enredadera, abrazaba de manera cálida ante el aire gélido de su realidad que entraba por todos los rendijas de su ser.
En el trayecto de regreso, luego del primer mensaje que recibió, tenía en su mano el celular esperando continuar la conversación que la tecnología les facilitaba. Su rostro cambió de súbito cuando nuevamente el aparato vibró y leyó el siguiente mensaje: “gracias corazón sabía que no me ibas a fallar, ya le dije a mi amiga que pronto me cambiaré de casa”.
En su mente repetía una y otra vez “yo y mi bocota, prinche bocata que me cargo, no entiendo, no termino de salir de una y ya estoy mentido en otra”.
Sólo en ese momento recordó, a duras penas, la promesa que le había hecho y era llevarse a vivir a su casa y ofrecerle un mejor futuro.
En que instante se le ocurrió hacerle semejante proposición y como le iba a destruir la ilusión que ya le había creado. No era posible vivir con ella si su anterior pareja a la que terminó de manera brusca lo iba a vigilar a su casa, lo acosaba y le había advertido que si lo encontraba con otra vieja le iba a hacer un escándalo en la prensa que su futuro político se iba a ir a la mierda, tal como lo hizo con el profundo cariño que aun le profesaba.
Como le iba a decir a Rubia que las palabras de la noche anterior habían sido empujadas hacia afuera por el maldito tequila cazadores y que sólo pretendía pasar unos momentos agradables, pero sin el afán de formalizar un compromiso al cual no estaba dispuesto a asumir y más con una mujer que por las noches se desviste y es tocada por diversas manos.
El dolor de cabeza de la cruda, el sudor en exceso y el malestar estomacal pasaron a segundo término y sólo ideaba la forma en como deshacer lo que había amarrado con doble nudo. Como político estaba acostumbrado a prometer y cumplir poco sin tanto remordimiento del colectivo, pero esto era diferente.
Ya le importaba poco el paisaje que dejaba metro tras metro del viaje y presionaba al ratón para que hiciera girar más aprisa la rueda de la mente. Esperaba que las palabras de Rubia hubieran sido sólo una mala broma, porque sabía perfectamente que esas promesas las recibía de manera constante por los cientos de clientes que pasaban por sus manos en un mes.
Dejó a su asistente en la parada del Paseo Bravo y se dirigió a la dirección que Rubia le había mandado en uno de tantos mensajes. Tocó el timbre del departamento, cerca del parque de La Letras, y ella apareció con un pantalón de mezclilla, una blusa roja y una chamarra de piel negra. Era diferente a la imagen que el alcohol le había regalado la noche anterior, quizás más simpática de lo que recordaba. Se la llevó a su departamento y sin necesidad de más palabras se quitaron la ropa e hicieron el acto sexual. Varios minutos después ella se encontraba recostada en su pecho y le dijo que le había regalado estos momentos porque era la recompensa ante el trato de un caballero y que efectivamente le había dicho a su compañera de cuarto que pronto se iba a cambiar de casa, porque ya estaba contratada para irse a trabajar al puerto de Veracruz y sólo le quedaba una semana en Puebla y quería llevarse un grato recuerdo de los poblanos.
El político no dijo nada y sólo la abrazó con fuerza a su pecho y antes de regresarla a su centro de trabajo le entregó la medalla que llevaba puesta y un largo suspiro de alivio le recorrió todo su ser.
Recordó, como consuelo, el decir de su amigo y compadre: “Si Dios no castiga por hacer cosas malas, sino por hacerlas mal”.
Fin
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