lunes, 4 de octubre de 2010

Aroma de Jazmín

El hombre de mediana edad, cabellos necios y tez morena, se encargó de entregar los sobres de suavizante en el departamento de Silvia con el sigilo que le demandó su contratante. Los dos primeros llevaban un recado “si cuentas, encontrarás”. El martes metió debajo de la puerta otros dos, el miércoles dos más, el jueves ocho, el viernes tres, el sábado muy de mañana nueve, el domingo dos, el siguiente lunes nueve, el martes uno, el miércoles nueve y el jueves sólo el mismo recado “si cuentas encontrarás…
Gina tomó un respiro muy profundo y aspiró el aroma del sweter color hueso y mangas azul marino que compró en la tienda del tercer piso del centro comercial de Montreal, Canadá por 25 dólares. Era suave como lavanda, no tan penetrante para ser recién lavado, sino con unos cuatro o cinco días con anterioridad. Tenía que ser una mujer la que cuidó la prenda, porque no presentaba ninguna arruga y sabía perfectamente que un mal doblado era motivo suficiente para que aparecieran las líneas de imperfección.
Se llevó el sweter al cuarto de lavado para comparar el aroma con los cuatro diferentes frascos de suavizante que utilizaba la mujer de la limpieza. Tomó una servilleta de papel y sonó fuertemente su nariz para liberarla de imperfecciones con la finalidad de afinar el sentido del olfato. Sintió la libertad inodora hasta el fondo de sus pulmones al aspirar con la frente en alto y posteriormente realizó el ejercicio comparativo como si fuera un laboratorio de pruebas.
Colocó la prenda en una bolsa de regalo y la depositó en el tocador del baño con un recado: “lo puedes devolver al lugar en donde lo lavan con suavizante olor a lavanda”.
No tenía caso discutirlo con su marido, porque sabía la respuesta, la negación, y la mejor arma que tenía en la mano era una sutil prueba de sus andanzas. Lo tenía que poner a prueba, saber hasta dónde podía llegar su cinismo o de su falta de cuidado en hacer las cosas. Gina recordó la frase célebre de su anterior jefe: “La vida no castiga por hacer cosas malas, sino por hacerlas mal”.
Cuando Iker llegó a casa se encontró con una lucha de sabores en el aire. Se percató que quien intentó dominar la primera parte de la sala fueron las flores de nardo, con ese aterciolepado que sólo se palpan a varios metros de distancia, pero al llegar a la cocina el aroma del atole de guayaba estaba impregnado en el ambiente y su mujer ya tenía listo el pan estilo Zacatlán.
-      ¿Qué celebramos hoy amor? Preguntó sorprendido.
-      Sólo un día más juntos y si aun eres creyente quizás a Santiago Apostol, respondió en un tono sereno carente de reproche, pero tampoco de emoción.
Ella se había colocado una sudadera que recién había sacado de la lavadora impregnada del suavizante a jazmín el cual era su preferido. La nariz tenía que hablar por ella y no lengua, porque si hubiera tomado la segunda opción tendría problemas en conectar su mente con la lengua y los resultados serían desastrosos alejados del tormento sicológico que pretendía infringir al hombre que gustaba departir sus humedades en otros recintos sagrados.
Estaba dispuesta a manipular la mente y la conducta, a seducir a su presa antes que la violencia verbal, antes que acabar con la falsedad con la que llegaba al hogar que juntos construyeron.
Cenaron con agrado y con un beso en la frente le pidió que lavara los trastos mientras ella subió a ponerse cómoda. Le colocó el jabón con aroma a limón y se retiró con un caminar lento y seductor mostrando ese trasero que lo atrapó años antes cuando la conoció.
Gina se quitó el pantalón de mezclilla y se quedó en la ropa interior que Iker le regaló en su anterior cumpleaños: un calzón de encaje que cubría la mitad de cada nalga y una blusa de tirantes. Abrió una caja que contenía hojas secas con olor a jazmín y dejó que la habitación se quedar con este toque.
Cuando el marido llegó a la recámara sintió la tranquilidad y el relajamiento que ofrece el aroma de jazmín y justo en ese momento Gina salió del baño con el pelo suelto, sus labios gruesos lucían aun la tintura de lápiz Loreal y sus pecas brillaban como luceros en la oscuridad. Iker la tomó por la cintura y la presionó contra su cadera mientras sus labios se fueron al hombro desnudo y con los dientes bajó un tirante. Ella ofreció un ligero temblor en señal de excitación, el peso de su cuerpo lo dejó caer en la cama, cerró los ojos y mostró una plena disposición a las locuras de un hombro fogoso e incluso le regaló un orgasmo fingido.
Iker terminó exhausto, jadeante y antes de que le ganara el sueño se fue a asear al baño. Lo primero que encontró fue el regalo y a punto estuvo de agradecer el presente cuando se percató del recado. El aroma a lavanda era perceptible como perceptible fue lo petrificado que quedó. No podía negar nada porque no había acusación de por medio que lo inculpara de una mala acción. Al regresar a la cama Gina dormía profundamente o al menos así le hizo creer.
Al despertar ella no estaba en cama y encontró un recado en el buró: “salí a correr, pero te dejé fruta para el desayuno”. Su tormento penas había iniciado y todos los temores lo asaltaron.
Gina tejió una red de complicidades en su mente para poder descubrir a la mujer que dormía con su marido mientras aspiraba el olor de tierra mojada y al pasar por una casa sintió el exquisito sabor del ajo acitronando y paró en seco para llamar a su amiga Karina, quien movía toda su cocina en torno a este condimento y le invitó un café al medio día.
Las dos amigas mezclaron sus perfumes en el aire, crearon un halo de fineza que aspiró el mesero. Bastó sólo el comentario acerca de las mujeres resbalosas para que Karina diera una clase de chisme para poner al descubierto a Fabiola y Silvia como una de la probable amante de Iker. Las dos trabajaban en el mismo departamento del Ayuntamiento.
Los días siguientes Gina se mostró complaciente con su esposo y no hizo un solo comentario del sweter. A la par, de manera sigilosa, se encargó de vigilar a las dos y por casualidad descartó a Fabiola, porque era la esposa de un amigo de la secundaria lo cual comprobó en un encuentro inesperado en una degustación de vinos en el Triángulo de las Ánimas. Por una tercera persona descubrió que Silvia vivía sola en un departamento y a la puerta un vehículo Nissan color vino de modelo reciente.
Con el temperamento frío, sin demostrar debilidad, Gina se apostó la noche del lunes afuera del departamento de Silvia. Estaba en el coche de Karina para guardar las formas y el intenso aroma de fresas le provocaron un leve dolor de cabeza. Luego de esperar por una hora observó el vehículo de su marido que se metió al estacionamiento y sólo en esa ocasión lloró desesperadamente maldiciéndolo mil veces y regresó a su casa para rociar los rincones de suavizante con aroma de jazmín. Cuando Iker llegó, satisfecho sexualmente, vio a su esposa dormir a plenitud pero él no pudo conciliar el sueño por la extraña obsesión por esta esencia que lo empezaba a aturdir.
Dos semanas después Gina contrató el joven que vendía jugos para llevar al departamento de Silvia unos productos. Los dos primeros llevaban un recado “si cuentas, encontrarás”. El martes metió debajo de la puerta otros dos, el miércoles dos más, el jueves ocho, el viernes tres, el sábado muy de mañana nueve, el domingo dos, el siguiente lunes nueve, el martes uno, el miércoles nueve y el jueves sólo el mismo recado “si cuentas encontrarás…
Silvia esta sorprendida porque en la alacena estaban guardados 58 sobres de suavizante todos de jazmín y con los dos recados, pero no encontraba sentido ni explicación. Iker trató de resolver la situación y en una libreta escribió el orden los sobres que llegaron y concluyó con una cifra de diez dígitos:2228392919. Parecía el número de un celular e intentaron hacer una llamada para encontrar algo y sólo los mandó con una grabación sin sentido para ella, pero en él era demoledora: “Los sweters se lavan con suavizante aroma a Jazmín, el de lavanda es de segunda.”
La venganza apenas iniciaba. Estaba dispuesta a manipular la mente y la conducta de los dos.
FIN

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