lunes, 4 de octubre de 2010

Con olor a tabaco y channel

Fredy Aco
El olor a cannel y tabaco cubría ese cuerpo maduro, pero con las líneas perfectamente establecidas y con ese ligero exceso de grasa abdominal que le hacía verse sensual porque era sólo una especie de toque de mantequilla encima de un pan tostado que le da un sabor excepcional e irresistible hasta la más cuidada dieta.
Luz Aimé fue criada como las demás, con valores machistas y poco espacio para la libertad femenina. Cuando la tuvo en sus manos le dio miedo y prefirió delegar esa gran responsabilidad en otras mujeres con mayor fuerza de voluntad, porque su felicidad estaba establecida en la prudencia, paciencia y un poco de cariño suficiente para llenar sus exiguas expectativas.
En el café de las diez de la mañana discutía con sus amigas tres veces por semana. Era agradable tocar temas relacionados con la educación de sus hijos, la destrucción de imagen de vecinas y ofertas de fin de quincena en Angelópolis. Estaban totalmente de acuerdo en promover el boicot en contra esa plaza comercial por el incremento a la tarifa del estacionamiento, era una locura para ellas tener que pagar más por ir a consumir a sus tiendas de por si ya caras y ahora encima soportar las decisiones unilaterales de una señora llamada Guillermina.
Luz Aimé, distraída como siempre, poco le llamó la atención la mirada discreta de un caballero más joven que ella con un porte entre lo formal y lo informal quien a cada tres bocados de sus enfrijoladas le regalaba tres segundos de su vista. Ricardo mordió el anzuelo al pasar cerca de ella y aspirar su aroma minutos antes de que las demás amigas llegaran al lugar de reunión.
Él trataba de cerrar un negocio de venta de material de iluminación con un funcionario de gobierno para la electrificación de las escuelas en construcción. El interlocutor sugirió planteárselo al secretario y esperar la anuencia, claro que Ricardo dejó entrever que estaba dispuesto a cooperar con las autoridades para recibir a cambio el convenio que tanto había añorado. Es más, estaba comprometido a dar mantenimiento a una nueva residencia que se estaba construyendo cerca del cerro del Tepozteca, en Cholula, la cual llamaba mucho la atención.
La dama del buen hablar, porque no había sido contagiada por las palabras soeces de Gabriela, una mujer del puerto jarocho que casó con un empresario de la construcción luego de que éste visitó, hace varios años, la playa con sus amigos en una noche de bar. Él se encontró con una mujer de caderas frondosas y carcajada sonora para hacer un click de inmediato y a los cuatro meses de relación selló su pacto frente a la imagen de la iglesia del cielo en la ciudad de Puebla.
La cualidad de Luz Aimé, detrás de esos lentes que la hacían verse intelectual e interesante, era la discreción en su vestir, pero los textiles marca Mango le hacían definir su bien torneada cadera con unas piernas de colección que se dejaban ver al cruzarlas. Fue el sello que Ricardo se llevó ese viernes en el restaurante del Camino Real a Cholula y que lo persiguió todo el fin de semana, pero como un felino supo esperar pacientemente varios días y tejer el gancho perfecto para iniciar una conversación madura a la altura de la dama de cuarenta y pico.
Los días fueron nublados para ella. La abnegada esposa durmió muy mal ese martes y las cobijas le pesaban, le asfixiaban, por ello se levantó temprano a prepararse una taza de café para aminorar el mal sabor de boca que le había dejado su marido, quien llegó cerca de las tres de la madrugada con olor a tequila. Caminó por la sala con el aromático en la mano, subió las escaleras de manera discreta, se metió nuevamente a la recámara y a su paso se encontró con la ropa del marido casi tirada en el suelo. Levantó el desorden y del sacó color azul marino se asomaba una servilleta con un recado: “los momentos a tu lado son un paraíso”.
Su café se volvió más amargo y unas lágrimas en silencio rodaron por sus delicadas mejillas cuidadas por cremas nocturnas. Podía apostar su alma de que se trataba de Rosario, con quien su marido mantenía una relación desde hacía mucho tiempo. Su menté pasó por todos las posibles salidas desde el suicidio, la separación o el silencio. En medio estaban sus dos hijos, de 13 y 17 años. Concluyó en buscar una venganza a su altura.
Se arregló temprano y salió sin despertarlo para ir a dejar a los niños al colegio y le dejó la servilleta en el taburete debajo de su reloj de pulso. Apagó su celular y se dispuso a deambular por la ciudad. Ir a comprar zapatos y maldecir mil veces a su marido por la falta de respeto al matrimonio, a su entrega ciega a él. Se repetía una y otra vez lo que sus amigas le comentaban: “eres una tonta, tu marido anda con otra y tu despreciando tantos buenos partidos que se te han presentado”.
Luz Aimé recorrió varias cuadras sin rumbo y la necesidad del destino la llevó a “La tienda de la Luz” e inició el paseo en busca de unas lámparas para el jardín de la casa de campo que su marido había adquirido meses atrás. Una empleada se le acercó para ofrecer su ayuda y pidió las especificaciones de unos focos de larga duración. Por la puerta trasera Ricardo entró con unas cajas en la mano y casi las tira cuando vio la figura de esa mujer que le había impactado en el restaurante del Camino Real y fue él mismo quien se encargó de atenderla.
No tomó ninguna precaución, porque se presentó de golpe y le recordó que se habían visto anteriormente y que su perfume se había tatuado en su nariz, situación que provocó una leve sonrisa de la dama quien dio paso al atrevimiento de un hombre extraño.
La infidelidad de las mujeres proviene, en la mayoría de los casos, no de la necesidad sexual, sino de la falta de atención, cariño en casa y siempre sienten el vacío y en muchos de los casos se presenta una persona en buscar de llenar ese espacio para recibir de recompensa un poco de pasión a sabiendas de que corren el riesgo de enamorarse.
Ricardo cayó en el momento preciso en donde no existen los límites y contrario a su forma de pensar o de actuar Luz Aimé accedió a la propuesta de visitar la casa para ofrecer el mejor sistema de iluminación.
Ese día ganó la sonrisa y cedió la rectitud de una dama.
Las citas fueron recurrentes y halagadoras, las puestas de sol era un orgasmo para sus pupilas hasta que sus bocas sellaron esa relación creada en la clandestinidad de las amigas, del marido, de todos. Lo terrible fue que gustó y mucho, porque era una forma de vengarse de un tipo que mantenía amoríos con una tal Rosario quien seguramente también disfrutaba de la chequera familiar.
Luz Aimé volvió a sentir ese nervio cuando los labios se juntan en un beso de ternura que se va elevando hasta terminar con las mordidas apetecibles y un jugueteo de lengua que sólo terminar con una clímax de truenos, relámpagos y de acciones inimaginables. Lo mejor para ella que sólo duró un parte de meses, porque Ricardo tuvo que cumplir una maestría en España, situación que les afectó a los dos, pero ella en el fondo sintió una tranquilidad porque llegaría el momento de tomar una decisión entre él y su marido.
La venganza aun no estaba consumada, porque se enteró que de la relación entre su marido y su amante nació una niña que a la fecha contaba con tres años y estaba dispuesta a quitársela para adoptarla como suya.
A su favor tenía la larga historia familiar de Rosario, llena de infidelidades y en busca de dinero fácil. Podía comprar a su hija con mucho dinero y la casa que siempre soñó en Atlixco con alberca y jardín…
FIN

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