lunes, 4 de octubre de 2010

Era comunista hasta que gané la lotería

Las gotas de lluvia fueron muy finas en principio, delicadas como esa piel femenina no expuesta al sol ni al aire. El fino rocío formó una capa en los cabellos rubios hasta que estallaron y mojaron la extremidad superior de su cuerpo mientras caminaba por esa calle larga y un poco desolada. Su mente estaba ocupada en la mejoría de su padre quien había recaído de la gripa y poco le importaba terminar empapada.
La mañana siguiente salió a la sierra norte con su hermano para conseguir los documentos de su padre a fin de realizar los trámites correspondientes de la afiliación al Issstep. Manejó con la precaución la camioneta blanca sin placas que amablemente le habían regalado dos meses antes, con la mirada perdida en la carretera. De regreso el nokia xpresmusik comenzó a vibrar, sacó el aparato del bolsillo trasero y tomó la llamada que tanto estaba esperando.
La ternura que invadió la conversación casi hizo que el celular se enfermara de diabetes, porque los dos derramaban miel en cada palabra como parte del ritual de una relación prohibida y alejada de los reproches caseros.
- Oye muñeca, te parece si mejor utilizamos el nextel para platicar, con eso de que ahora todo lo graban, ya ves lo que le pasó el gobernador.
- ¿cuál? Bebé.
- Pues el de Veracruz y ahora es un escándalo, porque tiene una boquita de qué bárbaro. Sabes que se refirió a uno de sus compinches como succionador profesional que lo mismo le da sacar leche de las bubis que de otra parte, claro que habló con palabrotas y tus lindos oídos no deben escuchar eso.
- Jajajaja, Si mi cielo y que bueno que me pones en alerta porque te iba a decir lo que se me antojó hoy en la tarde, mmmm. Sólo deja que tenga señal y te llamo, porque en esta parte de la carretera sólo entra el cel. Te extraño, besos.
- Besos y recuerda que como dice Juanga: tu estás siempre en mi mente, siempre tu, tu, tu, siempre en mi mente.
- Eres una ternurita, pedacito de algodón, por eso me tienes loca bebecito. Te llamo en unos minutos muñeco.
La llamada le permitió estar más atenta al volante y no permitir que el cansancio se incrustara en su cuerpo. Del otro lado de la línea el licenciado Montiel sonrió en soledad como una forma secreta de elevar su ego por tener a su lado a una mujer que era comparada con la mismísima Ninel Conde y era el platillo principal en sus espacios de pasión.
Los pantalones de mezclilla entallados hacía ver las pronunciadas curvas, las botas hasta la pantorrilla, una camisa de a cuadros rosas y azules, para rematar con un sombrero de ala ancha dieron el toque final de una mujer de decisiones, de acciones y sin quedarse con las ganas de nada, sólo con la satisfacción del deber cumplido, ese deber que le exigían sus 24 años de plenitud sexual.
Monse llegó a su casa con el calor encima y las ganas de quitarse la ropa, aventarla a un rincón y tenderse de espalda en su cama matrimonial, sin embargo carecía del tiempo necesario para ello, porque su protector la esperaba en una reunión. Dejó a su hermano, quien también ya tenía planes con la vecina de la cuadra, a quien más adelante la habría de embarazar, vivir una temporada juntos y posteriormente la dejaría para irse a una aventura a Canadá con un hombre maduro quien le enseñó nuevas experiencias que nunca más rechazaría.
La mesa era redonda en un apartado del restaurante de la avenida Zavaleta con un mesero exclusivo para ellos. Cuatro hombres y dos mujeres departían el añejado whisky y una silla estaba reservada para Monse, quien sorprendió a todos por su atuendo y no evitó el comentario público de Carlos Montiel: esa es mi domadora, sólo espero que los fuetazos no sean tan lastimeros. Las carcajadas mojadas de alcohol llenaron el espacio de cuatro por cuatro.
Tomó su lugar a la derecha del organizador de tan apetecible comida y el sonido de los hielos cayendo en el vaso hasta contar tres, el chorro de whisky y el remate fue agua mineral de Tehuacán. Todos levantaron las copas y brindaron por la encantadora dama que se había incorporado a la tertulia.
Los temas fueron diversos, pero invadió el ambiente político y cada uno se convirtió en analista con diversos puntos de vista, pero coincidieron en la necesidad de no permitir el arribo de gente de otros grupos, porque el poder era para ellos, solamente.
La relación extramarital entre Monse y Carlos era un secreto a voces, pero los más cercanos sabían perfectamente que el político estaba encerrado en sus actos superficiales y los más placenteros para él eran los prohibidos, los que se cuecen en cuatro paredes del departamento, atrás de Angelópolis. Lo que surgió como un simple juego de conveniencias y complicidades se había convertido en algo más allá, porque nunca cuidaron los límites de los sentimientos.
Una semana anterior cuando Monse abrió su nextel y en la pantalla estaba la foto de su amado político en medio de micrófonos de la prensa, Serena, su mejor amiga, le cuestionó si no le afectaba la relación que mantenía con el funcionario y empresario siendo casado y con posibilidad de muchas conquistas. La respuesta fue contundente: a todo nos acostumbramos, tampoco soy una santa, pero soy mil por ciento más cuidadosa para que no me cachen y me quiten mis privilegios.
El asistente de Carlos Montiel entregó la tarjeta de crédito y firmó la cuanta de 8 mil pesos, dinero que sería devuelta en su oficina como parte de los gastos de representación como una modesta contribución de los ciudadanos para que el engranaje del gobierno siguiera viento en popa.
Monse sacó de su bolso las llaves y mientras intentaba abrir la puerta las manos de Carlos se pegaban a la parte trasera del pantalón de mezclilla y apretaban una y otra vez. Se le acercó al oído para decirle que sus nalgas eran el paraíso y nunca se cansaría de tenerlas. Ella sabía que ese era su más grande atributo que no sólo Carlos las apreciaba, sino también Raúl moría por ellas, pero en secreto, tal como lo había aprendido: el mundo de los engaños. Todos mienten.
Él se tumbó en la cama boca arriba y le pidió que se pusiera la falda de colegiala que tanto le excitaba. Esos troncos de piernas le movían hasta la última hormona y a pesar de las copas que habían ingerido tan sólo movimiento de la escultural mujer le hacían perder los estribos. Antes de que saliera del baño, en donde se estaba cambiado, Carlos colocó cuidadosamente su pluma en la cabecera, con el pestillo hacia el frente y presionó un botón secreto que se encontraba en la parte superior del lapicero. Una luz azulina apareció y después de tres segundos de parpadear se esfumó.
Monse apareció unos minutos más tarde con lentes y bailó con la sensualidad impregnada en la piel, posteriormente se le montó, sin la falsa moral que muchas dicen tener. Los textiles de ella cayeron poco a poco, mientras las manos de Carlos aprisionaban cada centímetro de su cuerpo. La cadencia de su cintura se deslizó hacia abajo mientras su boca buscaba algo diferente al aire que entraba por la ventaba abierta.
Silencio, todo en silencio quedó 36 minutos después. Monse se retiró al baño a asearse mientras Carlos tomó nuevamente la pluma y presionó el botón para apagar el sistema de video que había activado. Él estuvo una hora más en el departamento y se retiró a su casa en donde su esposa leía el voluminoso libro de me llamo rojo. Le abrió un espacio entre las sábanas y le dio un beso de bienvenida a sabiendas de que traía un olor extraño, un toque de mujer que le hacía calmar esas ansias masculinas las cuales ya no tenía interés en apaciguar, porque ella ocasionalmente encontraba un hueco en los brazos de su maestro de zumba.
Carlos, en su despacho, siendo las once de la mañana encendió la computadora y descargó el video del lapicero y se deleitó por los movimientos que podía realizar Monse con unos cuantos tragos. Guardó el documento con un candado y sólo sería abierto en caso necesario para la edición correspondiente en donde no saliera su rostro y subirlo al youtube.
Ruin, al fin y al cabo, pero tenía una manera de contener los excesos que se pudieran presentar de una mujer.
La carpeta llamada perfil, no sólo contenía varios videos de los momentos de pasión, sino también algunas conversaciones entre políticos que le podrían servir en algún tiempo o simplemente como parte de su archivo personal.
Fin


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