No lo podía creer, era la primera vez que le pasaba y más frente a esa mujer de juventud plena con las ganas expuestas hasta en las uñas. Sus 39 años no eran pretexto para que en el mejor momento el equipo le fallara, se quedara muerto como si uno de ellos hubiera nacido antes y su tiempo de vida ya había expirado, lo cual era una verdadera tontería.
Alan levantó el teléfono de su nueva oficina, llamó al celular que tenía grabado en su mente y una voz femenina se escuchó al otro lado de la línea, su risa era inconfundible, su toque juvenil era una música para sus oídos y de imaginar sus curvas en las cuales se había perdido en varias noches oscuras simplemente temblaba de emoción.
La charla duró por varios minutos, la mano derecha de Alan jugaba con un lápiz haciendo trazos irreales en su libre de pendientes, mantenía la cabeza de lado. Todo encuadraba en la pose típica de un hombre ilusionado por una nueva mujer en su vida en una relación escondida, prohibida con un sabor a guayaba en dónde todo se puede, menos presumirla.
En la radio se escuchaba la canción Luis Miguel con esas estrofas tan ruines: “hasta que me olvides, voy a amarte tanto tanto, como fuego entre mis brazos…” Los ojos del ejecutivo brillaban detrás de esos lentes ligeros, porque en la noche le esperaba un bocado difícil de rechazar, por la frescura, por la entrega y las ganas de comerse al mundo en un solo mordisco.
La noche se había hecho para ellos, mientras no sonara el teléfono de él con el nombre destellando en la pantalla “casa”, porque era la esposa tratara de arruinar la noche del hombre con quien compartía la cama desde varios años, pero con la pasión en ruinas. Alan había puesto de pretexto una cena con un grupo empresarios.
Xóchitl Argelia se colocó un pantalón de mezclilla, blusa morada con medio escote que se cortaba en donde da inicio el paraíso, aretes largos que hacía jugo con el color de sus ojos. Caminó dos cuadras para que el galán de telenovela pasara por ella y se dirigieran al restaurante del hotel céntrico. Un beso ligero fue el aperitivo, pero ese pequeño rose de labios puso firme la decisión de seguir adelante.
En el elevador, Alan la tomó entre sus brazos mientras subían los cinco pisos y sólo le dio tiempo para ceñirle su delicada cintura besarla con cierta furia, sin antes observar en las esquinas superiores para descartar las presencia de alguna cámara de video. Cuando las puertas se abrieron les dio el tiempo preciso para separar sus bocas y ser observados por un par de señoras que habían terminado su tertulia para emprender su retirada.
Fue una noche de martinis, con la promoción de dos por uno. La vista de la terraza del hotel ofrecía la catedral de Puebla con sus torres iluminada, dando un toque de romanticismo al estilo florentino. Sus manos jugaban en la mesa, sus miradas se entrelazaban y las sonrisas se extendieron por varios minutos hasta convertirse en más de una hora.
El reloj de la pasión les advirtió que era momento de emprende la retirada. Alan pidió la cuenta y la mujer de unos 30 años encargada del servicio llevó el tiquete con unos dulces de menta para refrescar el aliento, les deseo buena noche como presagio de lo que estaba por venir.
La pareja de enamorados salieron tomados de la mano con la confianza de que a esa hora habría pocos ojos que los pudieran reconocer. Un beso antes de penetrar al elevador, dos más adentro, uno antes de subirse al automóvil y uno mordelón al interior del mismo. Estaban ansiosos de compartir la intimidad de perderse entre la oscuridad de una habitación.
Xóchitl Argelia tenía una piel fresca, matinal, en cada poro de ella destilaba un aroma que invitaba al toque divino, al encuentro con la naturaleza, a esa sensación de estar volando a tierras prohibidas sin la necesidad de ningún aparato, sólo con el impulso de sus besos ardientes que catapultan hasta el infinito en donde se pierde el miedo a las alturas y se ama la libertad de los minutos sagrados que se convierten por unos instantes en la eternidad y de los labios sólo flotan susurros que se callan con el toque de la piel.
El caballero de la noche la condujo hasta la habitación del departamento para iniciar la entrega de sus caricias que estuvieron reprimidas en el bar. Xóchitl Argelia aumentaba el nivel de su respiración a punto de hacer ebullición en espera del momento de sentir la invasión de cientos de luciérnagas que se meten en cada poro y se alojan en el vientre provocando la mas hermosa sensación imposible de describir, sólo vivirla para saber la magnitud de ese toque de chispa que inflama por dentro, pero es un resquemor que no daña sólo oxigena la sangre creando una esfera que impide el contacto de elementos ajenos a lo que han instaurado como un templo del vivir.
Sus ojos se mareaban ante el torrente que mandaba el corazón, su cabello a media espalda estaba electrizado y las piernas perdían el control en espera de una nube cargada de lluvia que mojara la zona más fértil, porque el terreno estaba preparado para recibir lo prometido. Su respiración pedía pasar al siguiente nivel y escuchar el ruido interno de agua corriendo por un río diáfano para caer en una cascada y tocar lo más profundo de la poza formada delicadamente por la sabia naturaleza. Sentir las burbujas que revolotean y se rompen abruptamente produciendo un cosquilleo que no se traduce en risas, sino en encuentro de expresiones desde morderse los propios labios, las leves vibraciones del cuerpo, los quejidos ligeros, los susurros en los oídos y el olvido momentáneo pero total del resto del mundo, de las preocupaciones, de las presiones para centrarse en el toque que lleva al poder.
Mientras Xóchitl Argelia se volcaba en sus pasiones tomadas de la mano con la aventura de ser prisionera de los abusivos labios sin freno que tenía enfrente, sino por el contrario una aceleración quemante en espero de concluir el rito previo para sentir, por fin, una coraza ardiente que retiene el correr de la sangre, que lo hace vivo y lo mantiene firme. Ya había esperado mucho, desde los besos furtivos en el elevador, el juego de manos en el bar y la primera auscultación dentro del coche antes de tomar el camino hacia el departamento. Ya no podía más, estaba a punto de explotar, hacer erupción.
Alan hacía el esfuerzo por no quedar mal. Estaba logrando una parte del objetivo establecido: el poner al rojo vivo a su pareja y saber que no podía aguantar ni un minuto más, que tenía las ventanas abiertas para sentir los rayos del sol matinal que dan un aliciente de vida, que despiertan todos los institutos y destilan feromonas volando como mariposas.
De pronto, Xóchitl Argelia frunció el ceño, contuvo la respiración, lo miró a los ojos y le dijo que ¿si ya no le inspiraba en la cama, que si había alguna explicación?… Alan miró más abajo del estómago y no daba crédito a lo que pasaba, porque su equipo no pudo funcionar toda la noche, por más interés que le puso ella. Se fue a dormir sin postre.
Al día siguiente Alan llamó a su mejor amigo y de manera directa le dijo que estaba preocupado y triste porque el fin de semana su equipo no le funcionó.
- Ya ves buey, por irle al América, porque mi equipo, el Puebla, no me falló y ganó.
Sólo contuvo una risa y le recetó un “no mames buey, ese equipo no, sino el mío…
Fin
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