lunes, 4 de octubre de 2010

La chica del salpullido

Me quedé helado cuando leí con detenimiento el correo que me dejó en mi bandeja de hotmail al confesar que luego de muchos años ofrecería sus labios contra los míos al saludarme, no por un acto meramente carnal, sino como un hecho superior alejado de morbo y evidencias sucias. Sería similar a la convivencia entre Adán y Eva en el paraíso antes de morder la manzana del pecado. Estaríamos un paso delante de la sociedad en general, esa que con sus señalamientos corroe y va debilitando las tuberías de armonía.
Jamás he pensado que tipo de ropa interior utiliza y ni si su trasero es más portentoso que en años anteriores, mucho menos si se ha atrevido a contestar el teléfono mientras hace el amor, porque simplemente hemos superado esa barrera y lo nuestro es creado para vivirlo en otra vida, sólo que somos adelantados a nuestro tiempo.
Me trasladé al Café Sirena para saborear la mejor droga que ha existido: una deliciosa tasa humeante, por encima de la hierva verde que me regaló Poncho hace varios años y siempre trataba de convencer a los demás de probar esta experiencia con el argumento tonto de que llevaba 10 años fumando esa cosa y no se le había hecho vicio, por lo tanto no era peligroso.
El Sirena estaba semivacío. Dos mesas mostraban la soledad de las once de la mañana, en una de ellas el presidente del partido departía con un periodista caracterizado por su desorden sicológico el cual lo demostraba en cada una de sus líneas publicadas, era una asesino a sueldo de reputaciones con la cara dura de acudir a los velorios de sus víctimas y expresar su clásico: “no me digas, me pasaron una información distinta”. De sus anchos labios salían torrentes de saliva manchada de restos fecales que contaminaban todo, que hacían daño pero al final del día encontraba un plato lleno de monedas como premio al trabajo de cañería el cual estaba acostumbrado, además de autoproclamarse el sensor del bien y del mal. El cinismo era el saco que todos los días cargaba y su reino de terror parecía no tener fin.
En otra mesa un grupo de tres universitarios discutían el programa de televisión que en cadena nacional puso en jaque a un líder académico que era ejemplo superación, de crecimiento, de una amenaza seria para Carlos Slim, de cómo ser un candidato serio para ser tomado en cuenta por la revista Forbes. El más maduro de ellos aseguraba que hace seis años la autoridad de la casa de estudio estaba en el buró de crédito y ahora era uno de los más ricos del estado que cumplía cualquier capricho como el mandar a comprar Sushi al Distrito Federal en su juguete color rojo de hélices o comprar uno o dos hoteles en playas paradisiacas. El más joven de los integrantes mostraba incredulidad por lo difundido en la destacada conductora, la primera en criticar a este personaje que dicho sea de paso tenía el control de todos y cada uno de los espacios informativos locales. Nadie se había atrevido a criticarlo, porque se había convertido en el rey del silencio.
En la mesa de la esquina Valeria me esperaba cruzada de pierna con sus botas negras, una minifalda gris, blusa azul estampada con flores negras y su cabello color castaño medio alborotado, tal como le gustaba lucir porque se había convertida en una cazadora de miradas y lo hacía muy bien. Una carnada era la mariposa tatuada en la espalda a la altura de la cintura y cuando se agachaba ponía al descubierto el juego de colores. Estaba convencida de que estos sabores a los ojos duraría pocos años, por lo tanto debería aprovecharlos al máximo y odiaba que un hombre controlara esa parte, por eso mismo había dejado una estela de jóvenes inmaduros a su paso.
Valeria tenía un aliento a miel pero nunca supe si era natural o pastillas, sin embargo tengo que descartar esta última opción porque nunca le vi ninguna en su bolsa. Su piel era pálida, pero cuando mi lengua trazó la primera figura imaginaria en ella me supo a anis dulce. Uf, era tan delicada en su vestimenta y más en la ropa interior, porque gustaba de calzones de algodón recortados a media nalga, pero con el corte “v” en la espalda, para que cuando se agachara sólo se viera su tatuaje y no la prenda.
Me saludó con esa calidez que lo acompaña desde hace varios años con una sonrisa inmejorable y en la mesa ya me estaba el café americano del cual soy adicto. Siempre tuvo el tino de tratarme como si fuera el amor de su vida, pero lo hacía como una mera cortesía especial para mi porque había sido un gran apoyo en su vida, no sólo en lo sentimental sino en lo económico y aunque no debo decirlo yo la impulsé con todo a poner su primer negocio el cual se ha convertido en uno de los más prósperos en el área de mercadotecnia y publicidad. Sólo por eso me tiene una gran estima que me lo ha demostrado en algunos instantes en la cama, pero no he llegado al grado de ser su amante sino el depositario de sus caricias cuando le sobran y no tiene dónde colocarlas, porque nunca ha existido compromiso, ni explicaciones, ni reproches y menos ataduras. Sólo es humo de cigarro: lo aspiramos un instante y se va como si nada.
Valeria había entrada en lo años de extrema madurez, estaba mejor que años anteriores y su capacidad metal estaba más alerta, los estudios de diplomados y posgrado en historia le habían dado el toque adicional y demostraba que el cabello largo no está peleado con la inteligencia.
Por varios minutos hablamos de trivialidades y finalmente me comentó que entre su cartera de negocios estaba la universidad, pero tenía serios problemas porque desde ese instante recibía constantes invitaciones del funcionario mayor para ir a cenar, pero sabía perfectamente cuales eran sus intenciones y no quería ser una más en la lista, además no era de sus gustos y lo consideraba como un tipo vacío, frívolo, acomplejado con una doble personalidad y con ganas de ser siempre el centro de la tierra, el principio de la gravedad, de Isacc Newton.
Los ojos azul claro de Valeria eran siempre un imán y a pesar de ser una belleza en extremo no había tenido una pareja con la cual hiciera un compromiso remoto de matrimonio. Era liberal con prudencia. El movimiento de cruce de sus piernas me puso nervioso y se lo comenté, pero sólo encontré una respuesta sarcástica: es para ventilarme un parte de mi cuerpo.
Puedo entender siempre su proceder, porque yo tuve mucho en crear una mujer calculadora, práctica, sin rencores y alegre en todo momento. Jamás he estado celoso de sus parejas, porque lo sabe y me los ha presentado como su mejor amigo, confidente e impulsor empresarial, pero no les dice que también su amante ocasional. Ellos tampoco saben que él único temor que tiene Valeria es a los alacranes y su casa siempre está saturada de veneno en aerosol. Su peor pesadilla es con estos animales y cuando eso sucede despierta muy mal e incluso suspende sus actividades, porque los nervios la consumen y ve alacranes por todas partes.
Valeria me había citado para que la recomendara con varios presidentes municipales electos para colocarlos en sus carteras, pero creo que en el fondo quería compartir conmigo una anécdota llena de sarcasmo y burla: nunca te metas al jacuzzi del motel de la recta a Cholula y menos con el funcionario de segundo nivel de las oficinas que atienden el medio ambiente, porque uno de los dos provoca salpullido y te queda la piel como perro dálmata que te deja imposibilidad usar minifaldas por varios días, además de una comezón impresionante que cuando te rascas es casi un orgasmo.
FIN

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