lunes, 4 de octubre de 2010

Chocolate, chocolate

Existen algunas personas que sólo suelen decir mentiras cuando se les acaban las verdades, además una mentira dicha mil veces se convierte en verdad, pero eso sólo lo logran los mitómanos pero no hay que llegar a tanto.
La noche del segundo martes del mes, en pleno verano, Sara sintió un leve dolor de cabeza y quiso tomar un poco de aire fresco por la ventana. El bonsái de tulipán africano lucía espléndido y en una de sus ramas una hermosa mariposa totalmente desconocida posaba impávida, tenía en cada ala superior el número ochenta y ocho en colores rojo, blanco y negro como salido de una imprenta. Verdaderamente impresionante.
Sara miró contemplativa por unos segundos el pequeño animal, se acomodó el cabello lacio teñido de rubio castaño y se lo apoyó en la oreja. Su dentadura postiza se asomó por debajo de sus delgados labios, esa que le fue implantada cuando perdió la original al caerle una sandía mientras tomaba una siesta debajo de una mesa y desde esa fecha no había dejado de visitar al dentista cada mes, como una especie de maldición impuesta por una bruja malvada del cerro de Los Cascabeles.
La mariposa voló, se alejó de su ventana y el dolor de cabeza desapareció con ella, como si hubiese llegado exclusivamente a encapsular su malestar entre sus alas tatuadas de un 88 cada una y llevarse el mal que por arte de magia le había atacado.
En la oficina, el secretario particular del universitario leía con detenimiento la columna de Enrique, cuando el chofer le informó que el jefe estaba a punto de llegar. Su estampa de Pedro Infante apareció en las escaleras con paso apresurado y atrás de él todos sus asistentes, como el personaje de Miranda en la película de Madame Prada.
La entrada de Jaime mostró una mala copia de “Wicho Domínguez”: el saco abierto y el cuello de su camisa sin abotonadura como si fuera el comandante Quijano en la película de Todo el Poder. Una sonrisa de vencedor por el excelente control que tenía lo acompañaba. Nadie lo podía igualar.
Pidió su tasa de café y llamó a su consejero para que le diera un resumen de lo que habían publicado los medios y si el aprendiz de periodista, un verdadero oportunista del poder, había cumplido sus órdenes en su columna para lanzarle otro hueso al suelo. Un sorbo ligero a la tasa desinfectada con antelación relajó su cuerpo.
Ahora era dueño de mucho, de más, de conciencias y podía cumplir todos sus sueños, fantasías sin límites. Esta era la Puebla de las oportunidades la que da mirra y oro a los foráneos.
Solo, en su amplio despacho, tomó al azar un periódico y lo empezó a hojear hasta llegar a la sección de espectáculos en dónde un cabezal le causó más gracia: “Jorge Salinas hace el oso de su vida”. Colocó su mano en la barbilla y recordó aquellas fiestas de locura, de desenfreno, de pasión.
Todos llegaron a su casa, de justa medianía,  tomaron varios tragos mientras esperaban a las reinas y poder calentar el ambiente. Las damas hicieron acto de presencia y en menos de media sus prendas jugaron a perderse. Sus amigos le empezaron a gritar “Jimy haz el osito, haz el osito”. El sabía perfectamente el significado del “osito” y las presiones fueron tantas que él también se desprendió de toda su ropa e inició el rito con la posición pecho en tierra en la alfombra y sus amigos nuevamente le gritaron “osito, osito, osito”. Su boca buscaba algo, sus labios querían sentir el jugo de algo diferente hasta que arrastrándose llegó a la piel femenina y conoció las bacterias más letales, mientras le seguían aplaudiendo y cantándole: “osito, osito, osito”.
Una leve sonrisa salpicó su pícaro rostro, recién estirado por los doctores de la vanidad, al recordar esta anécdota y dio paso a las actividades del día, de los amarres que aún le faltaban para seguir con ese dominio que lo empezaba a desbordar y en su mente se comparó con su gran ídolo de la juventud: Pedro Infante.
Tomó el teléfono y derramó miel, era una mujer quien lo ponía delirante, que lo hacía regresar a sus momentos de adolescencia y actuar como tal, le preguntó qué se le antojaba comer y ella pidió un capricho: “quiero ese platillo que le recomendaste en la ciudad de México, en ese restaurante de Polanco”. Al colgar con su amor llamó a su secretario particular y ordenó que uno de sus asistentes se trasladara al Distrito Federal por la comida y estuviera de regreso a las cuatro sin excusas.
Por la tarde Mariana agradeció el gesto le dio un beso tierno, “no me debes consentir tanto, porque me vas a acostumbrar”, mientras se tocaba su voluminoso vientre que cada día crecía más y más. Ella lo había podido atrapar para siempre y había ganado la batalla frente a varias de sus competidoras, entre ellas Sara.
La noche del segundo martes el mes, en pleno verano, Sara cerró la ventana de su departamento y miró los árboles del parque de las letras que se mecían con el viento y recordó los bellos momentos que habían pasado juntos, pero también las tremendas discusiones que le provocaba la eterna infidelidad de Jaime.
Esa expresión tan distinguida, su sonrisa, apareció cuando en su mente revoloteo los gritos que le propinó a su “comandante Quijano” el día que encontró un mensaje en su celular de Laura, quien le agradeció “los momentos más cachondos que le habían regalado”. Esa ocasión le lanzó todos los platos que juntos habían comprado en el centro comercial.
Sara lo había aceptado con su compromiso a cuestas y por lo tanto lo suyo era algo discreto. Lo metía de contrabando entre sus sábanas. Era el juego de la humedad filtrada entre las paredes fracturadas, pero que cubrían cada rincón, cada espacio dispuesto.
Lo más peligroso que vivieron fue la noche abrió la ventana de su recámara para que Reynaldo entrara con el viento fresco de Cuyoaco, municipio en donde estaba el rancho de sus padres. Los dos se trenzaron en una lucha de caricias interminables, sus bocas besaron más allá de los labios y el juego previo fue intenso, caluroso, lleno de pasión expresado en leves quejidos que fueron alcanzando grados mayores en la escala de decibeles. Sara no pudo retener su sonido y llegó leventemente hasta los oídos de su padre, quien se acercó a su recámara y tocó la puerta con sus nudillos. “¿Estás bien hija, no te sucede algo, todo está bien? La mujer incendiada en las llamas de la pasión tragó aire, varias bocanadas para apaciguar su respiración y poder contestar: “Si papá, creo que tuve una pesadilla, pero estoy bien”.
Jaime brinco fuera de la cama, tomó sus calzoncillos y se los colocó sin quitarse el preservativo. Con la mano izquierda cogió pantalón, camisa y chamarra, mientras que con la derecha los zapatos y brincó de la ventana en medio de un espantoso frío del altiplano poblano.
Sara lo había perdonado de tanta infidelidad y culpó al maldito gen alelo 334, que según investigadores de Suecia, gestiona la vasopresina, una hormona que se produce naturalmente y afecta la estabilidad emocional de las personas.
En su departamento lamentó no disfrutar de la fortuna que Jaime había acumulado de manera exagerada en tan poco tiempo, pero esa vida no estaba destinada para ella. Nunca le gustaron los caballos y tampoco los alelos 334.
Fin

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