lunes, 4 de octubre de 2010

La media luna

Salió de su casa sin desayunar, con la panza de farol, pero con las enormes ganas de ayudarle a ganar a su candidata a presidenta municipal. La primera cita sería en el mercado del Moralillo a las nueve de la mañana ante un nutrido grupo de mujeres dispuestas a dar todo su apoyo por la mejor opción que el partidazo había designado. Las gotas de sudor le caían de su frente por el tremendo esfuerzo al pedalear una bicicleta rodada 32 con un peso superior a los 15 kilogramos. Se estaba abriendo camino en el difícil sendero de la política local y estaba dispuesto a empezar desde abajo.
Al llegar a la plaza sacó de su bolsillo trasero un pañuelo despintado por el uso rudo y secó las gotas de sudor que resbalan de su frente y de su cuello, se acomodó los hirsutos cabellos y sacudió su ropa. Buscó un lugar seguro para estacionar su bicicleta y ante la falta de un espacio apropiado la encadenó a una banda de fierro colado color verde en donde estaría segura por completo. Sin tener la intención, traía la cultura europea de viajar en un vehículo totalmente ecológico, pero en el fondo aspiraba a un vochito y tener un poco de caché ante la próxima mandataria del lugar.
El asistente miró alrededor y por más que buscó a su nueva jefa sus pupilas no la miraron. Tomó asiento junto a su vehículo ecológico,  sacó de su carpeta una revista, la abrió al azar. En la parte central se encontró con un reportaje de investigación sobre el origen del papel higiénico y mientras iba leyendo frunció el ceño cuando descubrió que los antiguos griegos se aseaban con trozos de arcilla y piedras, mientras que los romanos se servían de esponjas amarradas a un palo y empapadas en agua salada, en tanto los Inuit optaban por musgo en verano y por nieve en invierno, y para las gentes de zonas costeras la solución procedía de las conchas marinas y las algas. Se imaginó el dolor que le podría provocar una mala limpiada y esbozó una leve sonrisa.
Una  camioneta se estacionó cerca del lugar y de ella bajó una dama fresca con carisma regional y el asistente se acercó presuroso dejando a un lado su excepcional revista que lo estaba cultivando. Cargó la bolsa de la candidata, llena de cosméticos, de curiosidades propios de una dama. Ella saludó de mano a todos los asistentes, se subió al presídium y desde lo alto lanzó un discurso que arrancó los aplausos, las porras. Los compromisos estaban establecidos y para ello era necesario sellarlo con una rica barbacoa blanca, una salsa verde y tortillas salidas el comal, tal como era la tradición de las campañas políticas en espera de un mejor futuro para la comunidad.
Las elecciones estaban a la vuelta de la esquina y al asistente cada vez le costaba más trabajo llegar a tiempo a las actos políticos porque su vehículo ecológico no estaba diseñado para altas velocidades, pero eran las últimas horas del momento esperado para arrasar en las urnas.
La candidata pasó a ser la presidenta municipal y desde ahí administrar la riqueza de un pueblo sumido en la pobreza, lleno de zonas áridas pero rico en minerales como el mármol. El asistente pasó de ser un simple cargador de bolsas a uno de los puntales de la administración central. Dejó su humilde bicicleta para utilizar un vehículo automotor de la alcaldía. El futuro estaba a punto de sonreírle bien y cada vez mejor.
Todos los días ganaba puntos con su jefa y aun más en el plano sentimental, en los terrenos de lo prohibido, dónde la línea que los dividía podría cortarse de un momento a otro, porque los dos estaban necesitados de llenar ese espacio dedicado al placer, a las caricias, el intercambio de sonidos destinados a explotar entre cuatro paredes o en la cabina de una camioneta.
El punto de quiebra fue al término de una reunión en la ciudad de Puebla con todos los presidentes municipales para entregarles apoyos económicos. El festejo inició en la comida de un restaurante de la Juárez con un rico corte americano aderezado por unas cervezas y para rematar unos whiskys en las rocas. Las risas y los juegos de manos aparecieron como dos adolescentes, haciendo remembranza a esos años juveniles, tan llenos de emociones por el simple roce de piel, el choque de los alientos y las miradas cómplices. Sus labios rompieron la distancia y se entrelazaron en el primer beso de una relación que le traería mucho beneficio al conductor ecológico.
La entrada al hotel puso nerviosa a la presidenta, porque tenía miedo de que alguien la reconociera porque ahora era una mujer importante y conocida, una mirada ajena la podría delatar. Ella se fue al restaurante a tomar un café, mientras él fue a la administración a rentar una habitación, le mandó un mensaje para informarle que la esperaba en la habitación 123. Nuevamente se sonrojó, porque estaba cometiendo una travesura impropia de su puesto, pero en el fondo era una mujer como cualquier otra, con necesidades, con emociones, con fantasías y ganar de ser tocada nuevamente por unas manos masculinas.
El torrente de pasión fue el toque en ese cuarto de 600 pesos. Ella apagó la luz y encendió la llama de lo febril. Se dejó besar desde la frente hasta el último poro de su piel y pidió más movimiento. Le enterró las uñas en la espalda y casi rompe el tímpano de su amante que se había estrenado como tal hacía unos minutos atrás. La lucha fue feroz pero había ganado el primer raund. Él remató la faena con la frase que los marcaría por mucho tiempo: no necesito mi media naranja, porque tu eres mi media luna.
Su relación se mantuvo en secreto durante algunos meses, pero las sospechas cayeron como serpentinas en espiral y mientras los grupos políticos de la región se peleaban la sucesión él se la ganaba con el sudor de su cuerpo, sin importar los humos de las envidias.
El momento de la sucesión llegó y su trabajo amoroso encubierto rindió fruto, porque el dedo de la democracia lo señaló como el próximo alcalde del municipio que le sacó todo el jugo. Más adelante vendió su patrimonio político al aspirante a la grande y como recompensa fue designado candidato a diputado.
Cuando rindió protesta en la ciudad de Puebla llegó en una flamante camioneta blanca doble cabina cuatro por cuatro de modelo reciente de ocho cilindros y ya se había olvidado de esa vieja bicicleta en la que arribaba al palacio municipal apenas nueve años antes.
Nunca más se dio tiempo para terminar de leer el reportaje de investigación sobre el origen del papel higiénico en donde los antiguos romanos de las clases pudientes utilizaban lana bien empapada en agua de rosas, mientras que la realeza francesa utilizaba nada menos que encaje y sedas. La hoja de cáñamo era el más internacional de los materiales utilizados por los ricos y poderosos.
FIN

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