Ella mostraba su piel con toda confianza ante la lluvia de miradas. Sus hombros lisos estaban al cuidado de cremas nocturas y posteriores al baño. Las perlas de lluvia se podían quedar impregnadas en los delicados bellos que emanaban de su perfumada piel simulando una fina capa de terciopelo. La blusa de tirantes le sentaba de maravilla y mostraba un perfil más que perfecto, en donde destacaba desde la base hasta la imaginación extrema que se deslizaba para topar con una cintura capaz de ser ceñida por la distancia de un brazo. El camino interminable de belleza estaba copado por unas caderas moderadas pero rematadas por unas piernas torneadas por los propios artesanos de talavera poblana. Era un verdadero cromo.
El cabello negro de lisado de salón de belleza terminaba una cuarta abajo del cuello y alcanzaba a cubrir parte de las pecas que simulaban las estrellas en el cielo. Y que decir de los dientes grandes de perlas que se mostraban sin temor con las sonrisas constantes que regalaba.
Sólo tenían un defecto: una vanidad superflua que contrajo en el grupo de damas voluntarias del gobierno del estado y que perfeccionaba día a día. No era necesario un documento certificado ante notario en donde se estableciera su natural belleza, porque lo sabía de sobra y también de las intenciones de más de un funcionario por meterse en su intimidad y descubrir que más había detrás de los textiles que la cubrían.
Concepción era su nombre, pero odiaba que le dijeran Concha o Cony porque no se veía como un vulgar pan cubierto por pasta y ser devorada por cualquiera. Lo establecía con todas sus letras: Concepción, porque en los últimos meses se sentía concebida por la diosa de la belleza.
Era tan confortable seguir la luz que dejaba a su paso y el delicado aroma que hacía levitar unos centímetros y más cuando combinaba esa falda negra arriba de la rodilla y las zapatillas rojas del número diez.
Su gusto musical era ajeno a su forma de ser, porque prefería la arrolladora banda Limón que Madona, Beyonce, Bosé o el propio grupo Maná. Estaba loca por acudir al baile que se ofrecería el domingo por la noche en la población de Acatzingo y por un momento pasó por su mente buscar el número telefónico del dirigente del partido que era originario de ese lugar para pedirle un boleto, pero no estaba aun en las prioridades, porque sabría como encontrar una solución, además no tenía ningún trato con él.
Unos ojos color miel no dejaban ni un momento de seguir cuidadosamente casa paso de la chica de los tacones del número diez y a través de sus redes de información, que no eran más que los propios asistentes abyectos que siempre buscaban la forma de quedar bien con el jefe, conoció de su interés por ir al baile regional y sabía como llegar a ese tipo de mujeres.
La citó en su oficina y le pidió un trabajo de evaluación del estado en materia de pobreza y la inversión en cada uno de los municipios que fue sólo el pretexto. Le ofreció un café de exquisito toque traído de la sierra norte, del municipio de Zongozotla zona gurmet del aromático, y caminó por el sendero de la privacidad hasta llegar el punto establecido en su mente: el gusto musical. El funcionario de segundo nivel confirmó que gustaba de la arrolladora banda Limón y ofreció una lista de canciones del grupo, extraídas con una hora de anticipación del internet como un método de afianzar una confianza que tendría que ir creciendo hasta llegar a su corazón o a su debilidad: lo material.
Tendió la trampa precisa, porque del cajón de su escritorio sacó tres boletos y se los ofreció con la sonrisa de complicidad.
- Las coincidencias nos unen Concepción y la suerte está de tu lado
- No como cree licenciado, es usted muy gentil, pero no
intentó resistirse Concepción.
- Oscar, dime Oscar y no trato de apenarte ni mucho menos remató el funcionario.
- Me muero por ir al baile, pero no puedo aceptarlos- Segunda resistencia de Concepción.
- Eran para llevar a mis dos hermanas, pero ya no pueden ir y que mejor que estén en tus manos y por favor acéptalos porque de lo contrario lo voy a tomar como una grosería, -remató el funcionario de cadera inquieta.
No sólo aceptó los boletos, sino que también una cena el jueves siguiente en el restaurante de moda de la avenida Juárez.
Oscar sacó de su baúl de mañas las mejores y menos desgastadas estrategias para pavimentar el camino de la seducción para que el tránsito sea fluido en un futuro cercan, muy cercano de acuerdo con lo establecido. Sin embargo como la construcción de la célula, la avenida Atlixcayotl o el recinto ferial los tiempos no coincidieron con sus planes y tuvo que esperar un poco más y con una inversión mayor, pero todo valía la pena por conocer la hospitalidad de su piel, la cadencia de sus caderas y el calor más íntimo de la intimidad.
El jueves estaba reservada una mesa en la parte central del restaurante. El plan requería darle la confianza de que la cita no era de romance, sino de acercamiento y por lo tanto no era necesario encontrar la parte oculta del lugar. El segundo punto era sólo una botella de vino y sin exceder los índices de alcohol y el tercer, pero más elemental aspecto, hacerla sentir alegre con temas alejados de la oficina y más cercanos a la armonía. Concepción era fácil de llevar al terreno de la risa y lograron un momento de relajamiento sin proposiciones, sin lances porque éstos iban a ser al vacío y Óscar aun no tenía el paracaídas de la seducción.
No dejó de admirar su caminar, las dos veces que acudió al tocador. Su cabello negro tenía el movimiento más elemental de la atracción, seguido de su cadera en un vaivén delicado como barca en altamar. Podría ser fácilmente una modelo de comerciales de shampo, de pantalones de mezclilla o de bolsas de mano. Tenía que acceder a la hospitalidad de su piel, respirar su aliento y conocer los más leves, pero excitantes, sonidos que podrían brotar de esa boca enmarcada siempre por ese rojo que le proporcionaba su lápiz labial de Loreal.
Fue una noche placentera al grado que Concepción olvidó por un momento la resequedad de su cuero cabelludo que le provocaba una comezón vergonzosa y sólo en la intimidad de su habitación se extraía partes de piel muerta que acababa con todo el glamur, sensualidad y elegancia que presentaba a la sociedad en general.
Se sucedieron varias salidas e incluso una noche se atrevieron a ir a un cantabar en la colonia de San Manuel en donde los dos rompieron con la barrera de los peros y los porqués. Concepción dejó que su dedo menique juguetera con el de Óscar en una peligrosa aceptación de ser una amante, porque sabía perfectamente que él era casado, pero el argumento de él era que mantenía su relación por sus hijos y no por su esposa, porque la chispa y el amor habían pasado a un cajón del olvido.
Oscar la llevó a su casa, a las tres cuarenta de la mañana, y antes de introducir la llave fanal a la cerradura la tomó de la cintura, que tanto le gustaba, y le acercó su cara y pegó sus labios a los de ella en espera de un frontal rechazo, pero encontró accesibilidad y complacencia, pero sólo ofreció tres minutos de pasión labial y nada más. Esto era suficiente para él en un camino que no tenía retorno.
Las siguientes citas fueron más cercanas, sin llegar a la intimidad porque Concepción sabía en que momento tenía que suceder, además el juego de espera le había traído muchos dividendos materiales y ella estaba fascinada incluso con la bolsa Lui Buitton que estaba esta estrenando.
Una tarde de viernes la sacó de la comodidad de su casa y la llevó a la zona de Angelópolis. Primero pasaron por un helado de yogurt natural y lo fueron saboreando lentamente y por un momento Oscar tuvo celos del helado porque esa lengua de Concepción hacía unos movimientos eróticos sin que se lo propusiera.
Llegaron a la joyería de Enrique Torres y Oscar pidió que le mostraran una joya exquisita: un collar de oro rematado por un elefante de brillantes, se lo colocó en el fino cuello saturado de channel y dio la estocada: te ves mejor que una princesa, es tu regalo sólo por el hecho de darme un poco de ti. Concepción perdió el sonido por unos segundos y se lanzó a los brazos de su galán, porque se percató del precio y era superior a los 45 mil pesos.
El funcionario sacó la tarjeta de crédito para pagar, pero por alguna razón no pasó y el dependiente le dio la mala noticia. El interesado sacó su chequera y colocó el precio de la joya, lo firmó y se lo extendió.
- Lo siento, me da mucha pena pero no aceptamos cheques, se excuso el empleado.
- No puede ser es el regalo para la mejor mujer del mundo, ¿que podemos hacer? exclamó Oscar.
- Hasta mañana que abran los bancos lo podemos cobrar y entonces le entregaremos la mercancía, ofreció el dependiente.
- Me parece perfecto, pero mientras no vaya a vender la joya y que se le quede el cheque, -concluyeron la negociación frente a la interesada.
Esa noche Concepción dio paso a los besos más alocados de Oscar que cubrieron cada poro de ella. El departamento de soltero estaba listo con flores, vino y pasión guardada por varios meses. En dos ocasiones se sofocaron, les faltó el aire y les sobró sudor. Fue una noche pletórica, pero el reloj les informó que las tres de la mañana era momento para la separación momentánea.
El lunes siguiente Oscar recibió la llamada de la joyería Torres para informarle que su cheque había sido rebotado por fondos insuficientes y era necesario otra forma de pago y la respuesta fue seca, contundente: no se preocupe, si quiere rómpalo ya me la tiré.
Fin
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