lunes, 4 de octubre de 2010

Pediculosis

Quien vive en la Loma vive más, quien vive en la Loma es el universo.

Claro que no me da vergüenza; sí tuve piojos, pero fue de pequeño y yo no fue mi culpa. No era el hecho de tenerle miedo al agua o al shampo matabichitos patudos, sino causas circunstanciales que más delante te confesaré. Mi nana llegó de una comunidad alejada, al otro lado del río. Dicen que venía huyendo de sus papás, quienes la querían casar con el hijo del dueño de la pulquería y como tenía sueños de grandeza decidió escapar. Su futuro estaba escrito con calca, porque después de unos meses de haberme cuidado se juntó con un vendedor de jitomates que iba de pueblo en pueblo y terminó peor que su chacha, porque fue víctima de las borracheras de envidia del maldito marido: golpes, maltratos, humillaciones.
Mi mamá me comenta que se llamaba Estela y dice bien al explicar “se llamaba”, porque luego de su negro destino sólo duró un año y medio. Poco a poco se empezó a secar hasta quedar como una rama de durazno  y un día el viento de otoño la dobló, la quebró y bien pudo caber en caja de huevos, eso si bien acomodada, en lugar de un ataúd.
De la tal Estela no me acuerdo ni de su cabello, pero me dicen que estaba enamorada de mi y decía que le hubiera gustado nacer al mismo tiempo que yo para que nos casáramos y tuviéramos muchos hijos de ojos piripituchos. Que bueno que nunca nos encontramos, porque a mi no me gustan los hijos y basta con soportar a los sobrinos que me visitan cada quince día y utilizan mi sala como cuadrilátero. Suben sus patotas, tiran sus juguetes, me han roto los vidrios de mi ventana, han inflado mis condones de colores y sabores. Lo peor de todo, que cuando tengo ganas de colocarles un reverendo chingadazo la mirada penetrante de mi hermana me reprime y como la quiero mucho tengo que esconder mi mano educadora, pero si por mi fuera ya les hubiera sumido la mollera.
En mi cumpleaños anterior mi hermana me dio la libertad del regalo, que yo lo escogiera y le pedí una hora con sus hijos. Solos ellos y yo para convertirme en el judicial de la novela del “Complot Mongol” de Rafael Bernal y torturarlos, pero con arañas y sapos. Era el mejor castigo que les podía propinar, pero terminé por conformarme con un libro de Jorge Ibangüergoitia y unas pastillas de valemadrina que me autoregalé, a fin de soportar las sandeces de unos enanos que no respetan ni a su madre. De verdad que ya no los hacen como antes.
Creo que hubiera soportado más a los piojos, que a las liendres que tengo por sobrinos quienes osan llamarte “tío felipón”. Y no puedo decirles: felipón su chingada madre, porque es mi hermana. Nada más cierto que la décima de “los sobrinos” que interpreta un veracruzano que seguramente tiene la misma mala suerte que un desgraciado servidor.
Dice mi madre que Estela llegó hecha una bola de mugre, porque no se había bañado desde hacía varios días y como consecuencia de ello había una comunidad respetable de piojos entre su cabello negro azabache. Como me quería mucho me abrazaba con fuerza a su pecho, le gustaba dormirse conmigo porque mi cuerpecito era bastante cálido y así fue nuestra relación hasta que las consecuencias fueron visibles: por mi pelonera comenzaron a patinar algunos piojillos flacos y desnutridos, pero eso si, güeritos, güeritos.
Estuve a punto de cambiarle la vida a Estela, porque cuando su borrachín le presentó su propuesta indecorosa tuvo una fuerte lucha interna entre él y yo. Por supuesto que la calentura de Estela estuvo del lado del borrachín, quien se la acabó con puras preocupaciones y no con encamadas y ensabanadas como lo mandan las santas leyes de los machos dispuestos a hacer felices a muchas mujeres y no caer en el egoísmo de centrarse en una sola.
Pero, ¿qué tanto miedo le tienes a los piojos?, si son animalillos que se mueren con unas cuantas bañadas con shampoo especial. Además, ¿crees que un día me levanté, con esta carita de ángel, y le pedí con fervor patrio a los Santos Reyes Magos que me trajeran unos cuantos piojillos para que mi cabeza pelona y güera no estuviera subutilizada? Sí ni siquiera cuando les supliqué  un pinche camión de volteo y una pelota de parchis me pelaron, crees que se iban a preocupar por conseguir este material patudo, peludo y chupasangre. PUES NO.
Los piojos son pequeños insectos que viven y andan por el pelo. Son de color gris, café, o negro y pueden ser difíciles de ver, dice la internet, pero yo los retó para que comprueben la existencia de especimenes güeritos.
Otra vez te digo, porque tanto espanto si los piojos mueren dentro de 24 horas en caso de no encontrar una "comida" y además no son un peligro de salud o una muestra de mal higiene y no son responsables por la propagación de enfermedades.
Así que no me critiques por haber padecido alguna vez pediculosis, de lo contrario no te cuento cuando, por esperar a mi hermana a que saliera de la escuela, me ganó en mi pantalón. Te morirías de la risa de lo que hice, pero por seguir burlándote, ya no te cuento nada ojos de caramelo.

FIN

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