Llegaron los dos de la mano. Bajaron de la suburban blanca que él mismo manejaba, porque no quería que el chofer tuviera registro de la casa que le iba a regalar a su bella amada, justo en una de las zonas de mayor tranquilidad de Cholula, el fraccionamiento Zerezotla, para que su amor estuviera libre de los ojos y bocas ajenas que todo critican, todo derriban con las lenguas envenenadas y dispuestas a derribar castillos de ilusión.
Altivo como siempre lo fue desde que conoció el poder al conducir una de las universidades más importantes del estado, con ese rostro de chupa sangre, de vampiro, ojos cubiertos por un exceso de ojeras y el maldito gusto por los plumas más caras.
Magui pegó un salto y se pescó del cuello del hombre de la política, lo empanizó a besos. En su mida estaba un haz de luz que no se puede ocultar ni con el cielo más nublado. Era lo que siempre había soñado: una casa tipo residencial, en un conjunto privado y sólo por ofrecer su bello y joven cuerpo a un hombre que le sacaba 20 años de diferencia.
Les entregaron las llaves y Magui lanzó sus zapatos lo más lejos que pudo y sintió lo frío del piso de madera, avanzó unos pasos y posteriormente se tendió bocabajo para absorber el olor que desprendía, dio la vuelta y extendió sus brazos para que su amado llevara al encuentro. Lo besó apasionadamente sin dar tiempo de nada, le desabrochó la hebilla de su pantalón y abrió su blusa para que el Vlad Tapes de Puebla se perdiera en su pecho.
Por eso le había fascinado desde el primer momento, porque algo presentía y al cabo de varias salidas y unas copas comprobó que llevaba un volován en erupción dentro y sólo bastaba unas caricias bien dirigidas para probar del temperamento con el que había sido matizada.
Así estrenaron la casa aunque no lo había planeado de esa forma. La idea era llegar a la recámara principal y poco a poco arrancarle la ropa con una luz que penetraba por la ventaba.
Una casa y automóvil a la puerta era el precio que había que pagar por ser una amante y estaba dispuesta a ceder. Ella estaba joven y de buena estructura ósea, mientras que él ya no tenía la vitalidad, pero aun respondía ante esas piernas largas y esbeltas que le daba un buen toque a cualquier minifalda que se colocara, con o sin zapatillas.
Magui sentía el hervir de su cuerpo de manera frecuente, mientras que el universitario vampirezco, ese que soñaba con ser presidente de la República, sólo apagaba de vez en cuando el fuego y ella quería una piel desnuda de manera frecuenta a su lado.
Ese calor se desbordó sin que lo pudiera remediar, como le leche en ebullición sobre la hornilla de la estufa, y quemó a ese vecino que vivía sólo a dos casas de la suya. Sorbió el licor de su cuerpo y propició los más excitantes ruidos que hacía tiempo había reprimido.
Primero fue en la casa del vecino y otras fueron en la suya, cuando el benefactor salía de ella. Cuando el universitario, que quiso ser diputado, que quiso ser presidente municipal, que quiso todo y terminó de comentarista insipiente en la radio, creía tener el control de todo una señal en su corazón empezó a sembrar la duda en su corazón.
Un jueves por la mañana apareció de sorpresa, abrió la puerta con el menor de los ruidos y visitó cada rincón hasta que encontró lo que no tenía que encontrar: un preservativo usado.
Sus ojeras se inflaron de un rojo intenso, su amplia muy amplia frente emitió vapor, su dentadura de vampiro comenzó a emitir un sonido de cascabaleo y le arrancó las cobijas a Magui. Le exigió la verdad y sólo recibió la mentira que jamás se tragó: era de unos amigos que llegaron a su casa, bebieron un poco y se metieron a la recámara contigua.
Ella jamás se retractó y él, explosivo como siempre lo fue, le atendió con una docena de golpes. No era la primera vez que se salía de sus casillas e incluso a una amante anterior se atrevió a sacarle una pistola escuadra y se la colocó en la sien. Un Vlad Tepes en potencia.
El ministerio público recibió a la mujer golpeada y al conocer los hechos llamo, de manera diligente, al universitario para que acudiera de manera voluntaria. Así lo hizo y entregó su palabra de que no le volvería a poner una golpiza, pero la noticia no tenía que salir de su oficina. Su reputación estaba a merced del agente quien sabía que este favor se podía cobrar muy caro más adelante.
La dama de Zerezotla sucumbió a dos realidades: la fuerza de los puños de un universitario y el no perder los privilegios que le daba ser amante de un influyente universitario.
Hoy se consuela con ser la dama de Zerezotla y pocas veces da rienda suelta a su pasión lejos muy lejos, porque la amenaza siempre le pesa en su mente y más en su bolsillo.
El hombre que un día soñó con ser presidente de la República espera despertar de su letargo y sólo hace una reflexión de la política. Consulta a su bolsillo y abre la boca.
Nada como el oropel de un cargo…..
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