lunes, 4 de octubre de 2010

Cuéntale que te conocí bailando

Mientras tomaba esa rica tasa de café americano, a cuatro metros de la mesa en donde esperaba a Marcia, observó la cara de un roedor que se asomó de su madriguera, sus pequeños ojos brillaron en la luz tenue de la tarde de abril y su cuerpo quedó inmóvil unos segundo mientras se cercioraba de la inexistencia del peligro para llegar a la entrada trasera del restaurante chino en donde saboreaba el desperdicio de comida, pero para el pequeño animal era un manjar.
Encendió un cigarro y el humo hizo que se alejara un sancudo que hacia algunos minutos estaba rondado a la presa en busca de un a cena sanguínea para descansar un poco y tener la esperanza de vivir la semana de vida que les corresponde, si antes no mueren en manos de un insecticida. Recordó sus épocas de estudiante de secundaria cuando fue a la casa de su compañera Belinda a hacer la tarea y justo el tema fueron la información general de los zancudos que las hembras por lo general son más grandes que los machos, que tienen antenas tan finitas como hilo con unos pocos pelos, sin embargo los machos tienen antenas peludas. Fue su primer beso gracias a la investigación de los insectos.
Los tres buscaban una presa: el roedor algo de comer, el zancudo algo que chupar y Federico alguien a quien besar toda la noche y parte de ella.
En el quinto sorbo de café una voz cerca del oído le dijo “hola corazón, perdón se me hizo un poco tarde” y le cerró un ojo en señal de consentimiento.
La distracción de Federico en los animales no le permitió escuchar con atención el sonido de los tacones de Marcia, el cual lo tenía perfectamente identificado y era tan diferente al caminar de otras mujeres. Sus labios estaban pintados de un toque serio, un tanto oscuro, una chamarra de piel negra, falda ejecutiva y botas que le llegaban debajo de la rodilla y al cruzar la pierna le daba un toque de sensualidad.
Los dos continuaron la plática que horas antes había iniciado a través del Messenger, pero ésta fue más delicada sin las expresiones cachondas que la comunicación virtual se los permite. Los dos sentían esa barrera, pero también estaban seguros de que en algún momento se tenía que romper.
Sus manos ganaban terreno sobre la mesa y los dedos meniques terminaron por chocar entre ellos y el juego del toque de piel inició. Federico sentía unas ganas enormes de morder sus labios y Marcia ansiaba conocer sus besos y si ese era parte de su secreto, de su encanto con las mujeres.
Las primeras cartas del póker ya estaban en la mesa y sólo era prudente esperar, pero jamás de los jamases cerrar el juego para la siguiente ronda.
Ella sabía perfectamente que Federico tenía compromisos con otra mujer, pero algo le llamaba la atención y quería averiguarlo por ella misma, porque estaba segura de que sólo iban a ser unos momentos de diversión para los dos. Ella mismo lo había planeado y por eso siempre dio la esperanza, siempre tiró el anzuelo aunque le hizo creer él había comenzado todo.
Federico, hombre de la tierra del mole de caderas, fue un caballero la primera cita y al despedirla frente a su casa y sentir le firmeza de su busto contra su cuerpo le dijo al oído que su aliento era tan delicado como un vino de la rivera del Duero.
Es un adulador, pero esa es su carta de presentación y me gusta como me trata, se lo confesó a su amiga. Las dos pasaron horas platicando del tema y del momento en que Federico le pidiera algo más que un beso, un rico momento de…
Marcia, calculadora y meticulosa, todos los días soltaba un poco de cuerda al cometa para que se elevara un poco más por el cielo, hasta que él se sintiera tan alto y entonces tener la necesidad irresistible de tocar tierra.
Un viernes por la noche salieron a tomar unas cervezas y ya sus bocas se estrechaban entre si, ya sabían cada uno de las bondades de sus labios y ninguno de los dos estaba arrepentido de las labores tan delicadas con esta parte del cuerpo.
La subió a la camioneta y la llevó a su casa, pero el trayecto se hizo largo y un parte oscura los incitó a tocar más allá de la cara y la mano de Federico se perdió debajo de la blusa de Marcia, quien entregó como respuesta una respiración agitada, marcada por una necesidad de tener algo más que unas manos recorriendo su busto y más allá.
El calor de sus cuerpos sufrió un tremendo choque con la realidad al ser descubiertos por unos policías que hacían el rondín de costumbre y vieron un vehículo blanco con los cristales con tendencia a empañarse. Marcia se acomodó su blusa y trató de quitar esa cara de excitación, mientras él bajó del auto para llevarse la mano a la cartera y entregar el salvo conducto a los uniformados quienes recomendaron ir a un lugar más seguro. El momento se había cortado.
La fusión de dos cuerpos quedó pendiente, la entrega de ese aliento recorrer la blanca piel estaba en la lista de las prioridades.
Dos semanas los separó y un viernes por la noche Federico aceptó la invitación de un amigo para acudir a la Lotería de la 31 oriente. Mientras pagaba el derecho de entrada observó en la pantalla del lugar mensajes de felicitación para Juan Amador por su cumpleaños. Avanzó cerca de la pista y sus ojos se centraron en una mujer de botas negras que bailaba más allá de la sensualidad el reguetón del momento. Era Marcia que entregaba sus movimientos a un hombre que se dejaba llevar por esas caderas que mostraban el talento que estuvo a punto de conocer y aun tenía la esperanza de ello.
Federico regresó con el acomodador de coches y pidió el suyo. Al día siguiente, por la tarde, estaba nuevamente en el café en espera de ver pasar nuevamente al roedor salir de su madriguera hacia el restaurante chino. Terminó un americano y pidió otro pero esta vez descafeinado, aceptó dos llamadas a su celular sin perder la mirada por donde alguna vez vio correr al ratoncito de ojos pispiretos. Pagó la cuenta y se fue con la idea de que ya no existía más en este mundo como sus ilusiones por estar con esa mujer de caminar único y de beso explosivo.
Varios años después se encontraron nuevamente en la red y Marcía le preguntó porqué en esa ocasión en que la policía los sorprendió en el vehículo blanco no la llevó al motel. Federico guardó silencio y sólo le dijo que el tiempo pasa, pero no las ilusiones. Ella intentó recordar sus besos pero no lo logró y consideró que aun era tiempo para otro intento, por lo menos con un café…
La madriguera cerca del restaurante chino albergó a un nuevo inquilino.
Fin

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