El repicar de las campanas era en principio un deleite, el tañido le dio un toque de armonía a su café amargo mientras miraba a la gente pasar. Desde la mesa de Royalti la vida parecía tener esa levedad con un toque de pereza y no tiró ni una mirada a su nextel para cerciorarse de alguna alerta como lo hacía de manera sistemática.
Se acomodó la escasa cabellera y dio un nuevo sorbo a su café. Luis Paredes tenía razón: era un lugar espléndido para conocer de la belleza de las poblanas y el encuestador lo estaba constando con prestancia.
Su mirada estaba turbada y por ende su mente había abandonado el lugar y viajaba por galaxias cercanas hasta que un amable saludo lo hizo regresar en cuestión de segundos. Su figura larga tenía los toques delicados de una mujer de calidad. El pantalón de mezclilla, azul marino, le quedaba justo, la blusa blanca y el saco gris dejaban a la discreción el toque delicado de su busto.
- ¿Licenciado Leroy de la Campiña?, saludó tímidamente.
- Si, claro con quien tengo el gusto, respondió al tiempo de levantarse de la mesa.
- Hola, soy la asistente del licenciado Manuel, me pide un poco de paciencia porque está terminando una reunión con el gobernador respecto al partido.
- No se apure, la verdad estoy disfrutando el paisaje y creo que las cosas mejoran.
Marlén le regaló una sonrisa y fue la estampilla en la postal. Leroy consideró la mejor sonrisa que había observado en varios años y tenía la fortuna de viajar de manera frecuente por todo el país para atender cuestiones de mediciones.
El movimiento de sus manos lo trajo loco, porque cuando ella se refería a si misma ponía la yema de los cinco dedos sobre su pecho y lo retiraba a los pocos segundos y repetía la operación de manera frecuente. Otras damas se tocaban el cabello, pero Marlén era un tanto distinta y hacía esto sin conciencia de ello.
El maestro de las mediciones seguía discretamente el movimiento de sus manos y de su boca. Estaba hecha para el puesto en el que estaba: encargada de relaciones del partido, porque poco le importó si el presidente se incorporara una hora posterior. Discutieron el tema de realizar unas encuestas para tener el posicionamiento de los políticos que aspiraban a diputados y el líder tricolor lo llevó personalmente a su hotel.
En el trayecto Leroy observó con detenimiento el complejo de Angelópolis y el silencio invadió la camioneta. Colocó su mano derecha sobre su barbilla y nuevamente perdió la mirada, porque su mente estaba infectada por la imagen de un pantalón de mezclilla azul marino.
Al día siguiente regresó a México a preparar la vitrina metodológica a emplear y la presión de otras encuestas le hizo modificar su imaginación. Marlén ya no estaba dentro de las prioridades de las próximas horas.
Leroy habló por teléfono con el presidente del partido para informarle que ya estaba lista la propuesta y llegaría a Puebla el jueves por la noche para cenar en el restaurante del hotel en donde se hospedaría. Menuda sorpresa fue ver nuevamente a la mujer de los pantalones de mezclilla azul marino. Sus ojos orbitaron y un suspiro se elevó como el vapor del café que ya había solicitado a la mesera de piel morena que se movía pausadamente.
Marlén se mantuvo discreta en la mesa de negociación sólo como la dama de compañía en la que se había convertido. El acuerdo fue satisfactorio y ordenaron la cena: unas rodajas de jitomate bañadas con salsa de carne para la dama y carne para los caballeros con una botella de vino tinto español al centro y remataron con plátano asado como postre.
Esa noche estaba Armando Manzanero en el Teatro Principal y Leroy ya contaba con tres pases, sin embargo el presidente del partido se disculpó porque tenía que alcanzar al gobernador para extenderle los datos de dicha reunión así que le solicitó a Marlén que acompañara al invitado de honor y lo atendiera como se debía.
Leroy observó nuevamente las bondades de la mujer. Ese pantalón sastre también resaltaba su cadera, el cabello suelto bajaba más allá de sus hombros y la sonrisa dejaba ver esos dientes bien cuidados producto de cuatro años de brakets.
El encuestador se redescubrió un buen conversador y el tono de su voz fue agradable a la mujer 20 años más joven que él. Dieron la vuelta al mundo con sus comentarios y coincidieron en la belleza de Barcelona y su rambla asestada de turistas de todas partes. De lo increíble que sabe una tabla de jamón serrano en ese mercado exclusivo de carnes frías.
La plática encontró una pausa al llegar al teatro Principal y se dirigieron a los asientos destinados para ellos. La canción de “mía” puso a temblar al encuestador y se imaginó preguntando a cada poro de su cuerpo: si el acercamiento carnal fuera en estos momentos ¿qué parte de su cuerpo te gustaría tocar primero? Y el resultado sería 30 por ciento de los encuestados dirían sus labios, 30 por ciento la cintura, otro 30 por ciento sus pechos y el resto sus manos.
Marlén no estaba a disgusto con atender a este personaje y sabía que su papel era ser cuidadosa en el trato. Al salir del teatro esperaron medio hora en la antesala a esperar que la lluvia aminorara, porque se había soltado una fuerte tormenta y aprovecharon el momento para seguir explotando el sentido del humor que ambos habían pescado esa noche.
Leroy la fue a dejarla al hotel en donde había dejado el coche y antes de la despedida ya habían propuesto desayunar al día siguiente, sin embargo Marlén cambió la cita para una cena. Esa noche fue exquisita para él y se sintió un adolescente en su primera aventura de amor.
Los dos empezaron a prender esa mecha que puede incendiar un país entero si no se cuida a donde va la flama y más cuando en la mesa estaba dispuesto una botella de vino tinto de cuerpo robusto, el cual abrió camino a lo inevitable… otra botella más y el juego con las manos que terminó por convertirse en un juego de villanos.
Subieron el cuarto en el cual se hospedaba y ella se dejó llevar los primeros instantes como una ingenua pueblerina ajena a las cuestiones amatorias y poco a poco fue ganando terreno hasta mostrar a la fiera en la que se convertía ante la escases de luz. Leroy sucumbió a los movimientos intensos que le propinaba esa amplia cadera hasta conocer el sabor de la miel.
Esa noche firmó su contrato para convertirse en favorito del poder para medir preferencias y entregar cifras convenientes por la coyuntura.
Esa noche firmó su contrato con esas caderas que lo hicieron ver las estrellas.
Esa noche perdió todo.
Fin
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