El olor de la guayaba invadió la cocina y fue la suculenta invitación a tomarla entre las manos, absorber su aroma, mirar esa redondez y la tersura tan delicada. Su boca se acercó lentamente e hizo un nuevo esfuerzo por retener su aroma en la nariz y finalmente apretó sus dientes a la fruta y al momento de paladear cerró los ojos para un mayor disfrute. Su cabello lacio la caía más abajo del hombro y ese día se sentía especialmente bien. Su hija había sacado una calificación muy buena en la escuela primaria y su marido estaba destacando en la política poblana en el área de relaciones públicas.
Sólo estaba dedicada al hogar y sus aspiraciones profesionales habían sido suspendidas en aras de cimentar el matrimonio que por un momento parecía ser endeble y no por ella, quien había mostrado sumisión al grado de aguantar los golpes de su marido. Sin embargo estaba a punto de descubrir algo peor que la iba a dejar totalmente desarmada en la guerra del amor.
Él, una persona que había vendido a la perfección la imagen de un hombre pulcro, de tener altura en su trato y de retratar hermoso en la pantalla chica, sabía que lo criticaban constantemente por su altanería, de tacharlo de mamón y aún así lo disfrutaba, porque sabía que era totalmente cierto, era su caparazón ante la sociedad y evitar ser lastimado por sus gustos sexuales.
El partido le estaba agradecido por su trabajo, por la entrega, por ese perfil que tanto había estado buscando durante años y por fin lo habían encontrado en Puebla sin tener que recorrer el mundo para localizarlo.
Cuando llegó a su nueva casa, una residencia por la zona de Zavaleta, el olor de la guayaba aun estaba presente en esa magnífica cocina moderna con acabados tipo talavera. Ya no le importó el juicio que le entabló su hermano lo hubiera perdido y la casa de sus papás pasara a manos de uno de los de su sangre, el que la reclamó.
La maldita escena ya se le había borrado en su mente, esa que tanto le habían criticado los suyos y los vecinos que observaron la tragedia cuando en un arrebato de ira y grandeza lanzó las pertenencias de su madre y de su hermana a la calle para quedarse con la casa que por tantos años le perteneció a sus padres.
Las dos mujeres indefensas se refugiaron con un familiar cercano y comenzaron un negocio modesto de manualidades para tener dinero y rentar un cuarto, mientras el hijo pródigo disfrutaba del espacio que en años anteriores reinó la armonía, mientras el papá conservaba la vida.
El olor de la guayaba era el toque de su esposa. Ese aroma lo quería impregnar hasta en los vidrios, porque le daba una tranquilidad inmensa y con ello se olvidaba de las escenas horribles como aquella cuando se enteró que su marido la engañaba con una compañera de trabajo y en un arranque de celos subió al auto y se trasladó a la zona de la paz a defender, como gata, lo que le pertenecía y como respuesta encontró a un marido iracundo y ofendido por pretender hacerle un escándalo en su área laboral. Él la tomó por la fuerza, la arrastró y la metió al vehículo. En casa las cosas no fueron menores y la amenazó que si tanto quería defender a su hombre que se preocupara más por su imagen. Le reprochó el exceso esa grasa abdominal que estaba acumulando, de la falta de pasión en la cama y le advirtió que si intentaba nuevamente esas tonterías, no sólo la iba a dejar en la calle sino que le iba a quitar a su hija. Ella tembló porque sabía de los extremos de su marido, de la pérdida del control y que efectivamente lo podía cumplir.
La siguiente vez que se enteró de la infidelidad de su marido no hizo lo suficiente por alterar su humor y se quedó callada, sin embargo la maldición le acompañaba. Ella fue la víctima de la nueva amante de su marido, quien salía de sus casillas cuando el alcohol le invadía y tenía alucinaciones y delirios.
Una tarde de mayo mientras esperaba a su hija de la escuela recibió una llamada a su celular y era la nueva conquista del marido quien le exigió que lo dejara libre, porque los dos estaban planeando vivir juntos. Sus ojos se llenaron de lágrimas y esta vez ni el olor de la guayaba la pudo consolar y así, en esa lúgubre escena, el marido la encontró por la noche y le esta vez no le reclamó, sino le suplicó que ya no le hiciera más daño o cuál era el error que había cometido si hacía todo lo posible para agradarle y que no tuviera quejas de ella.
El marido sintió que la ira le llagaba hasta la punta de su nariz afilada, salió de su casa a toda velocidad y llegó al departamento de la nueva amante y la discusión invadió cada espacio al grado que él no controló más su enojo y la golpeó, la humilló. La mujer se quedó con su llanto, enroscada en su cama, con las lágrimas y con una copa en la mano para atenuar la tragedia, su propia tragedia. Entre los sollozos planeaba la denuncia penal que al día siguiente iría a presentar y quedarse con la idea de justicia, esa que nunca llega.
El olor de la guayaba era el único consuelo de la esposa y se había hecho a la idea de soportar por siempre el sentido alegre del marido, de ser una cadera inquieta, un coqueto en potencia, pero sólo le había pedido que si lo volvía a hacer fuera en la completa discreción y que no se consiguiera locas.
El secreto lo tenía perfectamente guardado para ella, porque en el resto de la sociedad era un rumor que invadía con el moho en la humedad.
Esa tarde el político moderno, serio, galán y con el traje Armani, que compró la semana anterior, se trasladó con su pareja de siempre, la que tenía guardada durante meses enteros, con quien compartía experiencias totalmente distintas, ajenas a los ojos, a las críticas ácidas, de las envidias que pululan como parvadas de cuervos.
La pareja romántica abordaron el automóvil y llegaron hasta el departamento que habían rentando meses atrás. Era su secreto mejor guardado.
Era una urgencia por tocar la intimidad, por empezar ese juego de manos, de lenguas jugueteando como dos espaguetis entrelazados. Los tragos que habían consumido en el restaurante los había puesto espléndidos para el momento. Nada mejor que un preámbulo de caricias para llegar al clímax.
Los besos fueron intensos, extremos como si la maldición de los mayas estuviera cerca y eran los últimos instantes para desprender su lujuria atrapada entre la piel y la carne.
Terminaron exhaustos y sus miradas dieron el toque final, porque no se podía encontrar tanta ternura salida de esos ojos. El político no sabía si en verdad era amor o sólo capricho al experimentar una sensación totalmente distinta a las demás relaciones que había consolidado en su carrera.
Salieron del departamento y la vida empezó a ser nuevamente una mascarada para los dos: él un padre de familia y la pareja un asistente, su asistente. El tiempo los unió, pero fue el mismo tiempo que los separó por diferencias de trabajo que acabó con esa relación de varios años, en donde los dos jugaron al sexo diferente, escondidos siempre en el closet.
El olor de la guayaba fue insuficiente para calmar las lágrimas de la esposa abnegada quien no sólo tenía que cargar la pena de infidelidad, sino de los gustos sexuales de su marido, el pulcro político del momento.
El olor de la guayaba se perdió en la falsa decencia de la vanidad.
FIN
No hay comentarios:
Publicar un comentario