El andar de dos personas mayores altas de piel blanca, sombrero y paliacate al cuello, robaban las miradas en el modesto mercado dominical del pueblo de Ahuacatlán. Su paso era firme, seguros de sí mismos tal como los había visto en las películas con esa fama de héroes rurales que se habían ganado a pulso en cada una de los trabajos cinematográficos. Eran Mario y Fernando Almada.
Los tenía frente a mi y era el momento ideal para vengarme de ellos, para ofrecerles sólo una pequeña muestra de mi dolor, anestesiarlos con varias cervezas y una botella de brandy, además de recordarles a las bellas mujeres con las que compartieron escena, sin tener la oportunidad de ir más allá y esperar su respuesta lacónica: no me toques ese son.
Mi enojo data desde hace varios años, cuando estaban en la cumbre de sus carreras, en la gloria de los momentos más sublimes de su profesión. Sus películas hacían vibrar a más de mil mexicanos en cada uno de los rincones de nuestro alicaído país, en donde el gobierno vendía la idea de estar en el despegue hacia la cumbre de las naciones de primer mundo, en la carrera de la abundancia. Fue un momento de falsas expectativas y enriquecimiento explicable de las personas que ocupaban los mejores cargos.
En los pueblos apartados de la civilización, la pobreza era un síntoma de la marginación, del olvido y el blanco de promesas de campaña. Eran el pretexto ideal para elaborar discursos simples, para recibir aplausos de gente muriendo de hambre pero con la esperanza de algún día cambiar su entorno social para dejar de ser los mugrosos.
Una tarde, por el empedrado, en esa calle empinada se escucharon los cascos de los caballos chocar con las piedras grisáceas. Un hombre rudo jalaba dos mulas mal alimentadas que pujaban al final de su camino por el peso que llevaban en sus lomos. Era el cinero que anunciaba un poco de diversión en ese pueblo serrano que nunca pasaba nada, dónde la misma monotonía se aburría de si misma, en dónde la noche daba paso a la oscuridad total, porque la energía eléctrica seguía siendo una promesa.
El cinero hizo una parada en la entrada del pueblo y volvió locos a los niños que caminaban por la zona. Ujuch, ujuch, ujuch esta noche va a ver cine, pregonaban los pequeños que corrían descalzos sintiendo el frío barro sin importarles demasiado su situación, sólo estaban seguros de que en la noche habría un poco de diversión.
El cinero solicitó los permisos necesarios a la presidencia municipal: una cuota simbólica, la entrada gratuita para la familia del presidente, el vetusto secretario de lentes rallados y cuatro regidores más. El hombre rudo comenzó a descargar a sus mulas, en hilera puso dos enormes carretes, dos gigantescas bocinas grises con cable remendado, una planta de energía eléctrica que funcionaba con gasolina que traía en una garrafa mugrosa y finalmente el toque maestro: los carteles de las películas a exhibirse. Santo contra las momias de Guanajuato y el pistolero del diablo con los excepcionales Mario y Fernando Almada, los ídolos del momento, los más famosos actores mexicanos, los nuevos miembros del salón de la justicia.
Hablé seriamente con mi mamá, le supliqué que me llevara al cine o en su caso que me diera dinero para ir solo, en respuesta recibí una cátedra de negatividad, de dominio absoluto del control de la situación, rematando como los mejores jugadores: además, sólo tienes siete años. Me quedé helado porque era completamente falso, estaba a punto de cumplir los ocho años lo cual me daba la plena seguridad de comportarme como un hombre, de codearme con mis pares en la improvisada sala de cine que había montado el visitante, de demostrar mis buenos gustos cinéfilos.
Desde mi casa, a mis oídos entraban las melodías que el cinero ponía y al término de cada una de ellas su rasposa voz anunciaba la buena nueva: Señoras y señores hoy noche de cine con dos impresionantes películas Santo contra las momias de Guanajuato y el pistolero del diablo con los excepcionales Mario y Fernando Almada, no se pueden perder la oportunidad que se repetirá en cuatro meses cuando regrese. Hoy a las nueve de la noche.
La tarde fue un espacio para planear mi fuga la cual tenía que ser muy discreta, casi perfecta, tal como lo hubieran hecho los hermanos Almada sin ver la tabla periódica y usar sólo el elemento sorpresa. Cogí cinco pesos del canasto en donde mamá guardaba el cambio para la comida, mientras esperaba pacientemente el arribo de la oscuridad para emprender la discreta salida por la puerta trasera. Ni el tunco Maclovio, filmada en 1970 por los propios ídolos mexicanos oriundos de Huatabampo Sonora, hizo lo mismo que yo, porque nadie se dio cuenta de mi huida.
Caminé seguro por la calle completamente a oscuras desde la Loma hasta el centro de la población en donde un grupo de hombres sombrerudos esperaban entrar a la sala sin la presencia de ninguna mujer, porque en esa época era una diversión propio para el sexo fuerte. Las sillas vetustas estaban alineadas, al fondo una tela de manta arrugada servía de pantalla y en la parte trasera una máquina que hacía un ruido continuo casi imperceptible.
Fueron cuatro horas de completa emoción, porque descubrí un nuevo maestro del cuadrilátero: un enmascarado de plata que acabó con las momias de Guanajuato después de rescatar a la bella mujer que siempre estaban presentes en sus cintas. Mario y Fernando Almada remataron la hermosa noche con su valentía, agallas y maestría en el manejo de las armas.
La función terminó y se prendió la luz producida por una planta de energía que el cinero traía consigo. Todos salieron y yo me quedé a descubrir como guardaba la excepcional máquina reproductora de ilusión. Cuando me di cuenta estaba casi solo, salí a la plaza principal solitaria, oscura y a mi mente llegó de golpe una bola de imágenes malignas que se podrían presentar en mi camino como la llorona que se sentaba en el tubo de agua, los nahuales que habían hecho desaparecer a varios paisanos. No podía caminar más allá de diez metros, temeroso busqué un espacio en algún lado y para fortuna mía me encontré con unas pacas de paja en el atrio de la casa de doña Adela. Era tibias, pero nada comparado con una rica cama con dos viejas cobijas, traté de cerrar los ojos y olvidarme del frío de la noche, pero fue casi imposible. De pronto la puerta principal de la casa se abrió y con los pelos revueltos encima de su cabeza apareció doña Adela con un chal cubriéndola, me preguntó que hacía ahí y le dije que acudí al cine, pero me dio miedo regresar sólo porque la llorona me podía robar.
La noche la pasé como sardina en una lata, porque en una cama vieja de latón tuve que abrirme espacio con cuatro escuincles, con olor a pies y mugre, pero el sueño fue más fuerte que mis condiciones. A la mañana siguiente regresé a casa y por supuesto que mi mamá me esperaba con una buena lección de civismo con rama de árbol de durazno en la mano, un buen jalón de oreja y una semana de trabajo forzado cuidando animales. Pero no fue todo, porque a los dos días en mi cabeza comenzaron a crecer unos animalillos patudos mejor conocidos como piojos, con los cuales tuve que lidiar, porque fue la herencia que me dejaron los hijos de doña Adela.
Veinticinco años después de los piojos, ahora tenía enfrente a los Almada, era el momento de mi más dulce venganza y darles en dónde más les doliera. Las cervezas y el brandy frente a ellos era un néctar precioso que el tiempo se les fue de las manos. Sus ojos se desorbitaron cuando aparecieron frente a ellos sus furiosas esposas que se los llevaron de la bola con gritos. Unas mujeres que estaban muy lejos de los forros con las que alternaban en sus películas
¿Dónde habían quedado esos hombres feroces que son los únicos que saben cuántos elefantes se columpiaron en la telaraña, los que no necesitan embriagarse para darse valor, sino el valor necesita embriagarse para acompañarlos; los únicos que conocen cuántas chupadas se necesitan para llegar al chiclocentro de una tutsie pop y no se andan con joterías. En dónde el valiente vive, hasta que los Almada quieren!
FIN
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