La mañana amenazaba con fuertes vientos y lluvia provocada por el frente frío número cuatro de la temporada. Era un domingo especial para quedarse en casa sin preocuparse demasiado por actividades físicas, sólo para relajarse con una buena película, unas palomitas doble mantequilla y un refresco de manzana. Los árboles resistían estoicos como en ocasiones anteriores moviéndose de un lado a otro como borrachos tratando de guardar el equilibrio; sólo un atrevido motociclista sin casco se daba el valor para circular por la calle a una velocidad moderada. La vecina del 24 salió a buscar a su perro y pese a sus desgarradores gritos el canino no apareció, pero si el gato negro que deambulaba por la banqueta a todas horas, pero nadie sabía a quien pertenecía lo cierto es que siempre lucía bien alimentado sin temor a nada, ni a nadie. Alguien hacía comentarios malintencionados de que el animal pertenecía a un alma en pena que por alguna razón no había podido llegar a su destino final, sin embargo sólo fueron versiones.
Mía tomó el teléfono celular y marcó los números en la pantalla táctil en espera de que al otro lado de la línea Aurelio aceptara el llamado. Estaba deseosa de sentir su piel, de robarle un poco del calor que desprendía su cuerpo por demás caliente, un poco arriba de los 36.5 grados centígrados y librar la soledad del momento. La mujer de 33 años lanzó el aparato a la cama como una muestra de enojo, tenía el temperamento fuerte y no permitía la competencia, siempre quería ganar. Ese día estaba predestinada para acurrucarse sola en la habitación que se convirtió en un desastre, porque la lluvia llegó acompañada por una tormenta de rayos y relámpagos lo que le provocaba un gran terror. Dejó a un lado las palomitas y se metió debajo de las cobijas para espantar su miedo.
Aurelio había guardado muy bien su relación con Mía, porque aun estaba inseguro de sus gustos y preferencias. Se encontraba en una dualidad, pero mientras se decidía había centrado sus ojos en la mujer de ojos claros, cabellos alborotados e ideas ovaladas con la cual guardaba las apariencias ante la sociedad que siempre le estaba cuestionando su marcada soledad, a pesar de no compartir con ella sus actitudes.
Esa mañana él tenía un mejor manejo de la situación cuando rechazó la invitación de Mía, porque su tiempo lo pretendía invertir en actividades más placenteras que sentarse a esperar que el clima cambiara. Tomó su boina negra que estaba colgada en el perchero de caoba que le regaló su hermano mayor cuando visitó la sierra norte en una gira de trabajo, se la colocó de lado pero al verse en el espejo descubrió que no se veía muy bien y procedió a ponerla derecha descubriendo las dos orejas a la perfección.
Al bajar la escalera buscó en su bolsillo la llave de su automóvil negro y se cercioró de no olvidar el celular. El interior del coche aun se percibía el olor a pino que salía de una bolsa para aromatizar los pequeños espacios que le había regalado Carlos un mes antes cuando ambos visitaron una villa turística por la zona del volcán Popocatépetl.
Los esfuerzos por estar con Mía eran inútiles, porque encontraba en ella mujer envuelta en una bonita sonrisa, pero con una facilidad para explotar y mandar todo al carajo en un instante con la finalidad de mostrar una imagen fuerte con un dominio pleno del círculo. Aurelio debía tener un temple de acero para no caer en su juego y provocar un estallido en llamas que todo quemara a su paso sin la posibilidad de otras opciones.
Una hora más tarde le llamó por teléfono para exponerle la necesidad de salir de la ciudad con Carlos a analizar una posible compra de un terreno el cual podría estar destinado para la instalación de un criadero de conejos en un lugar ideal, alejado de la población para que el orín de los animales no molestara a las personas porque es demasiado fuerte, tanto que es utilizado por las empresas de perfumes como un fuerte fijador. Es decir que al presionar la tapa de frasco de la fragancia hay un poco de pipí de esos pequeños orejones.
Durante el trayecto Mía pasó a ser parte de una historia ajena, porque los dos se enfrascaron en una plática interminable, en dónde no se perdía ni un instante de espacios. Unas cervezas refrescaban sus bocas para evitar la resequedad ante tantas palabras que salía.
Aurelio y Carlos llegaron al lugar, un hombre maduro de piel callosa los esperaba para mostrarles el terreno, los servicios con los que contaba y las condiciones económicas para poder cerrar el trato. En media hora estaban satisfechos con la explicación y acordaron firmar los documentos la semana entrante para poder iniciar la construcción de la granja la cual tendría una capacidad de 10 mil conejos para el mercado nacional. Tenían el apoyo del gobierno del estado para promocionar este tipo de carne, la cual es baja en contenido de colesterol en comparación con la de pollo.
La proyección era buscar espacios internacionales para exportar la carne congelada, pero eso tendría que esperar porque lo primero era establecer perfectamente el mercado local, el cual estaba sin explotar y eso les daba una gran posibilidad de crecimiento.
Los fuertes vientos apretaban a ratos, sin embargo adentro del auto sólo se veía el movimiento de los árboles y lo sintieron hasta que hicieron una parada en un pequeño restaurante de comida regional. Pidieron un queso asado con epazote y chile verde, frijoles de olla con carne asada. Un tequila blanco 7 leguas fue el digestivo que les cayó de maravilla. Los dos tenían una chispa en los ojos, la cual trataba de ocultar por la cobardía de enfrentarse al temor de una experiencia distinta, encontrar la madera con la que estaban hechos en el fondo de cada uno de ellos.
La tarde trajo una leve lluvia, pero una densa capa de neblina invadió la región que dio un toque infinitamente acogedor. El baño del restaurante estaba en la parte de atrás y era necesario enfrentarse al clima para cumplir con las necesidades fisiológicas. Varios tequilas siguieron al primero, pero con el sabor de una buena charla, una excelente compañía y algo más.
Mía, en su casa, tomó el teléfono celular y buscó en el directorio el nombre de Alfredo. Preparó su voz melosa para el momento de escuchar el tradicional bueno. Acordaron ir al cine sin tener la certeza de una película en especial, sólo pasar el rato como lo hacían en ocasiones anteriores, no podían terminar esa relación a pesar del tiempo y los dos estaban de acuerdo en mantenerla con cierta distancia y frialdad, sólo como mero pasatiempo sin tratar de involucrar los sentimientos, tan escasos en ellos.
Mientas Mía sentía los labios de Alfredo, Aurelio recibía la primera caricia de Carlos, que se quedaría impresa como un tatuaje, esa que en su juicio no se atrevía a darla por temor a un rechazo, pero el tequila, el frío, la neblina y la ligera lluvia los encontró en el baño para iniciar algo que no tenía regreso.
FIN
Mía tomó el teléfono celular y marcó los números en la pantalla táctil en espera de que al otro lado de la línea Aurelio aceptara el llamado. Estaba deseosa de sentir su piel, de robarle un poco del calor que desprendía su cuerpo por demás caliente, un poco arriba de los 36.5 grados centígrados y librar la soledad del momento. La mujer de 33 años lanzó el aparato a la cama como una muestra de enojo, tenía el temperamento fuerte y no permitía la competencia, siempre quería ganar. Ese día estaba predestinada para acurrucarse sola en la habitación que se convirtió en un desastre, porque la lluvia llegó acompañada por una tormenta de rayos y relámpagos lo que le provocaba un gran terror. Dejó a un lado las palomitas y se metió debajo de las cobijas para espantar su miedo.
Aurelio había guardado muy bien su relación con Mía, porque aun estaba inseguro de sus gustos y preferencias. Se encontraba en una dualidad, pero mientras se decidía había centrado sus ojos en la mujer de ojos claros, cabellos alborotados e ideas ovaladas con la cual guardaba las apariencias ante la sociedad que siempre le estaba cuestionando su marcada soledad, a pesar de no compartir con ella sus actitudes.
Esa mañana él tenía un mejor manejo de la situación cuando rechazó la invitación de Mía, porque su tiempo lo pretendía invertir en actividades más placenteras que sentarse a esperar que el clima cambiara. Tomó su boina negra que estaba colgada en el perchero de caoba que le regaló su hermano mayor cuando visitó la sierra norte en una gira de trabajo, se la colocó de lado pero al verse en el espejo descubrió que no se veía muy bien y procedió a ponerla derecha descubriendo las dos orejas a la perfección.
Al bajar la escalera buscó en su bolsillo la llave de su automóvil negro y se cercioró de no olvidar el celular. El interior del coche aun se percibía el olor a pino que salía de una bolsa para aromatizar los pequeños espacios que le había regalado Carlos un mes antes cuando ambos visitaron una villa turística por la zona del volcán Popocatépetl.
Los esfuerzos por estar con Mía eran inútiles, porque encontraba en ella mujer envuelta en una bonita sonrisa, pero con una facilidad para explotar y mandar todo al carajo en un instante con la finalidad de mostrar una imagen fuerte con un dominio pleno del círculo. Aurelio debía tener un temple de acero para no caer en su juego y provocar un estallido en llamas que todo quemara a su paso sin la posibilidad de otras opciones.
Una hora más tarde le llamó por teléfono para exponerle la necesidad de salir de la ciudad con Carlos a analizar una posible compra de un terreno el cual podría estar destinado para la instalación de un criadero de conejos en un lugar ideal, alejado de la población para que el orín de los animales no molestara a las personas porque es demasiado fuerte, tanto que es utilizado por las empresas de perfumes como un fuerte fijador. Es decir que al presionar la tapa de frasco de la fragancia hay un poco de pipí de esos pequeños orejones.
Durante el trayecto Mía pasó a ser parte de una historia ajena, porque los dos se enfrascaron en una plática interminable, en dónde no se perdía ni un instante de espacios. Unas cervezas refrescaban sus bocas para evitar la resequedad ante tantas palabras que salía.
Aurelio y Carlos llegaron al lugar, un hombre maduro de piel callosa los esperaba para mostrarles el terreno, los servicios con los que contaba y las condiciones económicas para poder cerrar el trato. En media hora estaban satisfechos con la explicación y acordaron firmar los documentos la semana entrante para poder iniciar la construcción de la granja la cual tendría una capacidad de 10 mil conejos para el mercado nacional. Tenían el apoyo del gobierno del estado para promocionar este tipo de carne, la cual es baja en contenido de colesterol en comparación con la de pollo.
La proyección era buscar espacios internacionales para exportar la carne congelada, pero eso tendría que esperar porque lo primero era establecer perfectamente el mercado local, el cual estaba sin explotar y eso les daba una gran posibilidad de crecimiento.
Los fuertes vientos apretaban a ratos, sin embargo adentro del auto sólo se veía el movimiento de los árboles y lo sintieron hasta que hicieron una parada en un pequeño restaurante de comida regional. Pidieron un queso asado con epazote y chile verde, frijoles de olla con carne asada. Un tequila blanco 7 leguas fue el digestivo que les cayó de maravilla. Los dos tenían una chispa en los ojos, la cual trataba de ocultar por la cobardía de enfrentarse al temor de una experiencia distinta, encontrar la madera con la que estaban hechos en el fondo de cada uno de ellos.
La tarde trajo una leve lluvia, pero una densa capa de neblina invadió la región que dio un toque infinitamente acogedor. El baño del restaurante estaba en la parte de atrás y era necesario enfrentarse al clima para cumplir con las necesidades fisiológicas. Varios tequilas siguieron al primero, pero con el sabor de una buena charla, una excelente compañía y algo más.
Mía, en su casa, tomó el teléfono celular y buscó en el directorio el nombre de Alfredo. Preparó su voz melosa para el momento de escuchar el tradicional bueno. Acordaron ir al cine sin tener la certeza de una película en especial, sólo pasar el rato como lo hacían en ocasiones anteriores, no podían terminar esa relación a pesar del tiempo y los dos estaban de acuerdo en mantenerla con cierta distancia y frialdad, sólo como mero pasatiempo sin tratar de involucrar los sentimientos, tan escasos en ellos.
Mientas Mía sentía los labios de Alfredo, Aurelio recibía la primera caricia de Carlos, que se quedaría impresa como un tatuaje, esa que en su juicio no se atrevía a darla por temor a un rechazo, pero el tequila, el frío, la neblina y la ligera lluvia los encontró en el baño para iniciar algo que no tenía regreso.
FIN
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