jueves, 24 de marzo de 2011

Mi ahijado

Salió de la cama y se colocó las pantunflas acolchonadas color azul con una carita sonriente. Frente al amplio espejo se estiró con un largo bostezo y se asomó a la cochera para verificar que no era un sueño, sino una realidad: un automóvil compacto color rojo recién salido de la agencia de la marca Nissan con rines deportivos. Para él la nube luminosa que a todos nos acompaña, comúnmente llamada aura, le estaba protegiendo de maravilla más de lo que había imaginado cuando decidió incursionar en la política, pese a la negativa de su padre quien había consolidado una empresa mediana de lácteos y quería que él se encargara del manejo financiero para posteriormente quedarse al frente.

Era un día maravilloso, con el ánimo dispuesto a todo. Se metió al baño y templó el agua antes de introducir el dedo gordo del pie derecho como termómetro. Estaba tibia, como le gustaba, propia para el clima templado de la temporada, pero hoy no le tocaba aseo del pelo por lo que se puso una gorra de plástico amarilla. Era una forma de cuidar los folículos capilares a fin de que no tuvieran una resequedad que forzara una caída de pelo anticipada. El shampo para el cuerpo era con esencias de vainilla, algo que simplemente le fascinaba y le daba una sensación extra de limpieza en la piel.

Orlando secó su piel con la toalla azul cielo y la dejó colgada en el mismo baño. Buscó entre en su closet el traje oscuro, la camisa color hueso que había comprado recientemente en San Diego y la corbata Hermes que su jefe le había regalado la semana anterior. Sólo tuvo tiempo de tomar un café negro sin azúcar porque tendría que pasar por unos perfumes al Palacio de Hierro antes de reunirse con el licenciado, el segundo hombre más fuerte de la política mexicana, la persona para quien trabajaba recientemente.

Recién egresado de la universidad privada tenía el toque delicado en el cuidado de su imagen, con un cabello castaño, lacio, de raya al lado que solía tocárselo de manera frecuente para acomodárselo. Había sido el objeto del deseo de varias de sus compañeras, vecinas y conocidas, pero ninguna de ellas había tenido la suerte de una mínima relación cercana al noviazgo. Con el tiempo los rumores deambulaban por los centros de reunión en torno a él, pero no daba muestras de actitudes femeninas en su actuar, sólo un cuidado extremo en su persona. Un metrosexual.

El secretario, su jefe, tenía, como siempre, una agenda extremadamente apretada y Orlando se encargaba de las cuestiones personales, de los detalles de su vida y sólo se la podía encargar a alguien de confianza. Lo veía dos o tres veces al día en el lugar que le indicaba el segundo hombre más fuerte del país, quien tenía la línea directa con el presidente, el que sabía el termómetro del país y a pesar de las dificultades políticas o sociales siempre mantenía un tono de voz amable, justo la imagen que daba con esos lentes, pero firme en sus decisiones, pocas veces discutibles.

Su vida profesional había pasado por varios cargos de vital importancia en el país, no sólo en la política, sino en la academia con la máxima casa de estudios de la nación. Lo único que le molestaba era el ruido en extremo, lo ponía nervioso al grado de que en ocasiones perdía el control de su apacible carácter.

El chico de los asuntos personales aguantó pacientemente el tráfico por el circuito interior, pese a tener prisa lo mejor era disfrutar su automóvil con el olor a nuevo de paquete. Nada comparable como manejarlo el primer día e imaginar que todas las miradas están sobre él, los comentarios admirando el Nissan o unos más criticando por simple envidia.

Su padre le preguntó el día anterior como había adquirido el auto y Orlando le tuvo que decir una mentira: “lo compré a crédito, pero lo tengo que pagar en algunos años con mensualidades demasiado cómodas”. Por supuesto, no le podía decir la verdad, porque en principio no lo creería y posteriormente tendría infinidad de dudas que afectarían la relación padre-hijo. El secreto sólo estaba en tres personas: su jefe, él y el vendedor.

La emoción de Orlando al llegar a la agencia de automóviles era indescriptible, porque caminaba de un lado a otro. Subía a varios de ellos, miraba sus ojos en el retrovisor, analizaba en cual resaltaría mejor la tonalidad de su piel. Se sentía el más “hermoso” de todos. Luego de varios minutos terminó con escoger el de color rojo, mientras su jefe extendía un cheque con el valor del auto, era el regalo prometido durante una gira de trabajo por Baja California, justo en el regreso a la ciudad de México a bordo del jet en el que viajaban.

La noche del estreno, fue una noche de celebración en privado, muy en privado.

Los costos por tener ciertos gustos podrían ser altos para cualquier persona, pero Orlando se había acostumbrado a este tipo de vida. Así había conseguido el viaje de sus sueños por París, Roma y Rumanía, en dónde entabló relaciones viajeras sin más consecuencia que el disfrute del momento.

El chico de auto nuevo se dirigiría al panteón francés, lugar en donde tendría lugar una ceremonia oficial encabezada por el secretario, diputados federales, entre los que destacaba uno de gran peso político del estado vecino del Distrito Federal. Su voz era rasposa, pero que llegaba a todos los rincones de las oficinas gubernamentales.

Orlando llegó al estacionamiento cercano y pidió al acomodador que se lo cuidara como lo más valioso de su vida, porque estaba recién salido de la agencia y el más mínimo rayón sería la desgracia para él. Caminó presuroso en la acera derecha, protegido por los amplios árboles que le daban una excelente sombra en un día sumamente caluroso. De lejos vio a los hombres y mujeres reunidos para la colocación de la ofrenda floral y se abrió paso discretamente entre el personal de seguridad que ya lo tenían perfectamente ubicado.

El acto oficial terminó y solícito se acercó a su jefe para tomar asistirlo en lo necesario, pero su rostro palideció cuando vio al legislador de voz rasposa y giró hacia otro lado para evitar cruzar las miradas.

El secretario lo llamó para que tomara nota de algunas actividades posteriores, cuando sintió la presencia del diputado, hombre de baja estatura y regordete, quien tenía la intención de despedirse.

- Me tengo que retirar secretario, pero estamos en lo dicho.
- Claro que si diputado, hoy mismo no tengas pendiente. Mira, Orlando realizará la llamada a tu asistente. Por cierto te lo presento es mi ahijado; externó el hombre de lentes.
- Creo que ya tengo el gusto de conocerlo, también fue mi ahijado, reviró el diputado.
-
El ahijado de los dos quiso que una tumba se abriera y lo tragara.

FIN

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