lunes, 4 de octubre de 2010

Por un caballo tordillo

Esto que voy a contarles fue muy mentado en la sierra norte de Puebla y no digo mentiras, porque al que dice mentiras lo castiga diosito. Dicen que fue la maldición para los güeros, pero lo cierto es que fue el verdadero infierno para todo el pueblo y todo a causa se ese desdichado ganadero, el más importante del estado de Hidalgo quien envió a su corcel de la muerte un verano en donde el sol quemaba hasta en la sombra.
Patrón, patrón ya llegó el caballo que estaba esperando, gritó desde el patio “el Chorrito”, un hombre que apenas superaba la primera tranca del zaguán y tenía que girar todo su cuerpo para ver el rostro del ganadero. Era tan pequeño que decían que la naturaleza le había correspondido en otro tamaño.
Se escucharon los sonidos de las espuelas arrastrándose en el piso y detrás de las hojas de helecho que adornaban la entrada apareció la oronda figura del patrón del rancho El Capulín, un hombre bragado de buen trato, pero firme en su actuar y  sin dilaciones.
Sus ojos claros brillaron debajo de ese sombrero texano y se acercó al magnífico ejemplar para acariciarlo desde el grueso cuello hasta las enancas. Era un cromo con apena dos años de edad. El mejor caballo que se había visto en la región por varios años y ya estaban preparado la mejor caballeriza para el nuevo inquilino de El Capulín.
La noche estrellada, con infinidad de luciérnagas tapizando el horizonte, fue color perfecto para que Don Raúl celebrara con sus amigos el magno acontecimiento. Destaparon las primeras cervezas para abrir boca y posteriormente llegaron las botellas de tequila. El caballo fue el tema de la noche.
Al día siguiente, cuentan los que lo vieron, el patrón se levantó muy temprano y le ordenó al Chorrito que ensillara el nuevo ejemplar porque iba a dar una vuelta por los alrededores. Se perdió por el camino real y luego de varios minutos llegó hasta la casa de una mujer de grandes pechos y piernas largas. Se subió con don Raúl y marcaron el territorio hacia un derrotero sólo para los dos a fin de celebrar el regalo de su amigo ganadero. Era una cabaña pequeña perfectamente adaptada con ventanas de madera, cortinas de manta y una estufa de leña. La recámara contenía sólo una cama con una colchoneta, un taburete, un tocador rústico y un baño, además de intensos momentos de pasión que entregaba Don Raúl a cada una de las visitantes ocasionales que tenían el gusto de ser vistas con el buen ojo del amo.
Regresó al medio día montado en ese excelente ejemplar orgulloso de todo, de la faena que había ofrecido como rejoneador. Su sonrisa era esplendorosa y su familia le siguió festejando la suerte de contar con un amigo tan entregado, desprendido y sobre todo leal.
Dos semanas pasaron y el cariño por el corcel fue creciendo. Don Raúl mandó a traer a uno de los mejores entrenadores de caballos de la región para que lo enseñara a bailar y justo dos días antes de que arribara al rancho El Capulín la noticia estalló como un verdadero polvorín: se habían robado al tordillo.
El temblor llegó hasta la Perla de la Sierra y regresó al pueblo como fuego de volcán quemando todo a su paso y Don Raúl no podía contener ese enojo que le hacía subir el color y perderlo en minutos. Reunió a todos sus trabajadores y prometió que la sangre iba a correr si no aparecía el caballo que le había regalado su amigo el ganadero. El pánico invadió hasta las hiervas, porque todos sabían perfectamente que este hombre lleno de rabia era capaz de eso y no había poder humano que lo hiciera cambiar.
Tres días después del incidente un campesino fue encontrado sin vida en las faldas de un cerro de tres balazos, mientras el caballo seguía sin aparecer y en su lugar estaba presente la sombra de la muerte. Tres meses antes, durante un domingo de plaza doña Chavela en un arranque de sinceridad les dijo a unos pobladores que la desolación vendría en cuatro patas y a mucha velocidad, todos se burlaron de ella y la tacharon de loca.
El rancho El Capulín vivía en la incertidumbre total. Los trabajadores abandonaron sus quehaceres cotidianos para peinar la zona en diferentes direcciones y tenían la instrucción de recuperar al caballo a como diera lugar y si era necesario a balazos, así tendría que ser.
Mientras más tiempo pasaba las consecuencias eran mayores. La sombra de la muerte estaba de fiesta y los cadáveres de los pobladores de la región engrosaban la lista a consecuencia del corcel extraviado y nadie podía parar la furia de don Raúl que no dormía del coraje.
Muchos años después el hijo mayor de don Raúl conoció a un comandante de la policía judicial. Una noche de café le entregó una confesión que lo dejó paralizado y analizando la propuesta.
¿Te acuerdas del caballo que perdió tu papá? Le preguntó el comandante, pues yo se donde está, si quieres recuperarlo podernos ir por él a Cuetzalan, sólo que ya está muy viejo y con un casco partido a la mitad. Después de estudiar la oferta el hijo de don Raúl perdió su mirada unos instantes y ofreció una respuesta negativa, porque no podía soportar las consecuencias que trajo este accidente. Fueron catorce personas las que murieron a causa del caballo y éste nunca apareció. Fueron catorce muertes las que llevaba en su espalda el Chorrito, hombre de baja estatura, quien tuvo la desgracia de no amarrar el caballo una tarde de domingo por irse a tomar unos tragos de aguardiente. Al animal nunca se lo robaron, se escapó y trató de regresar a su antiguo hogar.
La trágica historia del caballo y sus catorce muertes aun circula por la sierra.
 Fin

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