La lluvia espantó a todos y me quedé sola, sentada encima del ataúd en donde reposa mi madre. Ni muerta falló a su costumbre de estar descansando, mientras yo trabajaba como mula de carga. Pero la culpa fue de mi abuela por permitirle tantas cosas y darle todo en charola de plata para que no se cansara.
A pesar de todo es mi madre y me toca enterrarla y pagar su caja, bien hubiera querido enredarla en un petate y meterla bajo el limonero que quiso más que a mi, pero capaz que los limones crecen más agrios y nadie se los chupa.
De veras que no estoy llorando, es la lluvia que resbala sobre mi rostro. Ni la tierra quiere a mi mamá, por eso creo que llueve tanto y no hay forma de enterrarla, hasta el hoyo que hicieron los mayordomos se volvió a tapar de lodo. Ya ni las campanas están doblando, porque la reata que agarraba el badajo terminó por pudrirse y se cayó y el padrecito ordenó arreglarla hasta la semana siguiente.
Cuando la dejó su último marido le dijo que a la hora de estirar la pata, ni lo gusanos se la iban a tragar, porque se iban a vomitar y a pesar de lo mal que me caí el panzón y bueno para nada creo que tuvo razón. Pobrecita de ti mamá, porque si te voy a tirar allá por el arenal, en donde duermen los zopilotes, ni siquiera así te van a comer y a lo mejor el que se atreva se va a morir de puro envenenamiento.
A mi mamá, pos, yo la tengo que enterrar, pero quien se va a apiadar de mi. A lo mejor me comen los zopilotes o los perros y es capaz de salir de su tumba para regañarme por no prever mi futuro, pero por eso me voy a largar del pueblo en cuanto deje de llover luego de que me asegure de que tienes como cien carretilladas de tierra encima y una losa de cemento bien asegurada para que no te salgas.
Si lloro, no es por mi mamá, sino porque me da rete harto coraje todo lo que me hizo. Nada más de acordarme me dan ganas de dejar su caja aquí encima, esperar a que el río crezca lo suficiente para que se la lleve y que Dios diga a dónde va a parar, porque ya llevo un día aquí, sentada, que más da otro.
Si me quedé solterona fue por su culpa, porque nunca dejó que un hombre se me acercara y me platicara, el último de nombre Lorenzo fue a pedir mi mano y en lugar de decirle que si, se ofreció ella p´a arrejuntarse.
Yo estaba espiando desde la cocina cuando llegó Lorenzo junto con su papá, Don Jacinto, ya estaba bien viejito y caminaba como en cuclillas, porque un día le cayó melaza caliente a las rodillas y se las dobló para siempre. Traían una canasta con pan, media reja de refrescos, unas cervezas de barril y un guajolote vivo, que terminó por cagarse en medio de todos y yo tuve que limpiar sus porquerías.
Lueguito supe que venían a pedir mi mano y hasta me medio peiné y me quité el mandil para verme mejor, pero nunca me esperé que la bruja de mi madre, que Dios la perdone y a mi también, saliera con su batea de babas y velara solo por ella.
Mire Lorenzo, comenzó mi madre con una cara de angustia que puso, pos aquí Ofelia no está lista para casarse, es muy floja y pos en la cocina apenas sabe calentar el agua. Así como la ven de maciza, pos aun no ha cuajado para tener hijos, yo creo que le faltan unos años.
Mire Don Jacinto –se le quedó mirando al viejito que para amolarla estaba casi sordo- su hijo necesita una verdadera mujer que sepa atenderlo, pos que lo cuide bien, ya ve que uno no tiene comprada la vida, mañana usted se muere y quien va a ver por él. Como si fuera un niño de cinco años que necesite que le limpien la cola.
Mientras mi mamá seguía con la plática ya se había tomado la segunda cerveza, creo que para darse valor y aventar la reata a ver si lazaba a Lorenzo.
Ella sacó del baúl desvencijado, que perteneció a la abuela, una botella de tequila y ofreció una copa a Lorenzo y a su papá. Claro que los dos la aceptaron para tratar de ganar espacio en la batalla por mi.
Después de tres copas mi mamá se fue al grano y de plano le dijo que ella estaba dispuesta para casarse con Lorenzo, porque yo no estaba madura para esas cosas que ya saben. Por supuesto que de inmediato se les bajó el alcohol que habían ingerido y rehusaron a la pretensión, lo cual me dio gusto dentro del coraje que sentía por dentro. No me quedé con el muchacho, ni con el guajolote, porque hasta se lo llevaron y el animal quedó en manos de Chepa Santos, a quien sus papás si le dieron permiso para casarse y hasta tuvieron tres hijos. Donde que el mayor se le alborotó rápido el coruco y un día lo caché que me estaba espiando cuando me bañaba. La verdad me hice como que no veía nada y hasta me restregaba más mis pechos con el estropajo.
Ahora que estoy sentada encima de tu caja, también para asegurarme que no te vayas a salir y quieras seguir viviendo, te voy a contar que ya no soy virgen como siempre me presumiste entre tus amigas y hasta te gustaba que me llamaran la “nena”.
¿Te acuerdas de Simón?, el que decías que era medio rarito y venía a visitarnos dos veces por semana y luego nos ayudaba en el campo. Te acuerdas que primero andaba siempre con chanclas, pero su pantalón siempre bien planchadito. ¿Porqué crees que luego se compró sus tenis?, porque un día le dije de los muchachos de su edad se veían mejor así. Casi siempre nos poníamos a platicar en la tarde, pero tu ni te dabas cuenta, porque decías que era rarito.
Una vez, cuando te fuiste a adornar la iglesia con tu comadre Yolanda, Simón llegó a la casa y olía a jabón nórdico y en el cabello se había untado wildrow. Me platicó de cuando acompañó a mi tío Maximino y fueron a ver a Estela, la que cuando reía despertaba hasta los murciélagos de la cueva del “señor de los morrales”, que estaba como dos horas de camino. Para que mi tío y Estela pudieran hacer sus cosas lo mandaron a cortar plátanos al terreno del río. ¿A poco no sabías que ellos se entendían? De veras que para unas cosas fuiste bien taruga. Dice Simón que un día se le rompió la chancla y se tuvo que regresar para arreglarla y de pura casualidad se asomó por una rendija y vio a mi tío que le estaba subiendo las enaguas y ella solo cerraba los ojos. La forma en como lo contó me empezó a poner chinita, me puse dura de todas partes y tuve la necesidad inmensa de que Simón me tocara y se diera cuenta de que ya estaba cuajadita.
Lo llevé al cuarto en donde estaban las gallinas cluecas con el pretexto de que viera los nuevos pollitos que acababan de romper el cascarón. Simón jamás se lo imaginó, porque cuando me puse un pollito cerca de mi pecho virgen empezó a temblar, yo lo vi bien y tuve que aprovechar el momento para arrejuntarme a él, dizque por un tropiezo hizo que llegara hasta sus brazos flacos como las ramas de durazno, pero duros como los de encino, de esos que crecen en el monte que me has dejado de herencia y que por cierto los voy a vender, junto con el terreno, para irme del pueblo y no me puedas atormentar con el recuerdo de estar cerca de ti capaz, como te dije hace un rato capaz y te sales de tu cajón y me vienes a espantar como los hacías cuando yo tenía cinco años. Si bien que me acuerdo y hasta te daba risa.
Pero como te decía, ya en sus brazos le pegué mis labios y como cuando las vacas tienen sed, solitas bajan al arroyo sin necesidad de arriarlas. Simón, de repente se puso tieso y más tieso de todo. Yo tenía ganas de tentarlo, pero me quedé también tiesa, porque yo ni sabía besar y sólo abría la boca como queriendo silbar. El rarito no era tan rarito que de pronto sentí sus manos en mis pechos. Lueguito que me empieza a remangar la falda blanca que me regalaste en mi cumpleaños, esa que tenía olanes en la orilla. ¿Te acuerdas que luego me preguntaste por ella y no te supe contestar?, pues bueno la tuve que tirar, porque se manchó de sangre. Y ¿te acuerdas que te dije que un pollito lo habían aplastado?, pues fue cuando nos tiramos en el piso. Simón se puso como loco y hasta bufaba como la vaca que vendiste cuando ya no dio leche. Primero me espanté un poco, pero luego fue como si me hubieran estallado cuetes por dentro, pero lo más bonito fue cuando se aparecen las luces y te quedas como muda, como temblando de emoción y las piernas se te aflojan todas, no puede ni hablar y te quedas bien mojada.
Y tu que siempre me presumías de señorita con tus amigas y te burlabas de la hija de doña Rosaura que quedó embarazada del hijo del carnicero y sólo estuvieron arrejuntados tres meses, porque la dejó por irse al otro lado. Ya vez, por lo menos tiene a una hijo para que no esté tan sóla como ya me dejaste y no porque tu te hayas ido, sino porque no me diste permiso de tener a mi esposo. Por cierto, dicen que cuando una niña saca la lengua es porque su mamá tuvo un antojo cuando estaba embarazada.
A mi se me hace que te voy a tener que dejar aquí solita, quien quite y suba más el río y te lleve de corbata, total nadie va a estar preocupada por saber que estás en tu santa sepultura.
Ni el cura te quería darte la bendición. Ya ves por robarte el maíz del curato y dárselo a tus pollos, por estar de chismosa y andar diciendo que tuvo un hijo en el otro pueblo. Tu siempre comulgabas y de que te servía, si saliendo lueguito le entrabas a la mentira.
Acaso no supiste que el taquero dejó a su esposa por tus intrigas, por andar diciendo que se veía a escondidas con el hijo más grande de don Silverio y ahora ella sola no sabe que hacer con sus tres hijos. A ti que te importaba la vida del pueblo, si tu no sabes quien fue mi papá o por lo menos nunca me dijiste y cuando te preguntaba hasta te enojabas y una vez que me respondes con una cachetada.
¿Tu crees que voy a llorar porque te moriste? Lloro, porque a mi edad ya no creo que me junte con nadie y voy a ser una solterona que va a tener que ir todos los jueves a misa y sólo voy a servir para adornar el altar, lavar la ropa de las vírgenes y los santos, porque ya ni el padrecito se va a fijar en mi, pero si lo hace de seguro que me voy a ir a meter a su cama, igual hasta me da un hijo. Ya luego veré que hacer, de todos modos me quiero ir del pueblo.
Ya me acordé de otra, de la vez que me amarraste en el árbol de naranjas y dejaste que todo el pueblo me viera llorando y con la vergüenza de mis compañeros de escuela. Si pensabas que así te iba a querer, sólo llegue a pedir tu muerte, pero hasta eso se tardó en llegar. Luego todos se burlaban de mi y me decían “la naranja amarrada”.
Si te sigo platicando es sólo para que no digas que soy mala hierva contigo, pero mira ya viene el agua y te queda poco para que te lleve y en una de esas hasta te empujo. Si tu me dijiste que siempre te hubiera gustado estar en un barco, pues se me hace que se te va a cumplir tu capricho y vas a poder navegar. Ay después me dices como se siente, nomás no te vayas a marear por eso de las vueltas.
Hasta Clementina se casó con el mudo y ya llevan tres hijos, pero todos hablan como su mamá, que también es bien chismosa sí por su culpa me tiraste un diente cuando me acusó de que Ramiro me regaló un collar que él mismo hizo de frijoles rojos.
Con él no pasó nada, sólo con Simón y varias veces, pero nos teníamos que esconder de todos lados y si te dijera que allá en la esquina de este panteón me remangó otra vez la falda y fue cuando me dio mucho miedo, porque no me bajaba y no me bajaba, hasta que tomé el té de ruda con boldo y unos dientes de ajo. Luego ya no hicimos nada.
Mira, Dios ya se está acordando de ti y el agua del río ya casi te llegó a los pies, bueno a los pies de la caja y voy a tener que bajarme de ella, ay de ti si te sales, porque te quedas pelona.
De todos modos se que me vas a venir a espantar en la noches y otra vez vas a querer manejar mi vida, pero sábelo bien que no te voy hacer caso y por eso voy a vender tu terreno, tu casa y hasta tu perro y con el dinero me voy a ir lejos de aquí. Me voy a cortar el cabello, como mi prima Liliana, hasta voy a usar faldas cortas, zapatos nuevos y si aun puedo hasta a lo mejor me vuelvo piruja para aprovechar el tiempo que me has hecho perder.
Mira ya empiezas a flotar, nada más ten cuidado con los piedras que hay allá abajo en el río, en donde se murieron las mulas de don Ponciano, igual hasta te confunden con una de ellas.
FIN
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