jueves, 24 de marzo de 2011

La propaganda del cantidato

Cristian y Paulina escuchaban atentos la arenga del candidato, ante más de 15 mil invitados, quien trató de llegar a los sentimientos, tal como se lo habían recomendado los ideólogos de la campaña: no hay que llegar a la cabeza, sino al corazón de los ciudadanos, no queremos que la gente reflexione, sino que sienta. Sin embargo a la mitad de la campaña no lograba despertar ninguno de las emociones. Los objetivos no se estaban alcanzando y contrario a lo esperado los índices de aceptación entre la población iban en franco decrecimiento.

Con la voz cansada recetó un pesado discurso y se lanzó en contra de su contendiente: "No tiene nada, es un mito. En tres elecciones consecutivas hemos ganado, él sólo es famoso por la mentira y la traición. Mientras ellos engañen nosotros vamos a cumplir. No saben gobernar." Los asistentes de la parte de enfrente lanzaron vivas, porras mientras que los ubicados en la parte trasera esperaban ansiosos que el acto terminara y cobrar los cien pesos que les habían prometido.

Por la noche el candidato que trataba de gobernar a los ciudadanos se reunión con su equipo de campaña.

- Excelente discurso el de la tarde señor, lo recibió su encargado de propaganda, solícito como siempre.

- Gracias, ya está todo listo porque tengo prisa, ordenó el aspirante oficial quien ya sentía el agua en los aparejos.

Antes de entrar a la reunión llamó a uno de los analistas a un despacho contiguo y ahí recibió las malas noticias: la campaña empezaba a registrar un estancamiento con tendencias a la baja, mientras que el contendiente se mantenía en un crecimiento constante y si no le ponía un alto a esta situación el día de las elecciones tendrían una diferencia negativa de cinco puntos, es decir, perder el poder después de 80 años. El candidato lanzó un manotazo y pidió explicaciones serias, no simulaciones.

- Mire candidato, los cuatro estudios demoscópicos nos arrojan que está siendo arrastrado por la mala imagen del gobernador. Una posible solución es deslindarse públicamente de él, no es una traición, sino una forma de garantizar un repunte.

- Busca otra solución, eso no lo puedo hacer, no lo va a permitir el cabrón, me tiene bien agarrado, hasta me mandó al hijo de… de su operador de medios, está allá afuera con su pinche cara de cínico. Ahora dice que está conmigo y antes me estuvo chingando con su pinche compadre, pero ni crea que cuando llegue va a estar en mi equipo, que se lo llevé él porque le entrega mejor propaganda, y a mi lo que le sobra.

Cuando el candidato se incorporó a la reunión establecida ofreció su mejor sonrisa tratando de ocultar las malas noticias que había recibido hacía unos minutos y les dijo que los números iban muy bien, pero era necesario reforzar las actividades. Varias fueron las recomendaciones y una de ellas fue tener una red de jóvenes para llegar a todas las comunidades del estado para realizar una campaña sin candidato. Todos salieron con los ánimos elevados, excepto el aspirante, quien sabía la realidad lacerante y no daba crédito que su gran impulsor era también su loza en el zapato.

Los grupos se formaron en parejas para peinar a todo el estado, sin descuidar ninguna ranchería, inspectoría, barrio o comunidad. Cristian y
Pualina fueron asignados a la zona del Nealtican, Santa Cruz, Buena Vista, además de otros poblados. Estaban seguros de que al ganar su candidato tendrían una oportunidad de laborar en el gobierno, ella en el área de salud y él en desarrollo rural, por lo tanto tendrían que hacer méritos para tener los elementos suficientes a la hora de la repartición del pastel.

Tenían una relación estrecha, de confianza pero había algo en el fondo que los atraía mutuamente, pero ninguno de los dos se atrevía a revelarlo por temores infundados. Eran unas ganas de fundir sus labios con toda la pasión sin ninguna prudencia y estaban seguros de que en algún momento tendrían que perder el respeto.

Paulina, con la sonrisa más seductora, era una caja de sorpresas que
Cristian estaba a punto de descubrir. Los dos caminaron por una de las calles polvorientas de la comunidad hasta llegar a la fiesta de la abuela. Era un lugar apropiado para entregar propaganda del candidato y garantizar unos votos que marcaran la diferencia. Los primeros productos que se terminaron fueron los mandiles, las bolsas rojas ecológicas, pero los trípticos simplemente pasaron al olvido y regresaron a la bolsa. Los dos quedaron complacidos por haber cumplido su labor ese día.

La cocina de la abuela, un cuarto de adobe y techo de lámina, estaba llena de mujeres que trabajaban en la elaboración de las tortillas, el arroz y los mixiotes, varias de ellas se colocaron inmediatamente el mandil del candidato. Los niños jugaban con las pelotas de plástico que los promotores del voto les habían entregado minutos antes.

Paulina invitó a Cristian a conocer el rancho, lugar que recorrió durante varias temporadas vacacionales con sus primos. Los pasos de los dos fueron más lentos, pero con una plática envolvente hasta llegar a la pequeña laguna en donde los animales del abuelo tomaban agua. Sus manos comenzaron un leve rose, como palpando el terreno, como una llave para abrir la primera puerta y llegar hasta el rincón más preciado. Sus miradas se cruzaron peligrosamente e hicieron un recorrido visual a su alrededor para confirmar que estaban solos, alejados de los invitados a la fiesta de la abuela.

Debajo de un árbol de encino Paulina se recargó, como una invitación al acercamiento y Cristian entendió a la perfección el encanto que se estaba formando en ese momento, difícil de despreciar. Primero fueron unos besos muy sensuales, pero inmediatamente descubrió que había una fiera escondida en ella, con ganas de devorar y ser devorada. Unos roses de labios en su cuello detonaron la dinamita y dejó que los botones de su blusa cediera a unas manos temblorosas de la emoción por tocar unos pechos firmes.

No podía, ni querían dejar a medias el camino de luces que habían emprendido. Desprendió el seguro de su cinturón y ella apoyo con sus textiles para hacerlos a un lado. No habían experimentado una sensación de tanta locura recargados siempre en el árbol de encima, mordiendo, arañando, emitiendo sonidos extraños que se mezclaban con el del aire meciendo las ramas.

Fueron varios los minutos de derroche de calor que concluyeron con unos gemidos mutuos.

Las piernas no respondían adecuadamente.

Temblaban más que una gelatina de agua.

La respiración no lo podían controlar.

Cristina buscó entre su bolsa algo unas servilletas, papel de baño. Cristian hurgó en sus bolsillos, pero ninguno de los dos tenía algo supletorio y no tuvieron más remedio que recurrir a la propaganda del candidato.
FIN

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