Una noche loca le robó demasiados besos y estaba dispuesto a regresárselos, porque no estaba acostumbrado a quedarse con algo que no le pertenecía y de esta forma poder dormir mejor. En su twitter escribió: busco a la rubia llamada tentación, porque tengo algo que entregarle, algo que no me pertenece: Muchos besos. Su amigo Isaac le respondió que buscara en los sueños, porque seguramente era la imaginación de una noche de calentura, de autoayuda.
La tarde anterior dejó su automóvil compacto cinco cuadras atrás, justo frente a una panadería que desprendía un delicioso olor que invadió cada papila olfativa. Era simplemente un manjar para la nariz demasiado provocador como para no caer en la tentación de entrar a probar un pastelillo de la mina de los placeres. La dependienta, seguramente la hija del panadero, le ofreció una mirada de reproche por comprar sólo una pieza y pagar con un billete de veinte pesos, pero una chispa de comentario le arrancó una leve sonrisa. Braulio tenía el toque del manejo de la lengua y pocas veces se quedaba callado, estaba de acuerdo con Diego Rivera quien se autodefinía como una bola de grasa, pero con cientos de mujeres a su lado, porque el secreto era hablarles al oído. Cuando recibió su cambio se alejó no si antes dejarle una frase como anzuelo: si el pan es tan exquisito como tus ojos, tu debes ser de otro planeta. La mujer delgada de unos 23 años bajó la mirada para disimular lo sonrojada y encantada que había quedado con esas palabras.
Braulio, hombre de mil batallas en las lides de faldas, había alcanzado la cúspide con Marcia quien le enseñó el secreto de los halagos, a ser un mentiroso adulador, a encontrar la medida necesaria para abrir el camino provocando una sonrisa y justo en ese momento poner el pie a la puerta que se abría y entrar discretamente hasta llegar al fondo de lo sublime. Intenta, siempre intenta que ninguna mujer se resiste a un buen trato, pero debes tener cuidado en no abusar, porque puedes caer en la falsedad y esa puede ser una oportunidad desperdiciada, le había dicho. Ella sabía que no tenía futuro con él, pero le entregó una tabla de indicaciones que a la postre le sirvieron para varios momentos de placer.
Con el pastelillo en la mano caminó hacia el recinto en donde se exponía la muestra de la guayaba, organizada por Adolfo y él lo había invitado a ser parte de un panel de conferencistas relacionado con el arte de paladear, porque sabía perfectamente que era un catador de buenos guisos y creador de los mismos, amante del buen café y admirador de las manos indígenas que, según Braulio, son los midas de puebla, porque lo que tocan lo convierten en maravillas.
Adolfo lo presentó con los demás participantes en la conferencia y la charla inició en punto de las cuatro de la tarde. Fue el segundo en turno y frente al público asistente sacó, de su maleta, un termo y una tasa de barro que llenó de café que traía de casa.
El aroma invadió el estrado y fue el momento de encantamiento para iniciar su plática que resultó todo un éxito, porque fue el gancho idóneo para manipular a los asistentes.
- Que bárbaro, es el primer café encantador que veo en mi vida, dijo Adolfo.
- Hombre, todos somos manejables, algunos con el olor de unos textiles íntimos y otros con unos cuantas palabras. Es como el tetrix, sólo hay que saber acomodar cada palabra y ya.
Adolfo lo guió por los stands colocados en la muestra de la guayaba, una de sus frutas preferidas más por su olor que por su sabor. Era una gran variedad desde atole, ponche, dulces, infusiones, postres, plantas, aromatizantes y una doces más de opciones para un público un tanto disperso.
Braulio fijo su mirada en mujer de pantalón de mezclilla, blusa morada de medio escote, una gorra blanca de los acereros de Pitsbur, cabello teñido y un rostro con una ligera capa de maquillaje llegando a los cuarenta años, pero con sus curvas aun firmes.
Iba de puesto en puesto probando los productos y él, a diferencia de otros que atacarían inmediatamente, la siguió discretamente a distancia para analizar sus gestos, sus movimientos. Estaba acompañada por una dama de mediana estatura regordeta, pero risueña y luego de varios minutos descifró el código: tenía que llegar a través de la amiga con un comentario chusco, provocar su risa y deslizarse discretamente hacia el objetivo central.
El plan estuvo a punto de naufragar por culpa de un viento frío que invadió la zona y la rubia junto con su amiga se retiraron intempestivamente, pero su esperanza volvió a su rostro cuando descubrió que únicamente acudieron al automóvil para sacar sus chamarras. En el tercer stand Braulio hizo su discreta entrada para adueñarse de la esfera invisible con sus tenues adulaciones dirigidas a la morena que sostenía una cucharita de plástico con un poco de nieve de guayaba, quien sonrió fácilmente y dio paso a la leve plática que finalmente los llevaron a sentarse a tomar un café en el local del Café Sirena que se había instalado. Le acercó la silla a la mujer que le robó la atención y al agacharse observó ligeramente el principio de su ropa interior tan delgada como la mecha de su pasión.
Marisol abrió sus oídos y dejó entrar las palabras de Braulio quien sabía cuales eran las adecuadas sin meterse en su vida privada, porque entendía que era casada, pero tenía que jugar con las tentaciones escondidas en un rincón debajo de la piel, sólo era necesario darles un poco de vida para que tomen el mando del cuerpo y empezar a crear una constelación de sensaciones ultraligeras, sonidos creados por la mente para dar paso a los roces de los dedos que se abren camino hasta llegar al oasis del placer y beber lo más encantador de todas las pócimas mágicas del universo.
Bingo, el pes había mordido el anzuelo.
Lo peligroso de cuando dos miradas se cruzan son las consecuencias y esta tarde Marisol tenía las llaves para abrir ese espacio de los dulces pecados, aprovechar la ausencia de su marido, tan lleno del poder que da un puesto en el gobierno. Braulio invitó a las dos damas a pasar a tomar unas copas en la terraza del hotel, pero la morena entendió el mensaje y se disculpó, pero animó a la rubia a seguir en el sendero de la chispa divina.
El valor es la ausencia del miedo, pero esa noche estaban a punto de romper la barrera de lo imposible, a conocer el vapor de sus cuerpos, a dejar que el balón ruede desde el medio campo hasta llegar al área chica. Cinco tragos en el bar, una llamada de Marisol a su marido para reportarse y el fino rose de sus labios emprendió el camino a la habitación 357. Al cerrar la puerta encontró a una rubia llamada tentación.
La cabellera teñida encontró la libertad al quitarle pinza y un aroma exquisito se desprendió, el cuello de ella estaba tapizado por channel, su pantalón de mezclilla escondía algo sumamente sedoso; debajo de su blusa estaban unos pechos firmes aun, un abdomen ligeramente plano para desatar la imaginación de lo que se podía hacer con ese cuerpo de tentación. Braulio estaba inmerso en uno de los mejores platillos sexuales de su vida, porque no sólo eran curvas, sino movimientos candentes, unos labios pintados de carmín que no encontraba sosiego, sino exploraban todo como si fuera primera vez, pero con un conocimiento de causa y efecto.
A la una de la mañana Marisol cubrió nuevamente su maravilloso cuerpo con el pantalón de mezclilla, su blusa y pidió un taxi. Le dejó un beso a Braulio como una forma de agradecimiento por hacerla sentir completa y pidió que no la buscara, que esto quedara en sus corazones, en su piel, en su mente, porque su mundo era otro.
Braulio inició con un éxodo mental y varios noches aparecía en sus sueños la rubia llamada tentación. Fue un mes después que acudió a la presentación de un programa gubernamental y el secretario fue el encargado de inaugurar la actividad y junto a él estaba su esposa, ataviada por un vestido negro suelto. Ello lo vio a los lejos y sólo le regaló un caída de párpados, como una esperanza de volver a repetir la experiencia de la habitación 357.
FIN
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