sábado, 2 de abril de 2011

El cazador de tentaciones

Detrás de esa seriedad sabía tratar a las mujeres con un rico endulzante de oído, pero también sabía que cuando se abuza termina siendo diabetes y muere por una simple herida provocada hasta por un rasguño de perro. Para evitar caer en ello usaba una balanza de “no dependencia” con una regla básica: después de tres meses una amante empieza a involucrar sentimientos y a atribuirse responsabilidades que no le pertenecen, por lo tanto era necesario buscar una salida silenciosa.

Alguna vez cayó crucificado en el brillo de unos ojos claros y unas piernas desnudas, casi desnudas salvadas solo por unos veinticinco centímetros de tela blanca. La porrista de un equipo, la amante de los camarones. Fueron dos años de pasión, pero también de angustias.

Jamás tenía la necesidad de caer en el acto apasionantemente egoísta de provocarse una humedad en la soledad, que culmina por ser un momento inofensivo y agradable, porque a un costado tenía una lista variada para saciar el instinto animal.

Podía provocar un camino de delicias, de tentaciones matizadas o aderezadas con un espejo de embriagante licor y un tufo de cigarro que provoca una nube que puede colapsar al más avezado del puritanismo. Así conoció el movimiento febril de varias caderas que se fueron diluyendo con el paso del tiempo.

Demostró tener mejor oficio que gusto, ese oficio que seduce a la mezcla constante de sudores distintos cada vez y que hace del momento una joya del atrevimiento mordaz y sin contemplaciones del gris limbo de las miserias y los castigos.

Todo se olvida empezando por los olores, dolores y hasta el nombre.

Su alma siempre estuvo perdida y siempre tuvo precio: el veneno dulce de una sonrisa o el aire fresco de un perfume fino. La industria del sentimentalismo para él pasó a ser materialismo con el cual jugaba a ganarle a las manecillas del reloj.
Aceptaba siempre los elogios como una simple recompensa de no mirar atrás, a los cadáveres que había dejado por un temor a ser devorado por las fantasmas que había creado.

Así era y no quería dejar ese disfraz que tantos gozos le había dejado: ser un mentiroso adulador.

Meticuloso en su trato, delicado en la sensualidad, maestro en el desliz, paciente como un gato esperaba el mejor momento para introducir el aguijón del encanto para hacerlas sentir únicas en el mundo y fuerte con las damas de carácter indomable.

Fernando “el elegante” gustaba de usar bufanda como un simple adorno, pantalones a la moda, camisas impecables y un perfume suave, pero apetecible a la nariz femenina. Aun gustaba abrir la puerta del vehículo y ofrecer la mano a las mujeres para sentirse seguras, alagadas, confiadas de que enfrente estaba un verdadero caballero, con los mismos fines que los demás hombres sólo que con la fineza para lograr su objetivo.

En el otro plano estaba Maribel que sabía jugar las cartas, entregar lo necesario para encontrar la fibra conductora que invade poco a poco sin tener conciencia de ello hasta contar con el control mínimo de los sentimientos. Tenía que ceder como una inversión y al final tener un rendimiento a tasa variable, pero siempre a la alza y manipular el capital a tu antojo.

Era una mujer amante de las artes escénicas que ella misma creaba, desarrollaba el mejor papel y se convertía en la actriz principal con los argumentos bien grabados en la mente para actuar sin titubeos, con gran convencimiento a fin de llevarse todas las palmas al unísono.

Su cuerpo se prestaba para adornarlo con los mejores textiles a fin de resaltar sus atributos justos en la medida, exactos en el equilibrio de la carne según los estándares de la pasarela, febril e imaginativa en la intimidad, precisa en sus sonidos que se guarecen en cuatro paredes.

Dueña de una seguridad en sus palabras, conocedora de la moda mundial y escurridiza en los momentos débiles para refugiarse en la soledad y afilar sus armas para salir nuevamente al mundo de lo banal con la demanda de una revancha.

Su rostro, creado por un maestro de la belleza, requería de un maquillaje suave, sencillo, casi al aire, con un cabello virgen quebrado color castaño el cual no había sido tocado por ningún tinte o decolorante, elemento tan usado en los tiempos modernos para dar una apariencia inexistente como expresión de renegar a la naturaleza, a la designios de la vida y de Dios.

Maribel decidía e imponía.

Su piel tenía la mezcla entre la miel y la sal. El color de la misma había sido concebida por la conjunción de varios toques salidas de un pincel mágico, de un Leonardo Davinci.

Sus palabras estaban destinadas a la elegancia del lenguaje, porque muy pocas veces se atrevía a expresar majaderías, prefería aplicar el castigo más venenoso como la marginación de la mirada, la evasión de las palabras y para evitar contaminar su alma entraba en un proceso de sanación interna que aprendió de una etnia indígena con la cual convivió durante seis meses en la zona de Chihuahua al final de su carrera profesional, en la Universidad Iberoamericana.

Los señores del tiempo y el espacio se encargaron de reunirlos en una boda de un amigo en común a orillas de una playa de Acapulco y fue en la ciudad de Puebla donde nuevamente se encontraron para iniciar lo que irremediablemente se convertiría en un camino sin regreso.

Metido en la camisa del destino fueron aventurados en una relación esporádica mientras duró el poder, ese que se escapa de las manos como agua, como los segundos a un moribundo.

El disfrutó de la belleza.

Ella encontró lo que buscaba: una vida cómoda en lo futuro, total eran unos miles de pesos que en nada afectaban una fortuna bien formada.

FIN

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