Subió su maleta, más bien la retacó entre las otras que ya estaban en la cajuela de la camioneta negra y todos listos para partir a las paradisiacas playas de Acapulco. Cerveza, diversión y un buen alojamiento.
Unas sardinas estaban más cómodas en su lata que ellos en el vehículo para ocho pasajeros. Eran diez aventureros y uno de ellos con síntomas constantes de flatulencia, parecía que el aire que respiraba le caía mal y todo lo convertía en gases asfixiantes. Por la salud y bienestar de todos se atascó de varias pastillas melox plus.
Todo iba de maravilla hasta que se dieron cuenta de que el labio superior de unos de los aventureros estaba un poco inflamado y sintió la presión de las preguntas incesantes, cagantes en pocas palabras. Confesó, como siempre lo ha hecho, que fue víctima de unos labios ardientes y unos dientes destructores que lo mordieron a más no poder. Para tener permiso de ir con sus amigos a la playa le tuvo que hacer el amor a su pareja en repetidas, pero en repetidas, ocasiones que terminó por lastimarle el labio, incluso se lo sangró. “Es para te acuerdes de mi y no vayas a besar a ninguna puta”, le advirtió.
Las risas no cesaron y menos las burlas por ser un verdadero mandilón. La cerveza fría en lugar de tomársela se la puso en su labio para bajar un poco la inflamación, aunque las cicatrices internas estaban más vivas que nunca.
El aire cálido del mar les levantó el ánimo y las ganas de apearse, porque ya no sabían como acomodar sus sentaderas, luego de un viaje de cuatro horas.
El hermoso departamento en Punta Diamante los esperaba y con suerte hasta se encontraban con el jefe Diego, ese panista barbón que se convirtió en una leyenda de los terrenos más caros de Acapulco.
El junior del grupo saludó al vigilante y éste lo reconoció de inmediato, le dio paso para el estacionamiento subterráneo y todos saltaron para desdoblarse y tomar su forma normal.
Era un verdadero espacio de descanso, un departamento con vista al mar que su papá había comprado ocho años atrás por unos escasos 400 mil dólares. Que importaba cuanto le había costado y de dónde había sacado el dinero, lo verdaderamente trascendental era que estaban hospedados ahí sin costo y dispuestos a pasar un fin de semana verdaderamente fascinante, menos el de los labios mordidos.
El refrigerador se llenó de cervezas. El lugar de ambiente. La noche de planes y buena voluntad.
La palabra antro fue igual a alcohol, baile, ligue, borrachera y destrampe.
La mañana del sábado inició el recuento de los daños: dos de los amigos no habían dormido en casa, porque se largaron con unas gringas que amablemente les abrieron… las puertas de sus dormitorios.
Los demás desperdigados en los espacios que alcanzaron a ocupar, pero el más grave fue el que se metió en la bolsa de dormir, quien vomitó en su propia cama. A un costado estaban aun las papas a la francesa que devolvió casi completas, porque no las había masticado bien. El aspirante a dentista se le olvidó aplicar para si la recomendación de masticar por lo menos 20 veces la comida antes de tragarla para ayudar al organismo a digerirla. En la escena apareció el doctor del grupo para secundar: “si carnal, efectivamente no masticó las 20 veces” y las carcajadas se tornaron en la música matinal.
La cruda fue espantosa para todos, el sol les taladraba los ojos y el aliento, mezcla de alcohol y cigarro, era más cruel que la canción de Gloria Trevi de “me siento tan sola”. Que noche, que diversión, que desmadre cuando se pelearon.
Ese ruido relajante al destapar una cerveza se hizo presente. Era para curar el mal adquirido.
La playa de Punta Diamante es lo mejor y más si se quedan en el lugar del niño rico que se lo presta papá es más delicioso.
Una hora más tarde estaban pisando la arena en el exclusivo espacio para los tenedores de un departamento de primer mundo.
Tirados en el camastro de espaldas a la playa observaban el edificio y la mediocridad económica les hizo reflexionar de los costos y la increíble brecha que existe entre los pobres de la zona de Tepexi o de la sierra norte, los que venden periódicos en las calles, los que bolean zapatos o los que viven en un internado a los impresionantes ricos que se pueden comprar un espacio de estos.
- No manches, te imaginas el que vive en el penthouse-
- Ese debe estar cagando dinero-
- Igual es un narco o un político-
Las risas les ganaron, pero en el fondo era una envidia por la comodidad que arroja el dinero.
Los poblanos se olvidaron de su plática banal y se dedicaron a seguir bebiendo cervezas y observando el panorama, de las mujeres en busca de un bronceado perfecto a cambio de unas células muertas.
El cansancio los empezó a vencer y se regresaron al depa a dormir un rato para estar listos nuevamente en busca de una aventura nocturna.
Las ocho de la noche y todos se preparaban para la fiesta. Ropa ligera, perfume, dinero en la cartera y actitud para lo que venga.
Apretaron el botón del elevador. El aparato venía del penthouse y oh sorpresa un joven con gorra apareció con una guapa mujer. Trató de cubrirse el rostro con la gorra para pasar inadvertido. Los intrépidos aventureros llegaron al looby y las especulaciones corrieron apuestas.
- No manches es el junior-
- No, manches no puede ser, el penthouse cuesta un millón 400 mil dólares-
- Pues yo no me quedo con la duda, voy a preguntar a la administración.
Uno de los jóvenes se acercó a la persona que estaba atrás del mostrador de lujo.
- Disculpe quedé de verme con el junior acá ¿no sabe si ya bajó?
- ¿El del penthouse?- preguntó el administrador.
- Si ese mero-
- Acaba de bajar al estacionamiento, si se apuran lo alcanzan.
Presurosos corrieron a la parte baja del edificio y oh sorpresa, oh sorpresa mayor, el junior salía en un ferrari rojo modelo reciente.
El junior poblano los dejó con la boca abierta y la frase que los marcó: “por eso odio mi mediocridad”.
Fin.
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