jueves, 30 de septiembre de 2010

¿Te quieres ganar 3500 más?

El hotel Sevilla Palas de la ciudad de México estaba a punto de convertirse en la antesala de una relación amorosa entre el político priista de trayectoria y la nueva adquisición. De cuna humilde, pero con elementos para defenderse en el mundo de aspirantes a guapos.
Se conocieron cuando el político de larga carrera llamó su compadre para pedirle que le mandara a dos auxiliares, de preferencia jóvenes porque no confiaba en los de mayor edad que tenían la costumbre de cargar un pesado un costal de mañas. Y lo decía por experiencia propia.
A su despacho llegaron dos serranos. Uno de piel blanca y el otro morena, muy morena. Los miró con detenimiento detrás de sus gruesos cristales y, con ese tono de voz robada a los sacerdotes de pueblo, les dio la bienvenida. La tarea era sencilla: uno iba a ser chofer y el otro asistente de oficina.
Como Stefano, “el primer encuentro nunca se olvida”, eligió al de piel blanca para su chofer, así lo podía tener siempre cerca y admirarlo, como un cuadro de Goya en plena subasta.
Cauto como un felino esperó pacientemente el momento de dar el primer zarpazo, mientras el trato fue elegante, gentil, sobrado. Esa era la técnica depurada con el paso de los años, madurada como el buque del exquisito whisky.
Le agradaba verlo al frente del volante y soñaba ponerle la mano en la entrepierna por encima de su pantalón de mezclilla cimarrón. Los deseos empezaban a ser difíciles de controlar.
Un viaje de trabajo al DF fue perfecto. El chofer lo dejó frente al edificio del partido, estacionó el vehículo y se refugió en el Vips de la esquina a esperar al jefe. Un café, otro más, una mirada lasciva a la de minifalda verde y un poco de desesperación aderezado con un dejo de nerviosismo.
El de la voz pausada le ordenó desde el nextel trasladarse a la cantina de la esquina opuesta en donde lo iba a esperar. El serrano se apeo hasta el lugar en donde ya lo aguardaba un whisky y una conversación tentadora.
La cuarta ronda de licor dio la confianza al jefe para deslizarle su mano en la pierna y ofrecerle doblarle el suelo hasta llegar a los 7 mil pesos mensuales. El ambiente lo quería envolver en un papel de china, vistoso pero débil. El ofertante ofreció quedarse en el Distrito Federal, comprar ropa para cambiarse y regresar al día siguiente.
El que paga manda.
Llegaron al hotel Sevilla Palas y la mandíbula del chofer se trabó cuando escuchó “un cuarto con una cama”. Comprendió que el aumento salarial consistía más que amistad y relación laboral. Sudó frió, frunció todo lo que se tenía que fruncir y dio marcha atrás, le urgía regresar a Puebla.
El camino de regreso fue osco, seco y en silencio hasta que el jefe vio a lo lejos el hotel Holiday Inn del parque Fimsa.
-      Te doy una segunda oportunidad para que mejores tu salario- ofreció el benévolo jefe que no dejaba de ver de reojo la entrepierna del manjar que se le estaba a punto de escapar.
El serrano depositó al político en su casa y salió huyendo, despavorido en busca del auxilio de alguien, ese que lo recomendó para el trabajo, y pidió un cambio de plaza. Prefería seguir ganando los 3 mil 500 pesos pero con sus propios gustos bien definidos.
La segunda carta estaba en el escritorio de la oficina del jefe. De piel morena, muy morena y con toque rural más arraigado. Estaba destinado a ser el chofer suplente, la víctima de las miradas antojadizas justo a la altura de la entrepierna.
Cauto como un felino esperó pacientemente el momento de dar el primer zarpazo, mientras el trato fue elegante, gentil, sobrado.
Xicotepec los esperaba con ese clima romántico, chipi chipi y con un velo de neblina tan acogedor. El jefe atendió a los militantes deseosos de escuchar al líder, de las buenas nuevas para la próxima elección, de los ánimos elevados por derrotar a los panistas recalcitrantes de la zona.
Entre abrazos y saludos el líder se escapó con su chofer y el serpenteante camino los llevó hasta el restaurante La Curva. Uff, por fin los dos solos y lejos de las miradas que consumían la intimidad y no la dejaban florecer.
El jefe ordenó una botella de vodka, pero sólo pidió una copa y esa estaba destinada para el chofer de piel morena.
-      Oiga, pero yo voy a manejar es mi responsabilidad- intentó escaparse.
-      Esta vez yo manejo, tu relájate- ordenó.
Se repitió una escena de la película “como agua para chocolate” en donde Ernesto Gómez Cruz trata de ofrecer confianza a su joven amante.
Esa comida no sería la misma después. Esa bebida no sería lo mismo después.
El jefe se acomodó el asiento de la camioneta, por su baja estatura, la arrancó y partieron con rumbo al paraíso. La neblina y el chipi chipi lo llevó a detenerse en un paraje lleno de esperanza para él.
Se acomodó de lado, dando media espalda al cristal y le preguntó de su color de piel, morena.
-      Dicen que los negros la tienen bien- inició la plática demasiado fuerte.
El chofer, entre los alcoholes, asintió con un trago profundo de saliva. El jefe pidió tocarla y él se negó, pero los ofrecimientos monetarios reblandecieron al macho que presumía. Siete mil pesos eran buenos.
Una habitación encerró el secreto de la sierra.
No pasa nada, confesaría tiempo después el de piel morena al primer chofer de piel blanca. “Sigo siendo hombre, pero sin hambre”.
Fin

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