Los cuerpos comenzaron a desprender endorfinas, llamadas “hormonas de la felicidad” para generar sensación de confianza, tranquilidad y armonía. Esos besos apasionados provocaron la liberación de adrenalina en el torrente sanguíneo, que aumentó el ritmo cardíaco, la tensión arterial y el nivel de glucosa en la sangre. Sus venas se habían acaramelado. Esos besos fueron el más profundo contacto erótico y sexual que llegó a ser, incluso, más fuerte y poderoso que la culminación del mismo acto.
El aire, denso, llevaba combinadas las fragancias de los claveles, los naranjos, la tierra húmeda. El vapor de sus cuerpos comenzó a pintar una película tenue en los vidrios de ese tsuru, aderezado con el olor de licor que aun salía fresco de sus respectivos alientos.
Se apartó los mechos teñidos de la cara y siguió con el resto de los cabellos que le caían en el hombro para dejar libre la fina piel de su cuello para que sus labios tocaran, enloquecieran y dejara salir la leona que traía dentro.
Las palabras no tomaban sentido, tenían un susurro extenuante, encantador, excitante.
Se habían escapado, evaporado, de la fiesta de cumpleaños de un amigo en común en la Matraca se dejaron llevar hasta la parte más escondida, tan escondida que llegaron a los límites de Puebla y San Andrés Cholula, en unas construcciones en obra negra cerca de la pirámide. Sus venas llevaban unas cervezas que reblandecían los “no, no” y daban paso al “si, si”, que era lo mismo de un vamos a entrelazarnos.
El movimiento de cuerpos se hizo más activo, porque no era fácil retirar el pantalón de mezclilla, clásica prenda en ella, pero si ya lo habían logrado en el asiento de atrás de un ADO con la posibilidad de varias miradas encima, ahora los dos solos era cuestión de maña.
La película de vaho en los vidrios del automóvil se hacía cada vez más gruesa y permitía unas lágrimas escurridizas en el cristal. El movimiento iba en aumento.
Sus manos no encontraban un solo punto, buscaban cada parte de los cuerpos aislados en la intimidad serena de la noche y la respiración se agitaba aun más.
Cada vez era más y más, nunca menos. La piel blanca de cada uno de ellos se había convertido en poros lanzando sudor. Los te quiero susurraban en cada oído.
Ella era candente. Él apasionado. Ellos, los de afuera, eran unos policías que detectaron el vehículo oculto entre las sombras de la pirámide de Cholula. Lanzaron la luz de su linterna al interior del auto, pero la película de vaho impidió que esa iluminación diera de lleno con el cuerpo semidesnudo de ella y del pantalón a media rodilla de él.
La respiración agitada se cortó o se intentó disminuirla, las prendas trataron de ser colocadas en su lugar de origen y los esfuerzos por quitarse ese rubor en sus rostros fue imposible. Cada uno se acomodó en sus respectivos asientos.
- Que pasó mi jefe, hay algún problema, atendió el solícito amante.
- Lo que están haciendo está prohibido joven, se puede bajar del vehículo- ordenó el uniformado mientras echaba un ojo de inspección a la dama como para saber como estaba el material.
Ella permaneció en el interior del vehículo mientras se acomodaba sus últimas prendas en espera de que él pudiera resolver el problema.
El argumento clásico fue que no estaban haciendo nada, que sólo intercambiaban unos besos de enamorados y eso no estaba prohibido por nadie, sin embargo el policía amenazó con remitirlos a la comandancia y allá que explicaran todo.
Ella, al ver que aun no se resolvía nada, salió del auto y con ese carácter explosivo que siempre le ha caracterizado y se integró a la discusión.
- Sabe que señorita, porque no se mete al auto, recomendó otro uniformado.
- A mi no me dan órdenes, además no estamos haciendo nada malo- reviró en tono airado.
- Le parece poco lo que estaban haciendo en la calle….
La discusión parecía no tener fin, hasta que los mancillados ciudadanos echaron mano de su última artimaña: “somos reporteros y saben de las influencias que tenemos, porque no nos echan la mano y nos evitamos de problemas”.
Los uniformados verificaron las credenciales de los dos, una de radio y otra de prensa escrita. Se hizo un silencio y después de unos segundos les regresaron sus identificaciones.
- Está bien jóvenes, se pueden retirar.
Antes de que él influente reportero se subiera al volante del auto se acercó uno de los policías y le susurró que mejor se fueran a un motel , porque les vaya a pasar algo en la calle y la chava está muy bonita.
El joven reportero tomó de la cara a la reportera, la sujetó con fuerza pero con cariño: hay cabroncita.
Arrancaron el auto y se alejaron con la pena de haber sido cachados, de demostrar sus actos de prepotencia y lo más importante que no terminaron el acto que habían iniciado con tanta candela.
La lección estaba en el pizarrón para que cada quien aprendiera de ella, pero ellos, los reporteros influyentes, decidieron echarla en el cesto de basura y en otras dos ocasiones más fueron cazados por la policía: en un ocasión cuando ya habían consumado el acto y sólo estaban a la espera de que piernas recuperaran un poco de fuerza y otra en pleno climax.
El grito de guerra: somos reporteros y que…
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