Fredy Aco
Era su primera vez y su lívido se había elevado más allá de sus inspiraciones nocturnas, de la tentación de lo prohibido, de acariciar por primera vez una piel con aroma fresco. La invitación era para ir a degustar uno ricos y deliciosos vinos mexicanos, los más apetecibles.
La cita fue el viernes, día de desenfreno, día de quincena, de ser parte de los convidados a tan selecta tertulia. Consultó su cartera y ésta le respondió que sí estaban en la posibilidad de gastar, invertir, aportar 5 mil pesos por el costo del boleto. Total era una buena causa… apoyar la bolsa de que podría ser su futuro jefe.
Trepó a su vehículo y se dirigió a la casa de San Andrés Cholula, sacó el celular y le dijo a su “vida” que estaría ocupado en las próximas horas, porque había sido invitado a una degustación de vinos con el mero mero.
Vio caras conocidas, pero dignas de confiar porque era un hombre casado y con buena imagen social y familiar. No podía dejar tirada su reputación a cada paso que daba.
El abrazo del caguamo era liturgia.
Como estás mi hermano, como va todo.
A toda madre, no las van a pelar, vamos a ganar cabrón, no van a poder imponer a su candidato, no levanta el escuincle.
Un whisky con hielos resbaló en su garganta y un mundo de análisis políticos sesudos impregnó el ambiente en espera de que el anfitrión llegara con los vinos mexicanos traídos ex profeso del Distrito Federal.
Una camioneta tipo Van se estacionó frente a la vivienda de cuatro recamaras, amplia sala comedor y un cuarto de televisión.
Los vinos habían llegado, el agasajo en puerta, eran sólo minutos para empezar la diversión
Que vida, que calor, que forma de recaudar fondos.
El anfitrión dejó pasar una a una las ocho botellas de vinos mexicanos que había traído. Tintos, blancos, espumosos y todos a disposición de la suerte de cada uno de los 16 invitados.
Antes de la esperada y ansiada rifa fueron rompiendo el turrón, observaron el material que había conseguido el anfitrión de apellido presidencial de Venezuela y coincidieron que los gustos de este cabrón no se ponían a discusión. El talento para estos vinos era natural.
En un papel escribieron el nombre de los invitados, los colocaron en una esfera de cristal y una mano santa decretó a los ganadores de las siete botellas de vino, sólo siete. Jubilo para unos, tristeza para los demás quienes se irían con las manos vacías a casa y sólo con el orgullo de ver semejante cosecha.
Suerte de principiantes. En su primera visita se había echado a la bolsa un vino tinto. Lo condujo a una de las habitaciones y admiró el producto.
Su rostro era delgado, de piel apiñonada, de piernas ligeras y largas, cabello negro terso y una boca que dejaba ver unos dientes grandes, pero sexis capaces de morder tan sensualmente una manzana y querer ser esa manzana. Un cinturón ancho que aprisionaba una cintura delgada precedida de una cadera en donde empezaba la magia. Blusa negra de tirantes y una espalda en donde se podía resbalar lentamente y con talento el aliento hasta arrancar un quejido que alimenta más la pasión por el sexo, sólo por el sexo mismo sin ápice de cariño.
La vino tinto se paró frente al afortunado ganador, sus piernas las colocó en un compás abierto y metió media mano debajo de su pantalón de mezclilla a la altura de su vientre, movió lentamente su melena. Sabía de sobra que esa postura alborotaba hasta el bello más sublime.
Como si fuera un catador de prestigio degustó hasta la última gota de ese vino tinto, lo agitó en varias ocasiones en la copa, absorbió el aroma, vio las piernas que se resbalan por el cristal. Fue un deleite, un festín, un manjar. Los cinco mil pesos del boleto habían valido la pena.
El anfitrión había cumplido con creses su objetivo, como todos los viernes, y ya estaba en el ánimo del jefe y con la esperanza de tener un buen futuro político posterior al triunfo que tenían en las manos. Mínimo una dirección en donde pudiera hacer buenos acuerdos con constructores y tener una dicha de ser el promotor de espacios para preparar a las futuras generaciones de Puebla.
La siguiente invitación fue de vinos franceses. Qu'un délice, le chef va être heureux. Il part pour mettre cela bien avec les vins français.
El cabello de ese vino francés era radiante como el sol, ojos color caramelo los más preciosos, escasas pecas en la piel, pechos formidables grandes y frondosos, uñas postizas de mil quinientos pesos, piel suave desde la espalda hasta sus modestas nalgas y unos dientes aprisionados por unos metales, que según ella, causaban sensación entre los hombres… rico vino francés gran reserva.
Un bon profit, par la belle dame.
No hay comentarios:
Publicar un comentario